El carnaval de la muerte: cómo la fiebre amarilla arrasó Buenos Aires en plena celebración

En 1871, mientras la élite porteña celebraba el carnaval impulsado por Sarmiento, la fiebre amarilla avanzaba en silencio. Entre máscaras, comparsas y negación oficial, la epidemia dejó 15 mil muertos y cambió para siempre la Ciudad de Buenos Aires.

En el año 1845, un entusiasta Domingo Faustino Sarmiento, exiliado en Chile desde 1840, se propuso emprender un viaje de dos años por distintas partes del mundo para conocer las maravillas de la modernidad. El objetivo central era estudiar los sistemas escolares y las políticas migratorias en Europa y Estados Unidos. El punto de partida fue Valparaíso y sus destinos fueron Montevideo, Río de Janeiro, Francia, España, Argelia, Italia, Alemania, Suiza, Inglaterra, Estados Unidos, Canadá y Cuba. Los aprendizajes, aventuras y desventuras de ese recorrido quedaron registrados en numerosas cartas y cuadernos de viaje.

En Roma, Sarmiento participó de los carnavales, donde conoció la tradición de las máscaras venecianas y quedó atraído por la idea del anonimato como forma de borrar, por un momento, la desigualdad de clases sociales. Tal fue su fascinación que, en su primer verano como presidente argentino, en 1869, organizó el primer corso oficial de Buenos Aires. La ciudad intentaba dejar atrás la epidemia de cólera que, desde 1867, había causado la muerte de 1.653 personas. Entre los fallecidos estuvo el vicepresidente de la Nación, Marcos Paz, quien se encontraba a cargo del Poder Ejecutivo por la ausencia de Bartolomé Mitre, al frente de la Guerra del Paraguay.

"El día de mi llegada a Roma, la campana del capitolio empezó a tañer a golpes redoblados pasado el mediodía. Y un murmullo respondió de todos los ángulos de la ciudad a una señal impacientemente esperada como la voz del ángel del placer que llama a los muertos a una vida febril. Era la apertura del Carnaval", Sarmiento, Viajes por Europa, África y América (1849) "El día de mi llegada a Roma, la campana del capitolio empezó a tañer a golpes redoblados pasado el mediodía. Y un murmullo respondió de todos los ángulos de la ciudad a una señal impacientemente esperada como la voz del ángel del placer que llama a los muertos a una vida febril. Era la apertura del Carnaval", Sarmiento, Viajes por Europa, África y América (1849)

Los carnavales ya existían desde hacía varias décadas en estas tierras. Las comunidades afroargentinas los celebraban como un espacio para compartir música, danzas y cantos. Pero el carnaval de Sarmiento fue concebido a la europea: un ámbito acotado donde la aristocracia porteña pudiera liberarse de las normas sociales, con el desenfreno permitido. De esos festejos los negros fueron excluidos y, además, ridiculizados.

En uno de sus viajes a Estados Unidos, Sarmiento había conocido e invitado al país a algunas compañías de minstrels, género teatral-musical típicamente estadounidense. Dichas compañías estaban integradas por blancos que se pintaban la cara de negro para caricaturizar a los afroamericanos, mostrándolos como seres inferiores, primitivos y perezosos. Estos grupos tuvieron tanta repercusión en Buenos Aires que, durante los años siguientes, los porteños blancos de clase alta comenzaron a imitarlos para burlarse de los negros. La estigmatización fue tomada por los afroporteños como una ofensa a sus tradiciones, por lo que decidieron retirar el candombe de la escena pública y practicarlo únicamente en espacios íntimos. Pero el racismo no era la única amenaza que se cernía sobre el pueblo porteño. Había otra que crecía de forma más silenciosa.

Minstrels

Buenos Aires ya había dejado de ser una pequeña aldea para transformarse en una ciudad en constante crecimiento. Cuatro vapores por mes la conectaban con Europa y fomentaban su expansión. Según el primer censo realizado en Argentina, en septiembre de 1869, la población de la ciudad alcanzaba los 187.346 habitantes distribuidos en un radio urbano de poco más de tres kilómetros. Esta cifra representaba el 70 por ciento de la población repartida por el territorio argentino. La mitad de los habitantes eran extranjeros: 44.233 italianos, 14.609 españoles y 13.462 franceses. También había alemanes, belgas, rusos, afrodescendientes y un porcentaje significativo de latinoamericanos. Era una ciudad sin la infraestructura adecuada para semejante volumen poblacional. No había agua corriente, red cloacal ni un sistema organizado de descarte de residuos: un cóctel ideal para la propagación de epidemias.

