Ucrania y una guerra sin final: así se vive en Kiev, una ciudad asediada

C5N viajó a la capital ucraniana para retratar las historias del mayor conflicto bélico en territorio europeo desde la Segunda Guerra. El sonido de las sirenas por los ataques aéreos y la oscuridad por los cortes de energía son algunas de las escenas cotidianas.

Pasaron dos años y cuatro meses desde el inició de la guerra en Ucrania, cuando el 24 de febrero de 2022 las tropas rusas invadieron el país. Por el conflicto han muerto más de 31 mil soldados ucranianos y alrededor de 14 millones de personas tuvieron que abandonar sus hogares, según cifras oficiales. La gran parte de ellos encontraron asilo en Polonia. Mientras, el ejército de Vladimir Putin ha sufrido más de 50 mil muertes, según estimó una investigación realizada por la cadena británica BBC.

Ahora los enfrentamientos están focalizados en una franja cercana a la frontera entre ambas naciones, que comienza en la región de Járkiv, ubicada al noreste de Ucrania, y se extiende hasta la ciudad portuaria de Odesa, en el sur. En el frente de batalla no hay más novedades que la constante resistencia de los locales ante la insistencia de los invasores por tomar más posiciones. Ninguna fuerza puede avanzar sobre la otra, pero al día de hoy más del 18% del territorio ucraniano ya está bajo dominio ruso y una tercera parte del país se encuentra minado.

Por ello, desde el 18 de mayo entró en vigor la nueva ley de movilización militar en la que todos los hombres ucranianos entre 18 y 60 años están a disposición del ejército.

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Todavía el mayor enfrentamiento bélico en territorio europeo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial parece lejos del final. ¿Cómo se vive en un país asediado por una invasión y escenario de disputa entre las potencias de Occidente y Oriente?

C5N viajó hasta Kiev, una ciudad militarizada en la que todos los días suenan las alarmas por los ataques aéreos, donde rige un estricto toque de queda desde las 12 de la noche y en la que cada día suceden cortes de energía por horas ante los ataques que reciben las centrales eléctricas. A pesar de ello, los habitantes de la capital intentan pasar sus días con la mayor normalidad posible.

Todos al frente

Desde el inicio de la invasión rusa, los hombres ucranianos mayores de 25 años no pueden salir del país porque pueden ser reclutados por el ejército. Por este motivo, en los colectivos y trenes que parten de Varsovia, una de las vías para entrar a Ucrania ya que el tránsito aéreo está cerrado desde 2022, solo hay mujeres.

Una de ellas es Nadiia, una joven de 23 años que está casada con un militar y con quien tiene una hija de tres años. “Mi esposo sirve en el frente desde que empezó la guerra. Este fue mi primer viaje en los últimos tres años”, cuenta Nadiia, quien está volviendo a su hogar en Irpín, luego de tomarse unas vacaciones junto a su madre en Portugal.

“La guerra ha cambiado mucho nuestra vida porque cada día lo vives como si fuera el último. No puedes planificar nada para el futuro, pero te adaptas. Vivimos con ansiedad por los misiles y hemos aprendido a disfrutar nuestras vidas, incluso con esta situación”, cuenta.

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Ella trabaja en la creación de contenidos audiovisuales para diferentes marcas en redes sociales, pero cuando se le pregunta qué desea para el futuro, solo responde que “espera la victoria”. “Espero que esto termine, así podremos subirnos a un coche con mi marido, viajar por toda Europa y disfrutar de todo lo que la guerra nos ha quitado en estos años”, dice.

Aunque algunas mujeres puedan salir del país, la situación es dramática para todos los habitantes. Hay familias que han sido partidas. Un caso es el de Max, un hombre de 39 años y que el próximo mes será padre por primera vez. Su esposa se encuentra viviendo en Lisboa. Allí dará a luz y criará al niño, al menos por un tiempo.

Max no puede cruzar la frontera de Ucrania y sabe que en cualquier momento podría ser enviado al frente de batalla. En un perfecto español, Max dice que es "una putada" que los civiles tengan que ir a la guerra. Sin embargo, también entiende que es un deber que tendrá que cumplir en caso que sea convocado. Él explica que su país está siendo invadido y hay que defenderlo porque, en caso contrario, la joven nación desaparecerá. Mientras, él pasa sus noches en el bar Doska, donde trabaja como encargado.

El bar está a oscuras. Son las 9 de la noche y hace más de una hora que se cortó la luz en toda la ciudad de Kiev. El apagón se prolonga durante días ante los ataques rusos sobre las centrales eléctricas de Ucrania. Para los locales es normal y el Doska se ilumina con velas. En una de las mesas exteriores del local, ubicado en el centro, cuatro amigos chocan sus copas de cerveza. En el brindis, uno de ellos dice: “Por nuestra última noche en libertad”. Al día siguiente entrará en vigor la ley de movilización, por la que todos los varones entre 18 y 60 años estarán a plena disposición del ejército. En Ucrania, nadie piensa que la guerra esté cerca de terminar.

