No me olvides, la flor que fue símbolo de la resistencia peronista y de la búsqueda del cuerpo de Evita

Tras su muerte, el derrotero del cuerpo de la "abanderada de los humildes" se convirtió en un thriller siniestro que se extendió por más de dos décadas. Entre un decreto que prohibía hasta su nombre y la obsesión enfermiza de los militares, el pueblo peronista inventó el "no me olvides" como un código secreto de lealtad.

Tras el fallecimiento de Evita, el 26 de julio de 1952, Juan Domingo Perón le encargó la conservación de su cuerpo a un prestigioso anatomista español llamado Pedro Ara Sarriá, con la intención de que sus restos embalsamados descansaran en el Monumento al Descamisado, un gigantesco mausoleo de cierto estilo soviético, que provocativamente iba a ser emplazado en pleno barrio de la Recoleta.

Sin embargo, el derrocamiento de Perón, tres años después, a manos de la autodenominada "Revolución Libertadora", cambió radicalmente no solamente el destino del monumento sino también el del propio cuerpo de Evita, dando origen a uno de los episodios más siniestros de nuestra historia y convirtiendo a una pequeña flor violeta, la "no me olvides", en uno de los símbolos más persistentes y “poéticos” de la lealtad peronista.

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La nomeolvides, género Myosotis.

La nomeolvides, género Myosotis.

Una de las primeras medidas de la “Libertadora” fue promulgar el decreto 4161, una medida que prohibía la pronunciación del nombre de Perón y el de Eva (de cuyo nacimiento hoy se cumplen 107 años), así como todos los apodos populares que les habían dado (Pocho, El General, Capitana, Abanderada de los humildes…). La censura se aplicó también a la palabra "Justicialismo" y a la exhibición de cualquier símbolo que representara al gobierno derrocado, estableciendo penas de cárcel de seis meses o más para los infractores.

Un emblema de la Resistencia peronista

Ante aquella mordaza legal, que buscaba imponer el olvido a la fuerza, los silenciados peronistas recurrieron a la creatividad. Comenzaron a utilizar en la solapa de sus camisas, sacos y abrigos un ramito "no me olvides". El nombre de la flor funcionaba como una consigna política en sí misma: era a la vez un guiño de complicidad entre los proscriptos y una declaración de principios que decía mucho, pero sin decir nada ilegal.

Aquel emblema, que -según la leyenda- comenzó con una vendedora de flores en el Microcentro, inspiró a Arturo Jauretche a componer un poema que capturaba el espíritu de aquella época de clandestinidad y tozudez militante. En sus versos, la flor se transformaba en la promesa del regreso del líder derrocado y exiliado: "No me olvides, no me olvides, no me olvides, es la flor del que se fue/No me olvides, no me olvides, no me olvides, volveremos otra vez/ Es el novio de la patria, de la patria que le espera /Volverán los no me olvides, volverán en primavera/ ¡No me olvides, no me olvides, no me olvides! Canta el pueblo de Perón/ No me olvides sobre el pecho, no me olvides pegadito al corazón/ Volverán los no me olvides cada año a florecer/ Con la flor de no me olvides no olvidando esperaré/ No me olvides, no me olvides, no me olvides/ Es la flor del que se fue/ No me olvides, no me olvides, no me olvides/ ¡¡Volveremos otra vez!!".

Pistas tras el cuerpo de Evita Perón

Mientras la flor germinaba como símbolo en las calles, paralelamente se convertía en una herramienta secreta para la búsqueda del cadáver de Eva, que había sido apropiado y escondido por el régimen militar. Según afirman autores que investigaron a fondo el caso, como Felipe Pigna y Tomás Eloy Martínez, el gobierno de la llamada “Fusiladora” había ordenado secuestrar el cuerpo que descansaba en la sede de la Confederación General del Trabajo (CGT) para darle un entierro clandestino.

El teniente coronel Carlos Moori Köenig fue el encargado de la operación, pero desobedeció las órdenes iniciales. Sus oficiales trasladaron el cuerpo en un cajón común de pino y sin identificación, intentando ocultarlo en diversos puntos de Buenos Aires, un poco por obsesión propia y otro por temor a que fuera localizado por las “fuerzas ocultas” del peronismo.

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Un momento del funeral de Eva Perón, en 1952.

Un momento del funeral de Eva Perón, en 1952.

Según detalla Pigna en su libro Evita, jirones de su vida, la entonces incipiente Resistencia peronista lograba seguir los movimientos del cuerpo -presumiblemente gracias a información interna bridada por simpatizantes justicialistas dentro de las fuerzas de seguridad- y dejaban velas y flores de "no me olvides" en muchos de los lugares donde el ataúd era escondido, enviando así un mensaje tácito a los militares de que sabían dónde se encontraba.

Pigna también revela que ese constante acoso de la Resistencia y la paranoia que generaba entre los custodios provocó varios episodios trágicos. El más brutal de todos tuvo como protatonista al mayor Eduardo Arandía, a quien Moori Köenig había delegado temporalmente la custodia del cuerpo. Arandía colocó el féretro en el altillo de su propia casa, situada en la avenida General Paz al 500. Una noche, al escuchar ruidos en la planta baja, totalmente alterado y creyendo que se trataba de un golpe comando para recuperar el cuerpo, Arandía vació el cargador de su pistola 9 milímetros contra una figura en la oscuridad. La figura resultó ser su propia esposa embarazada, quien falleció en el acto.

Tras la tragedia de la familia Arandía, Moori Köenig trasladó el cuerpo a un pequeño cuarto junto a su despacho, donde desarrolló una obsesión enfermiza, exhibiéndolo como un trofeo ante visitantes selectos. Fue en una de estas morbosas exhibiciones donde una joven María Luisa Bemberg, que con los años se convertiría en una de las grandes directoras del cine argentino, vio el cuerpo de Evita. Los rumores acabaron llegando hasta el presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu, quien relevó a Moori Köenig y designó al teniente coronel Héctor Cabanillas para resolver la situación.

Una tumba secreta en Italia para el cuerpo de Evita

Uno podría pensar que ese debería haber sido el final del derrotero del cuerpo de Evita, pero apenas estaba comenzando. Cabanillas diseñó en 1957 el "Operativo Traslado", para sacar el cadáver de Argentina y llevarlo a Italia, donde fue depositado en una tumba en un cementerio comunal de Milán. Casi 15 años más tarde, e fines de 1971, el cuerpo fue exhumado y trasladado por tierra hasta la residencia de Juan Domingo Perón en Madrid, donde estaba exiliado.

En noviembre de 1974, la “abanderada de los humildes” regresó finalmente a la Argentina. Sus restos fueron colocados junto a los de Perón –que había fallecido apenas unos meses atrás-, en la cripta fúnebre de la residencia presidencial de Olivos. Finalmente, un nuevo gobierno de facto, esta vez encabezado por Jorge Rafael Videla, entregó el cuerpo a la familia Duarte. Bajo estrictas medidas de seguridad, en el pico de la represión, los secuestros y las torturas de la dictadura, el 22 de octubre de 1976, Eva Perón fue sepultada en la bóveda familiar del cementerio de la Recoleta, junto a su madre y su hermano Juan.

Su tumba es hoy la más visitada del más tradicional y turístico cementerio de Buenos Aires. Y, en el pesado portón de bronce de la bóveda, nunca falta alguien que deje, enroscado entre las barrocas rejas, un pequeño ramo de "no me olvides".

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Visitantes ante la tumba de Evita, en el cementerio de Recoleta.

Visitantes ante la tumba de Evita, en el cementerio de Recoleta.

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