Se trataba de una ciudad ambigua, que combinaba aspiraciones modernas, a imagen de las capitales europeas, con graves problemas de contaminación por basura acumulada y agua estancada. No era muy grande, era bastante pobre y estaba muy extendida. De 19.000 viviendas urbanas, 2.300 eran de madera o de barro y paja. Los conventillos carecían de la más elemental higiene. Era habitual el sistema de “¡Agua va!”, la famosa advertencia que se gritaba antes de arrojar por las ventanas las bacinillas cargadas de meo y mierda.

El Riachuelo ya estaba contaminado. La ciudad lo había convertido en receptáculo de aguas servidas y desperdicios arrojados por mataderos, saladeros y graserías instalados en sus costas. Esa situación generaba la consiguiente contaminación del agua de los pozos y del Río de la Plata, de los cuales bebía gran parte de la población. Para limpiar las aguas de los aljibes existía la costumbre de introducir tortugas de río, ya que comían hojas e insectos, aunque no se tenía en cuenta la defecación de estos animales. Residuos de todo tipo se utilizaban para nivelar terrenos y calles. Éstas eran muy angostas y aún no existían avenidas —la primera fue la Avenida de Mayo, inaugurada en 1894—. Había pocas plazas, la mayoría casi desprovistas de vegetación. Ese ambiente insalubre resultó ideal para que se instalara y propagara el Aedes aegypti, mosquito originario de África que puede ser portador del virus del dengue y de la fiebre amarilla, reconocible por sus manchas blancas.

Conventillo

En 1871, con dos años de experiencia organizando los festejos, Sarmiento prometía los mejores carnavales. La organización y los gastos corrían por cuenta de la Nación, la Provincia de Buenos Aires —gobernada por Emilio Castro— y el municipio porteño, presidido por Narciso Martínez de Hoz. La fecha de inicio estaba prevista para el 24 de febrero y se extendería durante varios días. Las expectativas crecían a medida que transcurrían los primeros días del caluroso enero.

El 27 de enero, a menos de un mes del carnaval, tres extrañas muertes tuvieron lugar en el barrio de San Telmo. En la calle Bolívar al 392 fallecieron, en un pequeño conventillo de ocho cuartos, el italiano Ángel Binollo, de 68 años, y su nuera Colomba, de 18. Ambos habían sido atendidos por el doctor Juan Antonio Argerich, quien no pudo evitar sus muertes. En los certificados de defunción consignó que Binollo había fallecido por gastroenteritis y Colomba por una inflamación pulmonar. El médico expresó erróneamente el diagnóstico a propósito, para no alarmar a inquilinos y vecinos. Sin embargo, la notificación que recibió el jefe de la sección 14 de policía, Enrique Gorman, indicaba que ambos habían muerto por fiebre amarilla.

A partir de entonces comenzaron a registrarse casos diarios. El 22 de febrero se habían contabilizado diez nuevos contagios y la peste ya no pasaba desapercibida. Al día siguiente, el doctor Eduardo Wilde afirmó que se estaba ante un brote febril. Los síntomas de la enfermedad comienzan con fuertes dolores de cabeza y articulaciones, cansancio y fiebre. En su fase más avanzada, se caracteriza por atacar el hígado y, al ser este el órgano productor de los factores que producen la coagulación de la sangre, su falla genera hemorragias en la nariz, la boca, el estómago y el recto. La sangre en el estómago se torna negra por la acción de los ácidos gástricos. De allí el particular seudónimo con el que se conoce a la enfermedad: vómito negro. La falla hepática también produce el característico color amarillo en la piel y pupilas, además de períodos de alta fiebre, delirios y estertores.

Cuando comenzaron los carnavales, los enfermos ya se contaban por decenas y las muertes diarias alcanzaban cifras alarmantes. La enfermedad que se ocultó en febrero se volvió invencible en marzo. Recién cuando la peste llegó a los barrios aristocráticos las autoridades suspendieron los festejos: el 2 de marzo, cuando el carnaval llegaba a su fin, se prohibió su continuidad. Febrero cerró con casi 300 muertes; entre el 1 y el 5 de marzo el promedio fue de 45 diarias; a partir del día 6, la epidemia adquirió una violencia inusitada y provocó cerca de cien víctimas por jornada.

