¿Aún seguimos creyendo en la existencia de demonios haciéndonos arder en el fuego eterno del infierno?
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En una nueva columna, Claudio María Domínguez analiza por qué la meditación desde el corazón es la herramienta clave para ganarle al estrés, dejar atrás los problemas imaginarios y conectar con la energía creadora.
¿Aún seguimos creyendo en la existencia de demonios haciéndonos arder en el fuego eterno del infierno?
¿Ya alcanzamos a percibir cuál es el verdadero y el peor infierno que podamos vivir? El desconocimiento de nuestro potencial infinito, eso es el infierno.
Esta desazón y angustia brutales por no llegar a lo esencial es el infierno, esta falta de seguridad y de compasión por uno mismo, reflejadas en el trato que les damos a los otros, es el infierno. La visión de la oscuridad en lugar de la luz resplandeciente que es nuestro derecho natural, es el infierno. NO es el infierno de las profecías, el de los fundamentalistas.
El verdadero infierno es vivir en determinadas condiciones cuando el corazón se ha secado y no podemos expresar amor.
Cuántas veces habría que decir amor, sentirlo, exclamarlo, hacer que brote de cada poro, en cada aliento, a cada paso. Solo el amor le da sentido a todo. Sin amor, el planeta es lo que es, una mera negociación entre mentes manipuladoras, que creen que existen, cuando son sólo reflejos de ese infierno tan temido.
¡Qué sencillo es permitir que entre la alegría en nuestro corazón, qué fácil es y qué difícil lo hacemos nosotros! Dedicamos tanto tiempo a solucionar problemas imaginarios, dificultades futuras y analizando hechos pasados. Utilizamos nuestros pensamientos continuamente en preocupaciones, sin vivir el presente, este instante, el AHORA. Esto demuestra la poca fe y confianza en nuestra capacidad interior.
Se dice que la energía creadora coloca, sin brusquedad ni apuros, y a ritmo celestial, suave y envolvente, cada cosa en su sitio, pero a su debido momento.
¿Somos capaces de volvernos niños y disfrutar con ojos asombrados todo lo que ocurre a nuestro alrededor? ¿A prestarle el máximo de atención a lo que estamos realizando sin tener ningún otro pensamiento en nuestra mente? ¿Dedicamos algo de nuestro tiempo en detenernos a mirar la naturaleza alrededor?
¿Somos capaces realmente de comprender que todo está en Perfecto Orden Divino? Si al menos lo intentásemos por un momento, descubriríamos que podemos dejarnos llevar por ese inexplorado mundo de la fe, de la confianza.
La oración no tiene nada que ver con posturas, ritos, de rodillas, repitiendo de modo monocorde por horas las mismas letanías. Tampoco tiene que ver con los mudras que hagamos con los dedos y la flor de loto, cabeza abajo o saludando al sol, porque nada de eso sirve si tenemos un corazón lleno de enojo o una mente llena de pensamientos destructivos que nos alejan de la armonía esencial, nos llenan de más y más estrés, y a la vez nos impiden el ingreso de toda la paz y el amor que necesitamos.
En síntesis, es lo que estamos buscando todo el tiempo, volver al eje, a la paz.
Muchos aún creen que meditar es algo aburrido y estático, por eso más que nunca tenemos que cambiar el enfoque. La meditación profunda desde el corazón también es oración. Nos hace sentir que somos mucho más de lo que pensamos que somos. Con fe y amor podemos percibir que somos seres divinos viviendo una experiencia humana.
Gracias por existir.