Javier Milei no pasó ni 30 horas en el país que preside y volvió a partir rumbo a España, a participar de un encuentro relacionado con el mundo cripto y encontrarse con líderes de la ultraderecha de ese país. El libertario viajó cinco veces a la península ibérica y solo en una ocasión se encontró con empresarios en su rol de jefe de Estado. En todas las demás, lo hizo siempre en mítines relacionados con lo que, él considera, es la "batalla cultural". El Presidente lleva al paroxismo esa máxima que indica que los mandatarios viven como una droga los viajes al exterior porque afuera todo está bien, solo reciben aplausos, se sienten líderes globales y -de paso- se alejan de los problemas de su tierra.
En el caso de Milei, el 14% del tiempo de su gobierno lo pasó en otras latitudes. Lo llamativo es que su perfil viajero se circunscribe a pocos países del mundo y 16 de los 35 viajes que hizo fueron a los Estados Unidos. Como en el caso de España, pocos de esos periplos estuvieron ligados con cuestiones de Estado. La mayoría estuvieron relacionados con el posicionamiento de su figura y de su aventura personal.
El caso de la Argentina Week es llamativo. Promocionado como el "mayor road show de la historia argentina", sirvió para anunciar inversiones que pueden ser interesantes -en caso de concretarse-, pero que están relacionadas con el ámbito local. La enorme mayoría de los participantes fueron argentinos. En palabras de uno de los empresarios asistentes, "si los encuentros se hubieran hecho en Bariloche o en Iguazú, hubiera sido lo mismo".
El lamento por el modo en el que el escándalo del viaje de la esposa del jefe de Gabinete, Manuel Adorni, empañó lo que sucedió en los Estados Unidos parece impostado. O, al menos, exagerado. La verdad que subyace es que ni los anuncios son tan espectaculares ni tienen nada que ver con la marcha de la economía de nuestro país. Y las malas noticias al Gobierno le vienen de ese ámbito. Los datos que se publican de modo cotidiano sirven para dar sustento numérico a lo que sufren cada vez más trabajadores argentinos.
Según los últimos datos publicados por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, la utilización de la capacidad instalada de la industria argentina alcanzó el pobre nivel general de 53,6%, un 1,4 menos que el mismo mes del año anterior. En el sector textil, el desplome en un año fue de 10 puntos, hasta llegar a un 23,6%. En esa industria, solo dos de cada 10 máquinas están encendidas. Algo muy similar sucede en la industria automotriz y la metalmecánica. Los productos de plástico y caucho producen al 36,1% de su capacidad.
Mirando estos porcentajes es que quizás hayan caído peor las declaraciones de Milei en la apertura de la semana argentina en la sede del JP Morgan. Volvió a fustigar a Paolo Rocca y Javier Madanes Quintanilla, al tiempo que lanzaba una frase que quedará en la historia: "Los que defienden a la industria nacional son unos chorros".
Pero no son solamente los empresarios los que vuelven de los Estados Unidos con un sabor amargo. Varios de los 10 gobernadores que formaron parte de la comitiva se quejaron por la falta de contactos concretos con el Presidente, encapsulado siempre por su entorno. Además, tienen que enfrentar a su vuelta problemas crecientes en sus provincias.
En Santa Fe y Jujuy han sufrido protestas policiales y, tanto en esas provincias como en Entre Ríos y Catamarca, los conflictos docentes crecen. La baja en la recaudación nacional coparticipable está complicando seriamente a los gobernadores y en las provincias hablan de "una presión sin precedentes" sobre las cuentas provinciales, en el mismo momento en el que deben enfrentar las paritarias con los trabajadores estatales.
Todo ese descalabro, que afecta a la mayoría trabajadora, tiene un único objetivo: generar un enfriamiento fenomenal de la economía que ayude a combatir la inflación. Pero ni siquiera esa bandera parece quedarle al Gobierno. En febrero se repitió el número de enero, pero con particular incidencia de los rubros que más afectan a la clase media y a los sectores más relegados. Tanto en los servicios como en alimentos, la aceleración de precios es notable y pone en jaque un activo que el Gobierno hace meses que no puede defender.
Si a eso le sumamos las nuevas revelaciones acerca del escándalo $LIBRA que muestran las fluidas comunicaciones entre el Presidente y los implicados en la estafa, antes y después del momento en el que se produjo, quizás se entiendan las encuestas que marcan que la imagen del Presidente está en su nivel más bajo desde que asumió.
¿Esta crisis, económica y social, pondrá en jaque políticamente al Gobierno? Parece difícil de predecir. Por estos días, los operadores oficiales logran casi lo que quieren en el Congreso. La amarga sentencia de un diputado opositor es lapidaria: "Si hoy el Gobierno presenta un proyecto para bajar la Luna, se lo votan". El modo en el que repercutirán los cada vez más habituales casos de corrupción, la profundización de la crisis, el impacto de la guerra en la inflación y las internas del Gobierno aún es impredecible.
La oposición se debate en internas forzadas y no forzadas que tampoco ayudan a presentar alternativas, aunque en el cabal entender de este escriba, ese es un problema de segundo orden. La sociedad argentina ha demostrado en el pasado reciente que, cuando las experiencias políticas se agotan o la olla a presión estalla, los líderes aparecen. Al menos en nuestro país, las vanguardias llegan tarde. La presión social precede y conduce a los líderes, y no al revés.