Los Tres Santos Reidores: el cuento para aprender a celebrar la vida y perderle el miedo a la muerte

Una historia de tres místicos que convirtieron la risa en una forma de vivir y hasta eligieron despedir a uno de ellos con humor.

Un hermoso cuento para animarnos a reírnos de la muerte.

Esta es la historia de tres místicos hindúes. Se los conocía sólo como Los Tres Santos Reidores, porque nunca hacían ninguna otra cosa que reír. Solían ir de una ciudad a otra, pararse en el mercado y soltar unas buenas carcajadas viscerales. Era contagioso: no bien empezaban, todo el mercado comenzaba a reír. Durante unos pocos segundos un nuevo mundo se abría.

Viajaban por todo el mundo sólo ayudando a que la gente riera. Gente triste, enojada, codiciosa, celosa: todos se reían con ellos. Sucedió, entonces, que falleció uno de los tres. Los pobladores dijeron:

—Ante la tristeza de la muerte de su amigo, deben llorarlo.

Pero los otros dos estaban bailando, riendo y celebrando la muerte. La gente del pueblo dijo entonces:

—Esto es demasiado. Estos no son modales. Cuando muere un hombre es profano reír y bailar.

Entonces, los dos hombres respondieron:

—Nos reímos con él toda la vida, ¿cómo podríamos despedirlo de otra manera? Debemos reír, debemos disfrutar, debemos celebrar. Esta es la única despedida posible para un hombre que ha gozado toda su vida. Y si no reímos, él se reirá de nosotros y pensará: “¡Tontos! ¿Cómo puede morir la risa?, ¿cómo puede morir la vida?”

Para despedirlo, la gente del pueblo dijo:

—Lo enterraremos como prescribe el ritual.

Pero sus dos amigos dijeron:

—No, nuestro amigo ha pedido que no hagamos ningún ritual y no cambiemos su ropa ni lo bañemos, ni enterremos. Sólo ha pedido que lo pongamos tal como está en la pira crematoria; seguiremos sus instrucciones.

Así lo hicieron cuando, de pronto, sucedió algo muy especial. Cuando el cuerpo comenzó a quemarse se prendieron fuegos artificiales que el anciano había escondido entre su ropa para que su despedida despertara sonrisas y asombro y el pueblo entero lo recordara con alegría y humor, símbolo de lo que había sido su vida.

Reír es salud. Reír es vida. El buen humor nos sana. La Madre Teresa decía que aquel que logra reírse de sí mismo, de sus pesares, de sus reacciones ante los hechos, logra ver el rostro de Dios. Que no es otro que el rostro de nuestra alma. Reír libera esos maquillajes con los que cubrimos el rostro. Reír eleva la química corporal.

El organismo se eleva en plenitud cuando el humor está presente, haciendo vibrar esa maquinaria perfecta que es el cuerpo. Una carcajada salida del alma reacomoda el metabolismo en forma más vertiginosa que la gimnasia más intensa. En el mundo se están difundiendo las terapias de la risa, ya con el aval de grandes científicos.

Cada día debería ser vivido en estado de deleite. Disfrutar lo que sucede es el máximo eslabón de la maestría interna. Lo que es, es, y hay que celebrarlo.

El que logra esa comprensión y esa experiencia, ya se encuentra en estado de dicha inalterable continuo. Para ese ser, es obvio que no hay mente, solo hay una celebración consciente de la trascendencia del alma.

Quien se ríe del mundo, de sus debilidades y defectos, los expone y empieza la alquimia divina de la transmutación. El humor hace que todo sea fresco y vital.

Gracias por existir.