La congresista demócrata estadounidense Jasmine Crockett acusó a la Argentina de poseer "una historia de racismo" durante una audiencia pública en el Congreso de los Estados Unidos en Washington, con el objetivo de explicar la supuesta falta de apoyo internacional hacia la Selección en la final del Mundial de fútbol.
La legisladora por el estado de Texas formuló sus consideraciones mientras interrogaba a las autoridades del Museo Nacional de Historia Estadounidense sobre la desigualdad en su país. En ese marco, Crockett sostuvo: "No entiendo el fetiche que estos hombres blancos con egos frágiles tienen con sentirse oprimidos".
Posteriormente, la diputada cuestionó al historiador David Blight respecto del choque futbolístico contra España y le preguntó: "Los dos últimos equipos fueron Argentina y España. Parecía que la gran mayoría del mundo apoyaba a... ¿Argentina? O, en realidad, estaba en contra de Argentina. ¿Y a qué se debía eso? Deme una explicación, si se atreve a aventurar una".
Ante la consulta, el académico respondió que "España fue el mejor equipo; tal vez por eso contaron con el apoyo del público". Sin embargo, la congresista desestimó esa hipótesis y concluyó: "También existe una historia de racismo en lo que respecta a Argentina".
Los estudios estadísticos contradicen las acusaciones sobre la sociedad argentina
Las afirmaciones de la representante estadounidense se sumaron a una serie de críticas emitidas por figuras internacionales tras la definición del torneo deportivo. En ese contexto, el director de Desarrollo Productivo de la fundación Fundar, Daniel Schteingart, difundió indicadores oficiales para evaluar el nivel real de discriminación en la sociedad argentina.
El especialista utilizó información procedente de la encuesta internacional Integrated Values Survey para medir el rechazo social de la población hacia vecinos de otra raza. Los registros del estudio revelaron que solo el 2,7% de los encuestados argentinos manifestó incomodidad ante esa posibilidad.
Esa cifra colocó a la Argentina por debajo de los índices de intolerancia declarados en Estados Unidos, con un 3,2%, y Francia, con un 3,7%. Asimismo, el resultado se ubicó significativamente lejos del 12,7% registrado en España, el rival con el que disputó la definición mundialista.