El segundo mandato de Donald Trump al frente de la presidencia de los Estados Unidos atraviesa en estos días un debate que nadie imaginaba cuando, hace poco mas de un año, regresó triunfante a la Casa Blanca: el de su estado de salud mental.
La ofensiva sobre Irán desató las críticas de figuras fundamentales del universo MAGA contra el magnate, produjo una agria polémica con el Papa que indignó a los sectores cristianos conservadores y se combina con un escenario económico que podría hacer estallar las posibilidades republicanas en las elecciones de noviembre.
El segundo mandato de Donald Trump al frente de la presidencia de los Estados Unidos atraviesa en estos días un debate que nadie imaginaba cuando, hace poco mas de un año, regresó triunfante a la Casa Blanca: el de su estado de salud mental.
Los medios y referentes opositores, obviamente, pero cada vez más figuras del trumpismo se preguntan cada jornada si la sucesión de erráticas, contradictorias y, por momentos, delirantes declaraciones del presidente no constituyen una evidencia de que ha perdido el rumbo y comienzan a apostar por una salida precipitada del poder.
Tras la catarata de amenazas sobregiradas contra Irán (“Una civilización entera morirá”), su último paso en falso fue un mensaje contra el papa León XIV, publicado en su red social Truth, en el que Trump acusa al Pontífice de “ser DÉBIL con el crimen”, entre otras diatribas que nadie fue capaz de comprender del todo.
Sus críticas al Papa, en el contexto de los llamados del Pontífice a favor de la paz, provocaron malestar en sectores religiosos que tradicionalmente lo han acompañado. Apenas un día después, la difusión en sus redes sociales de una imagen en la que Trump se mostraba representado como Jesús (que borró cuando las críticas arreciaron) profundizó ese malestar y derivó en cuestionamientos por parte de influyentes referentes de la derecha católica estadounidense.
Como efecto colateral, el desafortunado mensaje provocó el rechazo de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, la gran aliada de Trump en Europa, cuya actitud reafirma un dato que tampoco nadie imaginaba hace un año atrás: los líderes globales le perdieron el miedo al presidente estadounidense y sus amenazas, de tan repetidas y altisonantes, ya no hacen el efecto que hacían.
La decisión de avanzar militarmente sobre Irán activó una serie de tensiones que no solo agitaron a la oposición demócrata y a lo que Trump define como "medios liberales", sino que también expusieron fisuras dentro del propio universo conservador que lo llevó nuevamente al poder.
La fractura más significativa se produjo en el seno del movimiento Make America Great Again (MAGA), la base más militante y radicalizada del trumpismo, donde figuras de peso como Tucker Carlson, Megyn Kelly, Candace Owens y Alex Jones cuestionaron abiertamente la estrategia del Gobierno. Estos referentes, que habían tenido un rol relevante en la consolidación del liderazgo de Trump, criticaron especialmente el giro hacia una política exterior más agresiva, en contradicción con el perfil antiintervencionista que históricamente definió a MAGA.
En particular, los rebeldes de MAGA apuntan contra la gravitación cada vez mayor de Israel en las decisiones internaciones de Estados Unidos y acusan a Trump de haberse dejado arrastrar por Benjamín Netanyahu a una guerra en la que los estadounidenses no tienen nada que ganar y, posiblemente, mucho que perder.
Las críticas escalaron hasta plantear la posibilidad de aplicar la Enmienda 25 de la Constitución estadounidense, un mecanismo que permitiría evaluar la capacidad del presidente para continuar en funciones. Desde el lado de Trump, como cualquiera podría imaginar, la reacción fue inmediata y de tono incendiario, con descalificaciones de la talla de "tarados", "fracasados" y “son gente estúpida, lo saben ellos, sus familias lo saben y todo el mundo lo sabe”.
Quizás, el golpe más fuerte de todos lo recibió Trump desde dentro de su propio gobierno, con la renuncia de Joe Kent, el director del Centro Nacional de Antiterrorismo, que evidenció las fortísimas discrepancias internas en torno a la política hacia Irán. Tras su salida, a mediados de marzo, el funcionario publicó un mensaje en su cuenta de X, en el que aseguró que Irán no representaba una "amenaza inminente" para Estados Unidos y afirmó que la gestión Trump "inició esta guerra debido a la presión de Israel y de su poderoso lobby estadounidense".
A estos conflictos se suma el rol del vicepresidente JD Vance, quien, según trascendió, habría sido uno de los pocos integrantes del círculo cercano que manifestó reparos frente a la ofensiva militar en las instancias previas a su ejecución.
La sorprendente derrota de Viktor Orbán en las elecciones presidenciales de Hungría, tras la visita en plena de campaña de JD Vance y los abiertos apoyos de Trump, hizo sonar todas las alarmas en la Casa Blanca. De pronto, la Internacional de la derecha parece haber entrado en una curva descendente electoral y el fantasma se proyecta a los comicios de medio término en Estados Unidos, que se realizarán en noviembre.
Diversas encuestas, incluidas algunas difundidas por fuentes “amigables” con Trump, como Fox News y Gallup, ubican la desaprobación de Trump entre el 55% y el 65%, y los resultados de las últimas elecciones especiales en distintas partes del país no invitan particularmente al optimismo,
Desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, los demócratas recuperaron ya ocho distritos en manos republicanas mediante elecciones especiales y sumaron 18 bancas en Nueva Jersey y Virginia. Los republicanos no han revertido ninguna. En total, se contabilizan nueve caídas desde el inicio del mandato y siete derrotas consecutivas en distintos frentes.
De cara a las legislativas de noviembre, el escenario luce incierto para la Casa Blanca. Una eventual pérdida de la mayoría republicana en el Congreso podría abrir la puerta a investigaciones más agresivas e incluso a un proceso de juicio político. Con una economía bajo presión, controversias migratorias y fracturas internas, el segundo mandato de Donald Trump enfrenta uno de sus momentos más delicados, apenas poco más de un año después de haber asumido.