¿Por qué siempre hay guerra en Medio Oriente?

En una región tan volátil, ocurre un fenómeno claro: cuando un Estado intenta fortalecer sus defensas, sus vecinos lo perciben automáticamente como una amenaza existencial, lo que dispara una carrera armamentista y un ciclo de sospechas cruzadas que resulta casi imposible de romper.

Medio Oriente ha vuelto a encenderse. Una vez más, un conflicto que comienza en un solo país escala rápidamente hacia sus vecinos. El sábado 28 de febrero, Estados Unidos atacó a Irán en la misión Epic Fury, asesinando al ayatolá Jamenei, líder supremo de la nación. Este movimiento no solo desató tensiones fronterizas, sino que provocó el cierre del estratégico Estrecho de Ormuz. ¿Qué hace que esta región sea una cuestión bélica inagotable? ¿Por qué el conflicto nunca termina?

A principios de año, el foco de inestabilidad en Irán era estrictamente interno, derivado de su crisis económica. Hoy, el tablero se ha invertido: la amenaza es externa y nos obliga a desentrañar una compleja red de alianzas militares.

Estados Unidos ejecutó su ofensiva militar la misma semana en que negociaba las condiciones para frenar el enriquecimiento de uranio iraní. Mientras el discurso oficial de Washington apuntaba a “evitar el desarrollo de armamento nuclear”, sus acciones en el terreno desencadenaron exactamente lo que decían prevenir: un conflicto a gran escala. En términos geopolíticos, esta escalada no responde a una agresión directa de Teherán, sino a un ataque preventivo y unilateral estadounidense que cristaliza un objetivo estratégico compartido con los Acuerdos de Abraham para desestabilizar la influencia iraní.

El cálculo, no obstante, parece haber fallado. Lejos de provocar el colapso del régimen persa, Irán mantiene intacta su capacidad de respuesta y ha consolidado rápidamente la sucesión en su cúpula de poder tras la muerte de su Líder Supremo.

Entonces, si Irán sigue en pie —al menos por ahora— y el relato estadounidense pregonaba la contención nuclear para evitar un conflicto mayor, cabe preguntarse: ¿cuál es el verdadero motor de esta intervención?

Asimismo, en una región tan volátil, ocurre un fenómeno claro: cuando un Estado intenta fortalecer sus defensas, sus vecinos lo perciben automáticamente como una amenaza existencial. Esto dispara una carrera armamentista y un ciclo de sospechas cruzadas que resulta casi imposible de romper. Por eso, en este escenario, la fuerza militar sigue siendo la única moneda de cambio confiable.

El mapa del poder: quién es quién en Medio Oriente

Para entender este conflicto cruzado, resulta fundamental identificar a los tres grandes bloques que se disputan la región:

  • El Eje de la Resistencia: Liderado por Irán, agrupa a organizaciones aliadas como Hezbollah en el Líbano, los Hutíes en Yemen, Hamás y la Yihad Islámica Palestina (PIJ), junto con las Milicias de Irak (PMF). Recientemente, este bloque ha encontrado respaldo diplomático en Rusia.
  • Los Acuerdos de Abraham: En la vereda opuesta se encuentran los países árabes que han acercado posiciones con Israel (Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Bahréin y Jordania). Este eje cuenta con el apoyo total, militar y financiero, de los Estados Unidos.
  • Los Mediadores: Un tercer grupo busca mantener la independencia para evitar implicarse en la destrucción de la guerra. Qatar, Omán, Kuwait y Turquía operan en este delicado equilibrio diplomático, aunque el riesgo de ser arrastrados por la polarización es cada día mayor.

El pecado original: ¿es la religión el verdadero motor del conflicto?

Es un error común creer que Medio Oriente vive en guerra únicamente por disputas religiosas milenarias. Aunque la religión es utilizada como una herramienta política, la verdadera matriz del conflicto y la existencia de tantos "Estados fallidos” es producto, en gran parte, de la división del territorio por parte del colonialismo.