“La ciudad ofrece de noche un aspecto tan sombrío que que verdaderamente parece que el terrible flagelo hubiese arrasado con todos sus habitantes” Diario la Tribuna, 4 de marzo de 1871. “La ciudad ofrece de noche un aspecto tan sombrío que que verdaderamente parece que el terrible flagelo hubiese arrasado con todos sus habitantes” Diario la Tribuna, 4 de marzo de 1871.

Con el avance de la peste se cerraron los comercios y se paralizó casi toda actividad. La población comenzó a dedicarse casi exclusivamente a comentar y denunciar la aparición de nuevos casos. Las manifestaciones religiosas se multiplicaron y se volvieron habituales las celebraciones de misas y los rezos colectivos. Los médicos tenían conocimientos previos sobre la fiebre amarilla por su aparición en menor escala en años anteriores y por escritos acerca de episodios similares en otras partes del mundo —principalmente en Francia o Inglaterra—, pero su experiencia concreta para tratarla era casi nula. No existía cura y los tratamientos eran empíricos.

A nadie se le ocurría que un mosquito pudiera ser el transmisor de la enfermedad. Se creía que la fiebre amarilla provenía de una especie de transpiración o fluido que emanaba del cuerpo de los enfermos y que luego era respirado por los sanos. Por eso se intentaba “depurar” el organismo con pastillas purgantes y eméticos —remedios que provocaban el vómito—. El enfermo, que por lo general ya estaba en muy mal estado, moría deshidratado por la diarrea y los vómitos. Algunos recomendaban masajes para mantener el cuerpo caliente; otros sugerían frotar con ortigas la piel para estimularla. También se recetaban infusiones de láudano, yerbabuena, manzanilla, cedrón, hojas de naranjo o coca, así como “bebidas espirituosas”, vinos y coñacs. No faltaron, desde luego, charlatanes y estafadores que prometían remedios milagrosos.

“Si te sientes abatido, con dolor en la cintura, con el vientre descompuesto y en la frente calentura, si ves tu dorsal espina molestarte acaso mucho, si hay pesadez en tu vista con cierta dosis de chucho, por dios no tengas miedo, es solo fiebre amarilla y aunque mata a medio mundo es una fiebre sencilla”. Columna humoristica diario La Prensa del 28 de abril de 1971 “Si te sientes abatido, con dolor en la cintura, con el vientre descompuesto y en la frente calentura, si ves tu dorsal espina molestarte acaso mucho, si hay pesadez en tu vista con cierta dosis de chucho, por dios no tengas miedo, es solo fiebre amarilla y aunque mata a medio mundo es una fiebre sencilla”. Columna humoristica diario La Prensa del 28 de abril de 1971

Ante el avance de la enfermedad se produjeron desmanes en distintos puntos de la ciudad. Aumentaron los robos y se registraron saqueos y disturbios. El sector más pudiente, dominado por el miedo, comenzó a abandonar el casco histórico para radicarse en la periferia, dando origen al proceso de afincamiento de lo que luego serían importantes barrios y localidades. Se estima que casi dos tercios de los habitantes dejaron sus casas para refugiarse en el campo o en zonas más alejadas. Las casonas de San Telmo y Monserrat se transformaron en conventillos alquilados a inmigrantes.

El propio Sarmiento tomó un tren rumbo al pueblo de Mercedes, donde se hospedó a la espera de que la enfermedad cediera. Su conducta fue imitada por el vicepresidente Adolfo Alsina y por buena parte del gabinete, además de diputados, senadores y miembros de la Corte Suprema.

“Los espíritus fuertes sin desfallecer en su tarea ardiente han llegado sin embargo a convenir que es necesario que Buenos Aires se despueble. Tarde desgraciadamente hemos venido a una conclusión tan dolorosa, todos los cálculos han resultado fallidos, los que hemos escrito sobre higiene hemos poetizado, lo que hemos creído que el flagelo disminuía, hemos soñado. Uir, salir de la ciudad, es el consejo que la comisión popular acaba de dar”. Diario La Prensa 11 de marzo de 1871 “Los espíritus fuertes sin desfallecer en su tarea ardiente han llegado sin embargo a convenir que es necesario que Buenos Aires se despueble. Tarde desgraciadamente hemos venido a una conclusión tan dolorosa, todos los cálculos han resultado fallidos, los que hemos escrito sobre higiene hemos poetizado, lo que hemos creído que el flagelo disminuía, hemos soñado. Uir, salir de la ciudad, es el consejo que la comisión popular acaba de dar”. Diario La Prensa 11 de marzo de 1871

