Los muertos que pisamos sin saberlo: las cuatro plazas porteñas que nacieron sobre cementerios

Entre juegos, pasto y bancos, antiguos camposantos son testigos de antiguas historias de la ciudad, en un contraste diario entre la vida de hoy y la tragedia de ayer.

Un palimpsesto es un manuscrito antiguo que conserva rastros de una escritura anterior, que fue borrada artificialmente ya sea raspando o lavando el pergamino, para escribir un texto nuevo. Las ciudades, a su manera, también lo son: capas y capas de historias, de vida cotidiana y acontecimientos trascendentales que se superponen y le dan vida a la urbe de hoy.

La Ciudad de Buenos Aires no es la excepción, y estas capas pueden ser contradictorias entre sí, tanto como la vida y la muerte. Lugares que hoy son testigos de risas, juegos y alegría contrastan con un pasado gris, y sombrío.

Es que hubo una época en la que la muerte colapsó a la ciudad. Las epidemias, el crecimiento descontrolado y la falta de espacio obligaron a improvisar necrópolis en las afueras de lo que entonces era el mapa urbano. Con los años, la ciudad se estiró, devoró esos límites y, en un acto casi poético, con algo de higienista, tapó las tumbas con plazas.

En Yrigoyen y Pasco, la Plaza Primero de Mayo tiene la esquina retirada, en recuerdo del antiguo acceso del Cementerio de los Disidentes.

En Yrigoyen y Pasco, la Plaza Primero de Mayo tiene la esquina retirada, en recuerdo del antiguo acceso del Cementerio de los Disidentes.

Cuatro plazas porteñas que fueron cementerios

Parque Ameghino (Parque Patricios)

El Parque Ameghino es un pulmón amplio que permite una mejor vista del imponente Hospital Muñiz. Pero este lugar fue, en 1871, el epicentro del horror. Cuando la epidemia de fiebre amarilla diezmó a la tercera parte de la población porteña, los cementerios existentes colapsaron en semanas. La solución de urgencia fue crear el Cementerio del Sud en esta misma manzana, perteneciente a un antiguo predio denominado La Con­va­les­cen­cia durante el rosismo.

Se trataba de un camposanto provisorio, de emergencia, sin pompas fúnebres. Las carretas negras llegaban día y noche y los cadáveres se apilaban esperando a que los trabajadores cavaran fosas comunes, donde los cuerpos se rociaban con cal para evitar el contagio.

El propio monumento que hoy adorna el centro de la plaza, un homenaje a los médicos caídos en la peste, se erige sobre el suelo donde yacen miles de almas anónimas que la ciudad no tuvo tiempo de despedir. Cuando la epidemia cesó, el cementerio se clausuró, se tiró tierra fértil encima y nació el parque, en un barajar y dar de nuevo para dejar espacio a la vida.

Plaza Primero de Mayo (Balvanera)

En la manzana delimitada por Pasco, Alsina, Venezuela y Pichincha, el ruido del caos de Rivadavia parece disiparse. Es la Plaza Primero de Mayo, un rincón de barrio clásico en el corazón de esta zona de Balvanera que se debate entre Once y Congreso, sin llegar a pertenecer a ninguno. Bajo los juegos donde cada día ríen los chicos, hay un recuerdo ideológico y religiosa del siglo XIX: aquí funcionó, entre 1833 y 1891, el Cementerio de Disidentes.

Suena a algo grave, pero era sencillo: se llamaba disidente a cualquiera que no profesara la fe católica, apostólica y romana. Por lo tanto, en una ciudad que crecía de la mano de los inmigrantes, los protestantes (mayormente británicos, alemanes y norteamericanos) no contaban con un lugar de entierro fuera de sus colectividades, lo que dio origen a este cementerio. Dentro de reconocidas personas inhumadas se encuentra doña Elisa Chitty de Brown, la esposa del almirante Guillermo Brown, a quien se la recuerda en una placa de bronce.

Cuando a finales del siglo XIX se decidió mudar los restos al cementerio de Chacarita para abrir la plaza, muchas familias humildes no pudieron pagar el traslado y los cuerpos quedaron abajo. Hace algunos años, durante unas excavaciones para renovar el sistema de iluminación, las palas mecánicas chocaron contra lápidas y huesos a menos de un metro de profundidad.

Plaza Marcos Sastre (Villa Urquiza)

Monroe al 4900 sorprende con un espacio verde pequeño, que no alcanza a adueñarse de la manzana entera: la Plaza Marcos Sastre. Hasta la década de 1890, este lugar fue el Cementerio de Belgrano, cuando el actual barrio era un pueblo independiente de Buenos Aires.

Al clausurarse el cementerio para dar paso a la urbanización, se dio un plazo para que los vecinos retiraran los cuerpos de sus familiares. Muchos lo hicieron, pero decenas de tumbas quedaran olvidadas bajo la maleza, y dieron lugar a miles de leyendas sobre ruidos extraños y aparecidos que los antiguos vecinos del barrio mantienen vivas.

Parque Los Andes (Chacarita)

Cuando la Fiebre Amarilla de 1871 desbordó por completo al Cementerio del Sud (el actual Parque Ameghino), las autoridades debieron buscar tierras fiscales urgentemente en las afueras para seguir inhumando cuerpos. Así nació el Cementerio del Oeste o Cementerio Viejo de la Chacarita, pero no en su actual ubicación, sino en el actual Parque Los Andes, ese espacio verde entre Corrientes, Jorge Newbery, Guzmán y Dorrego.

Hoy es famoso por su feria de artesanos de los fines de semana, su cercanía con la terminal del subte B y los imponentes árboles. Sin embargo, fue el antecesor del cementerio que tiene enfrente.

Cuando se habilitó el actual Cementerio de la Chacarita, este predio fue tapado con toneladas de tierra y transformado en parque por el paisajista Carlos Thays. Sin embargo, no todas las tumbas fueron retiradas, y hoy son pisadas a diario por miles de personas que atraviesan el parque.