El interés comenzó cuando en 1908 se descubrió petróleo en Persia (hoy Irán), convirtiendo a la región en el tablero más codiciado de Occidente. Con la caída del Imperio Otomano tras la Primera Guerra Mundial, las potencias vencedoras no dudaron en balcanizar el territorio. A través del pacto secreto Sykes-Picot y el Tratado de Sèvres, Gran Bretaña y Francia se repartieron el control del mapa árabe para asegurar la explotación de hidrocarburos. Establecieron un sistema de mandatos donde Francia se quedó con Siria y El Líbano, y los británicos administraron Irak, Transjordania y Palestina.

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El gran drama de este reparto es que se hizo ignorando por completo la composición étnica y cultural de quienes vivían allí. Como concluye el especialista en la región, Ezequiel Kopel, estas decisiones geopolíticas arbitrarias fueron las verdaderas semillas que le dieron vida al conflictivo Medio Oriente tal como lo conocemos hoy.

De aliados estratégicos a enemigos íntimos: Irán y EE. UU.

Para entender la hostilidad actual, hay que derribar un mito: la relación entre Estados Unidos e Irán viene desde mucho antes de lo que imaginamos y, durante décadas, fueron los aliados más estrechos de Medio Oriente.

Durante la Guerra Fría, Washington le asignó a Irán el rol fundamental de ser el “gendarme del Golfo”. Como el país persa limitaba con Repúblicas Soviéticas (como Azerbaiyán, Armenia y Turkmenistán), asumió la tarea de frenar cualquier intento de injerencia de la URSS en la región. A cambio de esta tarea, Irán recibió entrenamiento y armamento de última generación por parte de Estados Unidos. Esta alianza quedó sellada a fuego en la crisis de 1973: mientras los países árabes le cortaban el suministro a Occidente, Irán se convirtió en el país que más petróleo le proveyó a Washington.

Pero este pacto de sangre tenía un pecado original. En 1953, cuando el primer ministro iraní Mohammad Mossadegh intentó nacionalizar el petróleo, la CIA estadounidense y el MI6 británico orquestaron un golpe de Estado para derrocarlo y atornillar en el poder al Shah Reza Pahlavi. Para sostener este reinado de hierro, que duraría 37 años, el régimen contó con la ayuda de Estados Unidos y, paradójicamente, del Estado de Israel.

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Jimmy Carter y el sha Reza Pahlavi en Teherán. Fuente: Getty Images

Jimmy Carter y el sha Reza Pahlavi en Teherán. Fuente: Getty Images

El punto de quiebre llegó en 1979. Multitudinarias protestas estallaron contra la brutalidad del sha. En la Casa Blanca estaba como presidente Jimmy Carter, quien se negó a repetir el intervencionismo de la CIA de 1953 e inició un período de apoyo meramente “crítico” al régimen. El vacío de poder permitió el triunfo de la Revolución Islámica y la llegada del ayatolá Khomeini al poder, momento en que Estados Unidos se distanció definitivamente del país.

Este evento no solo rompió una alianza bilateral, sino que reconfiguró el mundo árabe. Como agrega Kopel, luego de 1979 la región entera abandonó el nacionalismo árabe para empezar a girar en torno al radicalismo religioso.

Los estados fallidos postintervención estadounidense

La promesa de la “exportación de la democracia” por parte de Washington ha dejado grandes fracturas institucionales. Las intervenciones que buscaban derrocar regímenes autoritarios para instaurar repúblicas liberales terminaron dinamitando la estructura misma del Estado, generando enormes vacíos de poder. El caso paradigmático es Irak: la invasión de 2003 y el posterior desmantelamiento del aparato estatal no trajeron estabilidad, sino una sangrienta guerra sectaria y el caldo de cultivo perfecto para el surgimiento de ISIS.

