La tierra que habla: el horror en La Perla y el peón que guardó el secreto de los fusilamientos

La historia de José Julián Solanille, el hombre que vio cómo su perra traía restos humanos y terminó revelando uno de los centros de exterminio más atroces. A medio siglo del horror, la verdad emerge desde el fondo de la historia.

Se acerca otro 24 de marzo, pero no es uno más. Este año se cumplen 50 años del golpe militar de 1976, el más siniestro y brutal de la historia argentina. Medio siglo después, mientras el país vuelve a prepararse para recordar, resurgen viejos discursos: retornan el negacionismo, la teoría de los dos demonios, los cuestionamientos de cifras y fechas que tanto daño han hecho a la historia reciente de nuestro país.

Como si no bastara recordar una y mil veces que existen procesos judiciales, pruebas documentales y testimonios que acreditan los crímenes, y que ningún sistema jurídico del mundo considera legítimos el robo de bienes, la apropiación de niños, la tortura como método de confesión, el asesinato y la desaparición de personas.

También suele omitirse un dato elemental: quienes cometieron esos crímenes no eran un gobierno elegido por el voto popular —lo que tampoco justificaría semejantes actos— sino una dictadura instaurada por las Fuerzas Armadas que quebró el orden constitucional y tomó el poder por la fuerza, con la anuencia de distintos sectores civiles de la sociedad.

Pero la discusión actual también muestra algo más profundo: la memoria sigue creciendo.

memoria

En este contexto, las jornadas de marzo adquieren un carácter especial. En todo el país se preparan actividades, encuentros y actos destinados a trabajar sobre la memoria colectiva. Y en ese ejercicio aparece una distinción fundamental planteada por el historiador Enzo Traverso, quien advierte que “historia y memoria no son lo mismo”, aunque reconoce que existe una “memoria histórica”: la memoria de un pasado que percibimos como clausurado y que, a partir de entonces, ha ingresado en la historia.

En términos estrictamente históricos, el período que va de 1976 a 1983 está cerrado. La dictadura terminó, la democracia volvió y los juicios a los responsables marcaron un camino singular en el mundo. Pero la memoria colectiva sigue forjándose: no sólo a partir de nuevos conocimientos históricos, sino también a través de la búsqueda de justicia en causas judiciales que continúan activas. El trabajo de la memoria no se detiene.

Días atrás, Abuelas de Plaza de Mayo inició el Mes de la Memoria con una serie de actividades entre el 13 y el 27 de marzo. La propuesta busca sostener aquello que también plantea Traverso: la memoria como un conjunto de recuerdos individuales y representaciones colectivas del pasado.

Y esa dimensión colectiva tiene respaldo empírico.

Un estudio conjunto realizado por el Observatorio Pulsar de la Universidad de Buenos Aires y el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) arroja datos contundentes sobre el consenso social en torno a la dictadura. El 71 % de los encuestados considera que la dictadura militar entre 1976 y 1983 fue muy mala.

El 70% cree necesario que el Estado continúe juzgando a los responsables militares. Y el 78% sostiene que la democracia es preferible a cualquier otro tipo de gobierno.

El dato final resulta particularmente revelador. Cuando a los encuestados se les pregunta qué palabras asocian con la dictadura, las respuestas más frecuentes son “desaparecido”, “muerte”, “represión”, “militar” y “tortura”. La realidad social aparece entonces muy distinta del clima que a veces se respira en las redes sociales, donde algunos intentan instalar la idea de que no fueron 30.000.

La memoria, lejos de apagarse, sigue produciendo relatos, investigaciones y testimonios.

Un ejemplo reciente es el documental “Traslados”, estrenado el 6 de marzo en Prime Video, que reúne testimonios de sobrevivientes y familiares junto con un extenso archivo documental que prueba la existencia de los vuelos de la muerte. La película de Nicolás Gil Lavedra se ubicó en la última semana entre los documentales más vistos de América Latina en la plataforma, confirmando que el interés por conocer y comprender lo ocurrido sigue vigente. El film vuelve a demostrar algo que la investigación histórica y judicial ya estableció hace años: la desaparición de personas no fue improvisada. Fue un sistema. Un mecanismo organizado desde el Estado, sostenido en el miedo, el terror y una burocracia meticulosa de la muerte.

