El tablero táctico de la guerra
El orden global del siglo XX colapsó, dando paso a un escenario de impredecibilidad y violencia asimétrica. El ataque de Estados Unidos e Israel a Irán en febrero de 2026 no es un hecho aislado, sino el estallido de un nuevo tablero donde las potencias y milicias se disputan el control de recursos clave.
El tablero táctico de la guerra
Para entender el estallido actual debemos retroceder a junio de 2025. En aquel momento, una ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel ejecutó ataques de precisión contra instalaciones nucleares clave en Irán (específicamente en Fordow, Natanz, Isfahan y Arak). Esa primera avanzada logró degradar de manera significativa la infraestructura industrial y el escudo de defensas aéreas del país persa.
Como analizamos en la columna sobre la crisis en Irán, ese golpe externo impactó en un país que ya atravesaba su mayor fractura interna desde la Revolución Islámica de 1979. Sobre este terreno de extrema vulnerabilidad, Washington y Tel Aviv lanzaron el 28 de febrero de 2026 la operación conjunta Epic Fury. Esta nueva ofensiva avanzó con el objetivo de descabezar al régimen y destruir por completo la capacidad militar iraní.
Luego de 48 horas del ataque estadounidense se confirmó que habían acabado con la vida del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, junto a la cúpula militar. Como respuesta, Teherán advirtió que la represalia tendría proporciones catastróficas.
En su contraofensiva, Irán desplegó un abanico de ataques misilísticos contra bases estadounidenses ubicadas en Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, además de lanzar ofensivas directas contra Israel y Arabia Saudita. De forma paralela, ejecutó una de sus jugadas más disruptivas: el cierre del estratégico Estrecho de Ormuz. Por este cuello de botella transita el 20% del crudo mundial, y tras las amenazas y los ataques a buques petroleros, el tráfico marítimo se desplomó un 92%, disparando la volatilidad energética a nivel global.
El mayor importador de crudo de esa región es China. Si el flujo de petróleo y GNL se corta, la industria en Asia-Pacífico entra en recesión casi automática. Este estrangulamiento podría frenar la producción asiática y, por efecto dominó, toda la producción mundial.
Debido a los ataques, The New York Times ha identificado al menos 17 instalaciones estadounidenses dañadas. Su diagnóstico se basa en un análisis exhaustivo que podemos observar a continuación:
El objetivo táctico de Estados Unidos e Israel fue la asfixia, debido a que Irán sufrió bombardeos sistemáticos que paralizaron su base industrial de defensa, diezmaron su fuerza naval y aérea a la vez que golpearon directamente su sustento económico mediante la destrucción de yacimientos e infraestructura petrolera.
Sin embargo, el golpe más devastador fue el ataque estadounidense contra una escuela primaria en la ciudad de Minab. El bombardeo dejó un saldo de 170 personas asesinadas —104 de ellas, niñas— y 96 heridos.
En este conflicto operan los siguientes actores:
A esta altura del conflicto, la Casa Blanca se encuentra atrapada en su propio laberinto discursivo. Mientras los comunicados oficiales oscilan entre declarar la guerra como "ganada" o dar por "terminadas" las operaciones mayores, la realidad en el terreno expone su vulnerabilidad. Las fuerzas estadounidenses sufren un hostigamiento constante, con decenas de instalaciones bajo fuego directo. Este escenario plantea un interrogante crítico para el Pentágono: ¿cuánto tiempo más podrá sostener Washington este nivel de desgaste y bajas en la región?
Sin embargo, el síntoma más claro de este debilitamiento estructural no se ve en el Golfo, sino en Asia. La decisión de retirar tropas y desarmar posiciones en las bases militares de Corea del Sur, para reabastecer el frente en Medio Oriente, es un movimiento sin precedentes. Esta reasignación de activos expone el "sobreestiramiento" militar de la superpotencia.
En la doctrina militar contemporánea, destruir la infraestructura crítica se ha convertido en el atajo perfecto para colapsar la viabilidad de un Estado adversario. La clave reside en que el Golfo Pérsico alberga las instalaciones energéticas más vitales del planeta. Por eso, los bombardeos registrados entre febrero y marzo de 2026 no fueron azarosos: apuntaron con precisión quirúrgica a los sistemas de procesamiento y exportación para generar un estrangulamiento económico total.
Los ejemplos son claros. La terminal qatarí de Ras Laffan —la instalación de exportación de GNL más grande del mundo— fue clausurada tras un ataque con drones, retirando de un plumazo el 20% del suministro global de gas. En simultáneo, Ras Tanura, la principal refinería de Arabia Saudita, quedó inhabilitada por un incendio provocado por la ofensiva iraní, paralizando su capacidad de exportación de crudo.
