Amigos queridos del alma, los grandes maestros de la historia nos recuerdan una y otra vez que somos mucho más que el cuerpo, mucho más que el ego y la personalidad. Somos almas eternas, seres divinos viviendo una experiencia humana por un tiempo limitado en el planeta.
El dolor por la partida de seres queridos tiene mucho que ver con el apego a ese cuerpo que nos acompañó afectivamente durante un tiempo. La añoranza de la presencia física es normal, natural y está bien hacer el duelo, sentir tristeza, pero sOlo por un tiempo y sin que el dolor nos destruya celularmente por no tenerlos más físicamente.
El desafío es no morir nosotros en vida. Tenemos que aceptar lo que no podemos cambiar y vivir cada día profundamente, valorando nuestra existencia, nuestra vida. Tenemos que saber que ellos siguen viviendo, pero de otra manera.
Cuando le pregunté a la madre Teresa sobre el tema de la partida del cuerpo, me dijo lo siguiente: "Nuestros seres queridos que partieron siguen vivos, y siempre estamos unidos con ellos. Nos une el amor que nos tenemos más allá de las separaciones físicas".
Y continuó: "Así como yo hago contacto con mi Cristo interno en el silencio de mi habitación, también quienes han perdido un ser querido pueden conectarse y hablarles, teniendo la certeza de que la conexión sigue existiendo. No los retengan, déjenlos libres y sepan que ellos pasaron de grado hacia más conciencia".
La ilusión de creer que ya no existen causa mucho sufrimiento, pero si hiciéramos contacto con sus almas, percibiríamos que ellos siguen estando. Los grandes sabios nos cuentan que la muerte no es el fin de nada, sino el comienzo de una experiencia menos limitada como lo fue la experiencia humana.
El miedo que engloba todos los miedos es el miedo a la muerte, que significa literalmente perder definitivamente este cuerpo. Es tan simple darse cuenta de lo ilusorio de este concepto. Este cuerpo que tanto nos desvela y desespera, ya lo hemos perdido.
Desde el mismo momento en que nacemos, estamos empezando a morir. Cada respiración que es fuente de vida, nos acerca simultáneamente a la partida. Como dijo Krishna en el Bhagavad Gita: "El nacimiento implica muerte".
Esto es para entender que vivir y morir son dos caras de una misma moneda, una convive con la otra, y demuestra la irrealidad de esta telenovela perfecta, tan perfecta, que parece la única y verdadera.
El cuerpo tiene un tiempo biológico para moverse y expresarse en este planeta tierra. Es el vehículo preciado del alma que lo utiliza para experimentar personajes y situaciones en este trayecto, condicionado por leyes materiales que hacen que, después de un tiempo, esa misma alma va cambiando de vehículo, así como nuestro cuerpo cambia de ropa.
Nos hemos identificado tanto con esta cáscara, con este maquillaje fascinante, que no queremos perderlo. Es una ironía, porque ni siquiera lo cuidamos en vida; pero no queremos que muera. Descuidamos el balance biológico, lo deterioramos antes de tiempo y, cuando intuimos que se acerca la partida, nos aferramos con garras y dientes a los últimos jirones de cuerpo que nos quedan. No hemos sabido vivir, y no nos queremos morir. El ego se desespera, y el alma se regocija, porque sigue su camino de experimentación de lo irreal, rumbo a la esencia y la verdad.
El alma no gana ni pierde, no nace ni muere, no negocia ni manipula, no tiene miedo, no siente dolor o placer. El cuerpo sí; el ego, la mente, están sujetas a esas características ajenas al alma.
Si llegamos más rápidamente a la comprensión del ser, la conciencia y la divinidad, que es nuestra condición natural, sin tiempo, sin pasado ni futuro, eternamente existiendo en el presente, podríamos observar con dicha a nuestro propio cuerpo cumpliendo su rol divino en esta película, realizando ejercicios a cada instante que lejos de sumirlo más en la amnesia, le permitan acercarse aquí y ahora a la verdad única, inalterable y divina.
Amigos del alma, traten de estar un buen rato por día en su silencio interno, donde todo empieza a escucharse con un sonido y una vibración más bella que todos los ruidos del mundo.
Un ser que despierta, que se recrea, que solo usa la mente para recordarse a sí mismo en su estado puro, verdadero, libre, trascendente, ya no tiene más miedo a la muerte porque intuye en su ser que la vida es eterna.
Un ser así no se identifica con su cuerpo y lo recrea mientras lo está utilizando en el momento actual. Y, por sobre todo, no le tiene miedo a la muerte, porque sabe que no puede morir. Un ser así llega a un estado tan sublime, tan real, que solo vive y genera vida en cualquier plano y situación en la que se exprese y manifieste. Un ser así es lo que vos sos.
El Alma no muere; solo el cuerpo lo hace. Cuando uno se da cuenta de esta gran verdad, la muerte pierde su fuerza y ya no es temida sino acogida como un simple viaje hacia un estado de más conciencia dichosa. Ustedes son eso, seres divinos, viviendo una experiencia humana, recuérdenlo siempre. Vívanlo. Compártanlo.
Gracias por existir.