Negacionismo: el mecanismo de la dictadura que hoy se recicla en las redes sociales

A 50 años del golpe, un repaso por la construcción del relato que intenta ocultar el terrorismo de Estado. De la frase cínica de Videla a la deslegitimación de los 30.000: por qué la condena social sigue siendo mayoría frente al avance de los discursos de extrema derecha.

El 24 de marzo de 1976 es, sin lugar a dudas, una de las fechas más oscuras de la historia argentina del siglo XX. Una fecha que se abre como una herida entre quienes sobrevivimos al llamado Proceso de Reorganización Nacional, que afirmaba asumir con el objetivo de regenerar a una sociedad argentina enferma de subversión, demagogia y corrupción, pero que no fue más que un gobierno ilegítimo que, hace 50 años, quebró el orden constitucional e instauró un régimen sostenido en el terrorismo de Estado, un mecanismo sistemático de secuestro, tortura, asesinato y desaparición de 30.000 ciudadanos y ciudadanas argentinas.

En este repaso, hay una pregunta que no podemos eludir: ¿cómo surge el negacionismo en nuestro país si las evidencias, los testimonios y los juicios han aportado pruebas más que contundentes? ¿Por qué el “algo habrán hecho” y el “no te metas” de aquellos años pugnan por volver con nuevos ropajes? Y es que el negacionismo no es una construcción actual, se gestó en el corazón mismo de la dictadura, desde su génesis, como sistema de ocultamiento, de tergiversación, de manipulación de la realidad durante los años que duró el régimen. Primero, bajo la idea de que lo que ocurría era una “guerra” contra comandos guerrilleros de ultraizquierda que pretendían instaurar el comunismo en América Latina. Una maquinaria de horror donde las excusas no cesaban.

El propio Videla sostenía que el accionar de los grupos de tareas escapaban a su control, como si se tratara —según su versión— de comandos ajenos que no respondían a la conducción militar. Después del Mundial de 1978, las justificaciones mutaron, pero no desaparecieron, aunque lo que si seguían desapareciendo, eran personas. Frente a las denuncias internacionales por violaciones a los derechos humanos, el régimen habló de una “campaña internacional antiargentina”.

En 1979 para la llegada a nuestro país de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos se imprimieron calcos y se plastifico la Argentina hasta el hartazgo con el lema: “Los argentinos somos derechos y humanos”. Un cinismo que escaló hasta su fase mas alta con la frase expresada por el presidente de facto Jorge Rafael Videla quien en una conferencia de prensa definía: "Frente al desaparecido, mientras esté como tal, es una incógnita. No tiene entidad. No está ni muerto ni vivo, está desaparecido".

Cabe decir entonces que, el negacionismo nunca se fue. Atravesó el tiempo y se acomodó a las distintas circunstancias siendo amplificado en la actualidad por las redes sociales que funcionan como campo propicio para la deformación del conocimiento por la brevedad y liviandad con la que se difunden conceptos. A nadie se le escapa que nuestros hijos han crecido al calor de internet que se ha magnificado de manera brutal en los primeros 25 años de este siglo.

A espaldas de lo que sucedía en los medios tradicionales, se mostró propicio para que sectores oportunistas de extrema derecha filtraran sus discursos negacionistas en foros y blogs. De este modo, con escasez de contexto y profundidad se aprovecho para comenzar a poner en duda lo que ya estaba empíricamente demostrado desdibujando la objetividad de la verdad y planteando todo tipo de falsas premisas con respecto a la dictadura del 76. Y lo que es peor, muchos jovenes, hechizados por reconocidos influencers, compraron esas ideas como absoluta verdad.

