Durante tres noches en el Estadio Monumental, Bad Bunny desplegó un show multitudinario que articuló una crónica viva de la latinidad contemporánea. Entre reggaetón, plena, salsa, trap y memoria afectiva, el artista puertorriqueño convirtió River en un espacio de reconocimiento colectivo, donde lo urbano dejó de ser margen para afirmarse como identidad cultural, generacional y emocional.