La Perla - imagen

El peón que guardó el secreto de los fusilamientos

Y a veces, también la memoria emerge desde los lugares más inesperados. Desde el fondo de la tierra que se uso para oprimirla, para ocultarla. En 1976, poco antes de la consolidación del gobierno militar, José Julián Solanille comenzó a trabajar como peón rural en un predio del Ejército cercano al centro clandestino La Perla, en Córdoba. Sin proponérselo, se convirtió en un observador silencioso de lo que ocurría allí.

Durante años guardó silencio. Hasta que en 1983, al escuchar por radio el llamado de la CONADEP para reunir testimonios sobre los crímenes de la dictadura, sintió que no podía seguir callando. Solanille contó entonces una historia estremecedora.

Tenía una pequeña perra collie que solía mezclarse con los soldados. Un día el animal regresó a su casa con pequeños fragmentos de restos humanos. El peón comenzó a recogerlos y a enterrarlos cerca de las vías del tren, en un lugar al que llamó “la Loma del Torito”, donde rezaba por aquellas víctimas desconocidas.

Pero su relato iba mucho más allá.

Aseguró haber visto cerca de 500 tumbas en la zona. También narró que presenció una fosa de cuatro metros por cuatro, donde —según su testimonio—, con la presencia del represor Luciano Benjamín Menéndez, llegado en un Falcon blanco, se ordenó fusilar a una fila de lo que él calculó como unas 100 personas. Estaban encapuchados, vendados o con anteojos; algunos desnudos; otros gritaban; algunos intentaban escapar y eran asesinados por la espalda.

Excavaciones en La Perla
Excavaciones realizadas en La Perla que concluyeron con la identificación de 12 detenidos-desaparecidos.

Excavaciones realizadas en La Perla que concluyeron con la identificación de 12 detenidos-desaparecidos.

Después del fusilamiento, relató, los cuerpos fueron quemados y se utilizaron explosivos. El humo y el olor se volvieron insoportables.

Décadas más tarde, ese testimonio resultó clave.

Gracias a él se localizó el sitio conocido como la Loma del Torito, donde hoy el Equipo Argentino de Antropología Forense logró identificar a 12 personas desaparecidas. Sus nombres comienzan a ser revelados a familias que esperaron casi medio siglo para poder despedir a sus seres queridos.

El hallazgo vuelve a dirigir la mirada hacia La Perla, uno de los 814 centros clandestinos de detención, tortura y exterminio que funcionaron en el país. Ubicado en la provincia de Córdoba, dentro del Escuadrón de Exploración de Caballería Aerotransportado, operó entre 1976 y 1978 bajo las órdenes de Luciano Benjamín Menéndez.

Se estima que alrededor de 2.500 personas fueron detenidas allí, y la mayoría continúa desaparecida.

El 24 de marzo de 2007, el Estado nacional transfirió el predio de La Perla a la Comisión Provincial de la Memoria y hoy es un Espacio para la Memoria. Porque la memoria tiene esa naturaleza rebelde.

El trabajo de los antropógos en el exc entro clandestino de detención, La Perla

A veces irrumpe desde un documento, desde un juicio, desde un testimonio olvidado o desde la tierra misma que devuelve lo que quisieron ocultar. Rompe silencios, desarma ocultamientos y expone aquello que los opresores pretendieron mantener enterrado.

Como en los relatos de Poe, aparece sin aviso y recuerda a los culpables que ni el tiempo ni el olvido logran borrar aquello que la verdad insiste en revelar.

Quisieron esconder a quienes fueron arrancados de sus vidas cotidianas, de sus familias, de sus amores. Pretendieron que el país olvidara. Y sin embargo, cada 24 de marzo, al decir de “nuestras abuelas” florecen pañuelos. Porque, como escribió Pablo Neruda, “podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”.

Podrán discutir números, relativizar los crímenes. Pero la memoria colectiva siempre vuelve.

Porque la memoria no es solo historia ni pasado, es la conciencia viva de un país que eligió recordar para no repetir.

Noticias relacionadas