Podemos definir al negacionismo como la distorsión de hechos históricos o científicos contradiciendo la evidencia. Su objetivo es influir y confundir a la opinión pública para favorecer intereses ideológicos o políticos, negando pruebas contundentes, creando teorías conspirativas que buscan ocultar lo probado, y difunde constantemente datos incomprobables sostenidos por la opinión de falsos expertos o interpretaciones manipuladas. Existen países —Alemania, España, Portugal, Suiza— que han decidido enfrentarlo con legislación específica, sancionando la negación de genocidios, crímenes de lesa humanidad o crímenes de guerra con penas de prisión de entre tres y cinco años para quienes mientan, tergiversen o manipulen los hechos.

En la Argentina, el debate también ha sido abordado desde la producción académica. Un artículo de la Revista Contenciosa (UNL), en su número 12 de 2022, dentro del dossier “Negacionismos, relativizaciones, banalizaciones, manipulaciones: las nuevas derechas latinoamericanas y los usos del pasado reciente”, coordinado por Daniel Lvovich y Rodrigo Patto Sá Motta, recupera lo dicho en una conferencia por el historiador francés Yves Ternon quien describe los mecanismos del negacionismo: la deslegitimación de pruebas y testimonios; la reducción del número de víctimas; la inversión de la acusación —culpabilizando a las víctimas— y la deformación de la realidad. Coloca como ejemplo central la negación de la función asesina de las cámaras de gas en el Holocausto. El objetivo final es siempre el mismo: eludir la responsabilidad de los victimarios.

En nuestra historia democrática, las posturas oficiales han tenido vaivenes. Algunos de los más preocupantes se registraron durante los gobiernos de Mauricio Macri y de Javier Milei. En ambos casos, no solo se avanzó en el desfinanciamiento de organismos vinculados a los derechos humanos, sino que también se instalaron discursos negacionistas desde el centro del poder que relativizaron el consenso construido durante décadas. Estos retrocesos no han sido solo discursivos sino que se han traducido en acciones concretas, como la vandalización de símbolos y espacios de memoria, y ataques a figuras e instituciones emblemáticas del campo de los derechos humanos.

Pero ese clima de duda institucional que plantean algunos gobiernos, contrasta con los datos. La encuesta nacional realizada por el Observatorio Pulsar de la UBA junto al CELS, que indagó cuáles son las interpretaciones predominantes en la opinión pública con respecto a la dictadura del 76, arroja la conclusión contundente de que la condena social sigue siendo mayoritaria. Y es justamente allí, en esa mayoría silenciosa pero firme, donde la memoria no solo persiste, sino que se afirma como una defensa activa del presente que se niega a olvidar el pasado y que resiste a quienes intentan relativizar el terrorismo de Estado.

Un pasado que nos trae como consigna la voz de Azucena Villaflor guiando a otras madres y diciendo: “Individualmente no vamos a lograr nada. ¿Por qué no vamos todas a Plaza de Mayo?”. Ella, una madre de Plaza de Mayo, una mujer que abandono la sencillez, comodidad y quietud del hogar para buscar a su hijo desaparecido y terminó sus días siendo secuestrada y trasladada a la ESMA por un grupo de tareas en diciembre de 1977. Después de ser torturada, fue arrojada al mar en uno de los tantos vuelos de la muerte. Su cadáver -que pocos meses después apareció a la altura de Santa Teresita- permaneció enterrado como N.N. en el cementerio de General Lavalle hasta 2005 cuando fue identificada por el EAAF. Sus cenizas fueron sepultadas en la Pirámide de Mayo, lugar emblemático de nuestra memoria colectiva, en el que las Madres giran reclamando por sus hijos desde 1977.

En honor a su lucha, a la de tantas madres y abuelas, en recuerdo de aquellos que continúan desaparecidos y bajo identidades falsas, debemos girar la Plaza de Mayo cada 24 de marzo repitiendo su consigna a viva voz. Porque la lucha individual consigue poco, y la lucha colectiva construye. Sigamos construyendo memoria, sigamos buscando, sigamos reclamando. Memoria, Verdad y Justicia. Son 30.000. Nunca más!

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