Este mismo libreto se repitió en Libia tras la intervención de 2011, que transformó al país en un territorio balcanizado, sin gobierno central y disputado por señores de la guerra. El cuadro de fracaso se completa con el colapso de Afganistán en 2021, donde dos décadas de ocupación y multimillonarios intentos de “construcción nacional” se desmoronaron en cuestión de semanas. La lección geopolítica es cruda: el intervencionismo occidental no logró sembrar democracias; por el contrario, sentó las bases para institucionalizar el caos.

El caldo de cultivo: milicias, terrorismo y guerra asimétrica

Definir el “terrorismo” en el tablero internacional siempre genera un debate espinoso. Aunque no existe un consenso absoluto, la premisa básica apunta al uso sistemático del terror con fines políticos, una táctica que hoy ejecutan tanto organizaciones paraestatales como los propios aparatos estatales. Lo cierto es que Medio Oriente —marcado por sus fronteras artificiales, la herencia colonial y la proliferación de Estados fallidos— se ha convertido en el ecosistema perfecto para la guerra asimétrica y el surgimiento de todos estos actores armados.

A este quiebre institucional se le suma una fractura económica brutal. La inmensa brecha de desigualdad entre las opulentas monarquías petroleras y los países empobrecidos o colapsados (como Yemen, Siria y El Líbano) alimenta un resentimiento profundo, fácilmente capitalizable por las ideologías más radicales.

En este escenario, la frustración de una juventud marginada, sin empleo ni horizontes, funciona como el combustible ideal. Para miles de jóvenes, estas milicias no sólo representan una fuente de ingresos, sino que ofrecen un sentido de identidad, pertenencia y propósito allí donde el Estado brilla por su ausencia.

¿Por qué Estados Unidos sigue eligiendo la guerra?

La persistencia de la vía militar plantea uno de los mayores interrogantes de la geopolítica contemporánea: ¿por qué las potencias del siglo XXI siguen recurriendo a la destrucción mutua? Si bien la lupa recae inevitablemente sobre Estados Unidos por su rol central en las ofensivas que han marcado este arranque de 2026, esta dinámica no es exclusiva de Washington. El sostenido accionar de Rusia frente a Ucrania demuestra que, para algunos de los grandes actores internacionales, el conflicto bélico sigue siendo una herramienta estructural.

Mientras el poder global de la era actual se mide a través del dominio tecnológico y el control de minerales críticos, recurrir a la vía armada para dirimir disputas sigue siendo un mecanismo primitivo. Desde una óptica racional, la guerra resulta inútil: dinamita el comercio internacional y asfixia el desarrollo.

Sin embargo, la dependencia de Washington hacia la vía militar revela una profunda transición hegemónica. A medida que Estados Unidos enfrenta mayores desafíos para imponerse en la competencia económica, tecnológica y diplomática global (su Soft Power), recurre cada vez más a su indiscutible supremacía bélica (Hard Power). Las intervenciones se han vuelto su herramienta predilecta para disciplinar a rivales regionales y blindar a la fuerza sus intereses estratégicos.

En este escenario, el interrogante final es perturbador: ¿el objetivo es sostener la hegemonía o asegurar la aniquilación del adversario? La historia reciente advierte que la erradicación por la fuerza es un espejismo. Cada Estado que colapsa y cada régimen que cae no hace más que sembrar las semillas de nuevas células insurgentes. En los escombros de Medio Oriente siempre emerge algo nuevo, convirtiendo al intervencionismo en un laberinto de violencia sin escapatoria y sin final, que consecuentemente luego representa más desgaste y gasto para los Estados Unidos, en un laberinto infinito.

