Hernán Casciari, reconocido escritor que en los últimos días emocionó al país por dedicarle un texto a Lionel Messi, se subió a un nuevo capítulo de "El Viaje" con Diego Iglesias, donde dialogó sobre los momentos más difíciles que atravesó durante su vida, sus adicciones y la literatura como herramienta para poder mostrar el mundo.
"Me gusta el tiempo como objeto de cambio, me parece que en mi cabeza es el superhéroe y el villano es el dinero", admitió al seleccionar el reloj de arena entre los objetos que el programa da a elegir a sus invitados. Para el escritor, el reloj es una divisa que no tiene devolución.
"Saber siempre que hay que defender el tiempo y no el dinero, es una buena costumbre", explicó Casciari. En ese sentido, describe que aprendió a poder elegir en qué quiere trabajar y cómo disfrutar de ese momento. "A mí me parece que el contraste definitivo está entre lo que está bien y lo que está mal, es el tiempo y el dinero", manifestó.
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"Hoy es el día pero por las razones correctas, no por la rebeldía sin causa", reflexionó Casciari.
El pibe que arruinaba las fotos
En diálogo con Diego Iglesias, el escritor desarrolló el significado que para él tenía el famoso adagio Carpe Diem. "Para mí era abrir botellas de cerveza con las muelas que no tengo. 'No me importa todo lo que me digan mis viejos mis profesores, la vida es hoy'", declaró.
Además reflexionó sobre su juventud, sobre el "no estar presente" para con su familia. "Lo que hacía era destruir el futuro, no hacía algo bueno", meditó.
En ese sentido añadió que "la experiencia de ya ser viejo, no tener esas muelas para abrir las botellas, me indica que hoy es el día pero por las razones correctas, no por la rebeldía sin causa".
La anécdota que da inicio a su libro "El pibe que arruinaba las fotos", comenzó como un Hernán Casciari que de chico no salía ni en una foto bien. Todo lo contrario, en cada una de ellas era retratado haciendo alguna morisqueta.
Pero la metáfora que se extiende en sus páginas va más allá y refleja un período de su vida donde no pudo estar presente para todos los que lo rodeaban.
"Destruía ese momento para los otros"
Los 25 minutos más importantes para la vida de Hernán Casciari
Existió un punto de inflexión en la vida del escritor cuando tuvo un infarto. Aquellos 25 minutos que tardó el viaje hasta la clínica donde lo atendieron fueron cruciales.
"Una vez que contas las cosas, a mi mismo me queda un desdoblamiento entre la realidad y la ficción donde cada vez me cuesta más aferrarme a la verdad", explicó al contar la historia.
En ese sentido pudo describir con claridad que "en ese momento intentaba encontrar el nombre de las calles para no pensar en lo que estaba pasando a mi alrededor. El problema era quien le iba a decir a mi hija 'No tenés papa'. Si yo hacía puchero o me emocionaba, se intensificaba el problema respiratorio que tenía".
Un sentimiento podía empeorar su situación, entonces se obligó a distraer su mente para seguir despierto y luchar por su vida. "Mi respiración no era automática, yo sabía que si me desvanecía nadie lo iba hacer por mi. Tenés que estar súper concentrado en esos 7 segundos, si yo metía a mi hija o cualquier situación de nostalgia o melancolía entraba el pucherito y se desvanecía todo alrededor a negro", aseguró.
"Ocho años antes estaba convencido de que me iba a morir a los 45 años, viví con esa mochila, con una enorme tristeza", expresó.
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"Era muy fan de lo detectivesco, me gustaba muchísimo la literatura inglesa", recordó.
La escritura como escape y profesión
Casciari explicó que cuando era adolescente necesitó salir de Mercedes, el pueblo donde se crió, por sus adicciones. Para poder escapar recurrió a su abuelo materno, que vivía en San Isidro y fue sin querer el principal maestro que lo incentivó a escribir.
Bajo reglas muy estrictas, Hernán convivió con su abuelo por 12 meses. Los suficientes para transformarlo en una persona diferente, ávida por escribir y demostrarle al mundo su punto de vista.
"Me dijo que tenía una máquina de escribir, sólo podía fumar seis cigarrillos por día. Me obligaba a dar dos vueltas al hipódromo de San Isidro a la mañana y no podía salir libremente de la casa", detalló el escritor. Y añadió: "Doce meses y medio humillantes, sabiendo que había un candado que no me dejaba salir a la calle".
Su abuelo quería escuchar el sonido de las máquina de escribir, pero Hernán lo engañaba. Escribía sin sentido y le dejaba en la mesa cuentos viejos como prueba de que realizaba alguna actividad.
Al día siguiente, al buscar las hojas las encontraba con correcciones en rojo. "Me ponía 'despreciable', 'pornográfico', 'innecesario'. Tenía una bronca... empecé a escribir más. Lo que hizo fue conseguir que de repente yo pusiera en duda mi oficio, nadie en Mercedes me dijo 'no sos un buen escritor'", aclaró. Así, encontró una estructura que le permitió crecer y salir del lugar donde estaba.
La literatura y el fútbol
Desde chico, Casciari fue ávido consumidor de literatura. "Era muy fan de lo detectivesco, me gustaba muchísimo la literatura inglesa", recordó.
En esta línea añadió que "un día saqué un libro pensando que era juvenil y era Edgar Allan Poe, me cagué de un susto. En esa transición nació mi paso hacia la otra literatura. Fui muy voraz, leía como un loco. Cuando llegué a la última temporada, yo tuve la sensación de ver morir a un amigo. De que no había más un cerebro vivo acompañándome".
Además en ese sentido, la vida del autor siempre se entremezcló con el fútbol. Hernán Casciari es de Racing por su bisabuelo y es una tradición que mantiene en su familia.
"Mi bisabuelo vino de Italia. Según me contó mi abuelo, vino con el pelo muy largo porque era moda en Europa. Cuando llegó acá nadie le daba laburo por el pelo largo y tampoco tenía guita para cortárselo", contó Casciari. Hasta que consiguió un peluquero que tenía la costumbre de decir: "Te corto el pelo gratis si te haces hincha de Racing".
Su texto "Teníamos un juguete", reflexiona sobre la importancia del fútbol para los argentinos pero también reflexiona sobre "algo que se rompió" en relación con el tan apasionado deporte. "Es un cúmulo de violencia contextuales, una especie de cáncer dirigencia o de delincuencia tomó los costados de este órgano maravilloso que es el fútbol", concluyó.
Teníamos un juguete. Era el más divertido del mundo. Todavía no sabemos si fue un accidente, pero rompimos el juguete en mil pedazos. Lo hicimos mierda. Y lo más triste es que no sabemos jugar a otra cosa. Teníamos un juguete. Era el más divertido del mundo. Todavía no sabemos si fue un accidente, pero rompimos el juguete en mil pedazos. Lo hicimos mierda. Y lo más triste es que no sabemos jugar a otra cosa.