Según analistas de Chatham House e ISW, la táctica actual abandonó la clásica guerra de trincheras para buscar la "degradación total del sistema enemigo". Para lograrlo, la selección de blancos a atacar ya no depende de la inteligencia humana, sino de la Inteligencia Artificial, como son los casos del sistema Lavender (que identifica personas) y Gospel (identifica edificios). Lavender rastrea los "patrones de vida" de la población cruzando metadatos masivos —grupos de WhatsApp, rutinas, geolocalización— para generar listas de exterminio automatizadas.
Es por esto que la guerra moderna ya no la dirigen generales sobre mapas topográficos, sino algoritmos de programación. Esta automatización letal ha borrado para siempre la distinción entre un objetivo militar y la vida civil.
En una de las regiones más áridas del planeta, el agua dulce cotiza a la par del petróleo y la sed se ha convertido en el arma más letal. Para metrópolis como Dubái, Doha o Manama, la desalinización representa su único sustento vital, lo que transformó a estas plantas en el blanco perfecto de la guerra asimétrica.
Los analistas de seguridad coinciden en el objetivo final de esta táctica: al destruir las desalinizadoras —que frecuentemente sostienen la red eléctrica—, se busca colapsar a las ciudades enteras. Como el sitio a Tenochtitlán en 1521, la meta es forzar a los gobiernos del Golfo a mantener las bases militares occidentales en su territorio o garantizar el agua para su población y renegociar.
Medio Oriente se está volviendo literalmente inhabitable. La región se calienta al doble del promedio mundial. Hoy, países como Siria e Irak, están enfrentando sus peores sequías en 80 años por lo que el colapso ambiental ya es un hecho.
En el mapa se observan las proyecciones de estrés hídrico en el mundo para 2030. Una de las regiones más críticas está en Medio Oriente. Fuente: CNN
Las cifras de UNICEF exponen que en la región de Medio Oriente y Norte de África (MENA) 75,5 millones de personas no tienen acceso al agua, 40 millones de niños necesitan protección y 99,2 millones de personas requieren asistencia urgente en salud y nutrición (de las cuales casi 45 millones son menores de edad).
El conflicto expone a la Argentina a una paradoja: gracias al récord de Vaca Muerta, el país tiene un potencial exportador histórico, pero sigue siendo rehén de la "inflación importada". El bloqueo en Medio Oriente hizo volar el tablero energético: el barril de Brent acumuló una suba del 30 % y el gas natural licuado (GNL) se disparó un 70%, sumado a un encarecimiento brutal de los fletes marítimos.
¿Cómo nos impacta? Tal como señala el economista y consultor Leandro Ziccarelli, este escenario genera una mejora histórica en los "términos de intercambio" nacionales: vender energía cara facilita el ingreso masivo de divisas. Sin embargo, la contracara es el efecto dominó en los precios internos. El aumento global ya se trasladó a los surtidores locales (con un alza promedio del 4,7% en marzo), encareciendo la logística y presionando fuertemente la canasta de alimentos que mide el INDEC.
En este contexto, se advierte que el shock externo altera el plan oficial. Con una inflación núcleo que volvió a escalar al 3,1%, el Gobierno asume una desinflación más lenta y cambia su prioridad hacia la acumulación urgente de reservas.
A nivel financiero, la guerra disparó la aversión al riesgo global (risk-off). Gigantes como el Bank of America recomiendan vender bonos argentinos para refugiarse en activos seguros, una jugada que presiona a los dólares paralelos y retrasa nuestro regreso al crédito internacional. Así, el desafío final de la macroeconomía será sobrevivir al invierno: evitar que los millones ganados exportando crudo se evaporen al tener que importar GNL a precios de crisis.
Más allá de la brutalidad de esta escalada, el conflicto actual expone cómo se libran las guerras del siglo XXI. El frente de batalla tradicional ha sido reemplazado por la demolición de infraestructura crítica civil. Asistimos a una era donde la Inteligencia Artificial decide los blancos militares sin ningún tipo de marco regulatorio, y donde la asfixia de recursos vitales —como el agua— bloquea cualquier intento de mediación diplomática. A nivel macro, esta destrucción detona una volatilidad económica que golpea al mundo entero, pero que asfixia de lleno a la región de Asia-Pacífico, el principal importador de la energía del Golfo Pérsico.
En este tablero, Argentina queda atrapada en una posición dual. Por un lado, capitaliza la exportación de crudo, pero por el otro, sufre los costos históricos de importar gas natural licuado (GNL) e importa la inflación global.
Frente a esto, la economía nacional enfrenta el enorme desafío de blindar su balanza energética de cara al invierno y evitar que el encarecimiento logístico pulverice el poder adquisitivo interno. Si no se planifica adecuadamente, podría aumentar el costo del combustible, el gas y la logística de todos los productos de la economía argentina. Y mientras Medio Oriente arde bajo una crisis humanitaria sin precedentes, Estados Unidos redobla la apuesta militar, priorizando la aniquilación del régimen iraní por encima de cualquier plan de contingencia para la estabilidad mundial.