El rol estratégico de China y la “diplomacia silenciosa”

Más allá de las amenazas cruzadas, hay una pieza fundamental pero poco analizada en este tablero: el rol de China. Actualmente, Beijing ejerce una “diplomacia silenciosa”. Si bien repudia públicamente los ataques a Irán, capitaliza al máximo la sobreextensión militar de Washington. En la práctica, la crisis en el Golfo Pérsico funciona como un catalizador para los objetivos hegemónicos chinos, dado que le permite avanzar en la desdolarización del comercio internacional mediante nuevas infraestructuras financieras y consolidar rutas energéticas terrestres, inmunes al poder naval occidental.

A su vez, el impacto de un eventual cierre del Estrecho de Ormuz está calculado. Aunque cerca del 50% de sus importaciones de petróleo transita por allí, China lleva años blindándose a través de reservas estratégicas y la diversificación de proveedores terrestres, como los gasoductos rusos.

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Power of Siberia 2: el megagasoducto destino China con el que Rusia "reemplazará" el gas que vendía a Europa. Fuente: El Mundo

Power of Siberia 2: el megagasoducto destino China con el que Rusia "reemplazará" el gas que vendía a Europa. Fuente: El Mundo

En términos geopolíticos, la lectura china es clara: el empantanamiento de Estados Unidos en Medio Oriente acelera el desgaste de la hegemonía estadounidense. Esta distracción le deja el camino despejado al país asiático para concentrarse en la consecución de sus verdaderos intereses en su área de influencia: la cuenca del Indo-Pacífico.

Entonces, mientras que EE. UU. se desgasta en un nuevo conflicto militar, China sigue centrada en los negocios.

El impacto económico global: la inflación y el cuello de botella de Ormuz

El principal foco de preocupación para los inversores radica en la duración del conflicto y en cómo este puede dinamitar tres variables clave: el precio del petróleo, la inflación y el crecimiento global. El mercado ya dio su primer aviso, con el crudo Brent cotizando a niveles no vistos en los últimos 18 meses. El riesgo máximo detrás de esta suba es el cierre prolongado del Estrecho de Ormuz, una arteria vital por la que transita el 20% del petróleo y del gas natural licuado (GNL) del mundo.

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El efecto cascada de este bloqueo es ineludible. Las amenazas a los buques de carga atascan las cadenas de suministro y encarecen los fletes. Como proyecta CNN, una guerra prolongada que mantenga altos los precios de la energía impulsará inevitablemente la inflación y, en consecuencia, las tasas de interés de los bancos centrales.

Sin embargo, el epicentro de este terremoto económico no está en Occidente, sino en Asia. Según datos de Kpler —empresa global de inteligencia y análisis de datos enfocada en el mercado de materias primas— entre el 84% y el 90% del crudo que atraviesa Ormuz tiene destino asiático, al igual que el 83% del GNL, alimentando a gigantes como China, India, Japón y Corea del Sur.

Frente a este escenario, la directora del FMI, Kristalina Georgieva, proyecta una fuerte volatilidad financiera. Si esta crisis golpea el suministro energético de Asia, está frenando directamente a una región que genera dos tercios del crecimiento global y concentra el 40% del comercio mundial.

El tablero roto

En definitiva, la guerra constante en Medio Oriente ha dejado de ser un problema exclusivamente regional para erigirse como la principal amenaza a la estabilidad global. La incapacidad sistémica de las potencias para dirimir sus diferencias por la vía pacífica nos arrastra a un escenario donde el detonante inicial pierde relevancia frente a las consecuencias: el costo final de la escalada bélica lo termina pagando la economía del mundo entero.

En Medio Oriente, la religión y la ideología suelen monopolizar la narrativa diaria, pero en la práctica funcionan como la fachada perfecta para los intereses estratégicos de las potencias y sus aliados regionales. Se ha consolidado como un tablero donde las victorias son ilusorias -porque aquí, nunca se gana- y la devastación es la única constante. En este escenario, los escombros se acumulan en una región atrapada en la parálisis, una dinámica que no se revertirá hasta que el sistema internacional deje de priorizar el intervencionismo militar por encima del comercio, la diplomacia y el desarrollo.

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