El bar de Sasha, un refugio contra el horror

Sasha Sapiga tiene 38 años y es el dueño del bar Doska. Tiene dos hijos que viven en Alemania junto a su hermana. Cuando comenzó la guerra en Ucrania, la familia de Sapiga abandonó el país. Él se sumó al ejército, pero todavía no tuvo que ir al frente de batalla. Su misión estuvo en la ciudad de Lvyv, a pocos kilómetros de la frontera con Polonia. Allí trabajó como traductor de los militares ingleses que formaban a las tropas locales en el manejo de los armamentos entregados por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Lo primero que llama la atención es por qué funciona un bar mientras el país está en guerra. La respuesta no tiene fallas en la lógica de alguien que todos los días de su vida están atravesadas por la guerra. “Necesitamos un lugar para descansar y hablar como personas normales”, explicó.

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Estamos en un mundo donde las 24 horas del día la guerra está presente. Necesitamos una vida normal para ser educados en la sociedad”, explica el dueño del Doska. Después de haber estado nueve meses trabajando con el ejército, Sapiga cuenta que “todo lo que tenía en la cabeza era sobre la guerra y resultaba muy difícil dormir. Cuando vine por primera vez a Kiev fue muy agradable llegar al bar y ver la vida normal, con las barras abiertas y la gente bailando”.

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Sapiga dice que “todo el país debe ayudar a Ucrania por su independencia y sus territorios”. Él asegura que lo hará desde el lugar que le toque, sea traduciendo a soldados o en el frente. Por lo pronto, su rol en el bar también es importante. “Si el ejército me necesita, iré. Pero si tengo que quedarme aquí, seguiré ayudando. Para mí, la duda no es cómo terminará la guerra, sino cuándo. Espero que sea rápido y que mis hijos regresen a Ucrania porque amo este país. Quiero vivir aquí”, asegura.

“En el futuro ganaremos la guerra y aquí tendremos la fiesta más grandiosa. Beberemos alcohol y bailaremos por semanas. Pero aún es como un sueño. Todavía tenemos que defender el país”, cerró el dueño del Doska.

El Maidán

En Ucrania, el enfrentamiento actual con Rusia y comenzado hace más de dos años es conocido como el período de la “Gran Guerra”. Para ellos, el conflicto con la otrora Unión Soviética es más bien histórico y desde los años noventa hubo cierta calma a partir de la caída de la Moscú comunista. Pero a partir de 2013, las hostilidades no pararon de aumentar entre ambos países.

Poco más de una década atrás, Ucrania era gobernada por Viktor Yanukóvich. El ex presidente se retiró de las negociaciones para que el país ingresara a la Unión Europea y anunció, en un mismo comunicado, que afianzaría la relación con los bloques económicos liderados por Rusia. La decisión provocó una masiva protesta en la Plaza de la Independencia y que obtuvo una brutal represión por parte del gobierno. Durante semanas, las estatuas doradas del Maidán se tiñeron de sangre.

Apoyados por partidos del nacionalismo y la derecha ucraniana, los manifestantes se enfrentaron a las fuerzas policiales y paramilitares que disparaban con francotiradores desde los balcones de un hotel. Hasta que Yanukóvich renunció al cargo en febrero de 2014 y se refugió en Rusia. El hecho se lo conoce como la Revolución del Maidán y, desde ese entonces, la violencia solo ha escalado.

Días más tarde de que Yanukóvich se fuera del país, Vladimir Putin desplegó su ejército sobre Crimea y tan solo tardó unas horas en anexar la península a la Federación de Rusia. A partir de ese hecho, sucedido en marzo de 2014, han ido aumentando los enfrentamientos entre las tropas rusas y ucranianas en las regiones fronterizas hasta escalar al período actual del conflicto, intensificado en 2022 con la invasión.

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Todo parece indicar que la paz no será el camino más próximo en Europa del Este, mientras Zelenski también espera sacar provecho de los los 61 mil millones de dólares de ayuda militar que aprobó el Congreso estadounidense.

Hoy, el Maidán sigue siendo uno de los lugares más importante para el pueblo ucraniano. Sobre un sector del césped de la plaza, hay miles de banderas que homenajean a los caídos en la guerra. La gran mayoría son azules y amarillas, pero también las hay de las más diversas nacionalidades, como colombianas, brasileñas, canadienses y estadounidenses, entre otras.

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A diario, varias personas se acercan al lugar para recordar a sus seres queridos, con besos a las fotos y recambio de flores; una mujer llora frente a la imagen de su esposo; dos chicas pasan a saludar a unos amigos. A poco más de 500 metros, sobre la Catedral de Sofía, empieza una calle empedrada y peatonal en la que funciona un paseo de artesanías. Hay jarrones, platos e imanes con insignias militares. También se venden banderas negras y rojas, que no es la anarquista, sino una metáfora de cómo se tiñe la insignia ucraniana cuando se mancha de sangre. Una joven canta frente a un bar y una pareja que camina por allí les deja unas monedas. La guerra sigue y la vida en Kiev continúa.

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