El 13 de marzo, tras una convocatoria del periodista Evaristo Carriego, se congregaron frente a la Catedral de la Plaza de la Victoria —actual Plaza de Mayo— miles de personas que habían permanecido en la ciudad. “Cuando tantos huyen que haya siquiera algunos que permanezcan en el lugar del peligro socorriendo a aquellos que no pueden proporcionarse una regular asistencia”, dijo Carriego ante los presentes. De aquella asamblea surgió la Comisión Popular de Salubridad Pública, presidida por el doctor José Roque Pérez y con Héctor Florencio Varela como vicepresidente. También la integraban Adolfo Argerich, Carlos Guido Spano, Francisco López Torres y el propio Carriego.

A partir del 20 de marzo las muertes comenzaron a superar las 200 diarias. Entre las víctimas estuvieron el doctor Luis de la Peña, educador y ex ministro de Justo José de Urquiza; el ex diputado Juan Agustín García; el doctor Ventura Bosch; el padre Fahy y el pintor Franklin Rawson. Días después murieron los doctores Francisco Javier Muñiz, Carlos Keen, Adolfo Argerich y José Roque Pérez. Los dos últimos fueron retratados en el cuadro “Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires”, de Juan Manuel Blanes.

Fiebre amarilla
Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires, c.1871, de Juan Manuel Blanes

Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires, c.1871, de Juan Manuel Blanes

Los cementerios de La Recoleta, el de Disidentes y el del Sur —donde hoy se encuentra el Parque Ameghino— quedaron saturados. Ante esa situación, el gobernador Emilio Castro elevó al ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, Nicolás Avellaneda, un memorial para abrir un nuevo cementerio en el campo de deportes del Colegio San Ignacio, conocido como “Chacarita de los Colegiales”: el actual cementerio de la Chacarita.

Para llegar hasta el nuevo cementerio y transportar la enorme cantidad de muertos, se ordenó la construcción de un ramal ferroviario que facilitara la rápida sepultura. El trayecto nacía en una estación ubicada en Bermejo (actual Jean Jaurés) y Corrientes, y sería conocida más tarde como “la estación fúnebre”. El 11 de abril el ramal ya estaba terminado y quedaba a disposición de las autoridades junto con la formación y el personal encargado de conducirla.

La locomotora de aquel corto tren de dos vagones era La Porteña y su maquinista, John Allan: la misma máquina y el mismo conductor que el 29 de agosto de 1857 habían dado inicio a la historia ferroviaria argentina. El 14 de abril se inauguraron el cementerio y el Tranvía Fúnebre. En el primer día la locomotora transportó 345 ataúdes y, durante un mes, realizó dos viajes diarios cargados de muerte. El 17 de abril John Allan murió infectado por la enfermedad y miembros de la Comisión Popular debieron hacerse cargo de mover el tren.

“Porque la entraña del cementerio del sur fue saciada por la fiebre amarilla hasta decir basta; porque los conventillos hondos del sur mandaron muerte sobre la cara de Buenos Aires y porque Buenos Aires no pudo mirar esa muerte, a paladas te abrieron en la punta pérdida del oeste, detrás de las tormentas de tierra y del barrial pesado y primitivo que hizo a los cuarteadores. Allí no había más que el mundo y las costumbres de las estrellas sobre unas chacras, y el tren salía de un galón en Bermejo con los olvidos de la muerte: muertos de barba derrumbada y ojos en vela, muertas de carne desalmada y sin magia”. Fragmento del poema La Chacarita de Jorge Luis Borges, del libro Cuaderno de San Martín, 1929. “Porque la entraña del cementerio del sur fue saciada por la fiebre amarilla hasta decir basta; porque los conventillos hondos del sur mandaron muerte sobre la cara de Buenos Aires y porque Buenos Aires no pudo mirar esa muerte, a paladas te abrieron en la punta pérdida del oeste, detrás de las tormentas de tierra y del barrial pesado y primitivo que hizo a los cuarteadores. Allí no había más que el mundo y las costumbres de las estrellas sobre unas chacras, y el tren salía de un galón en Bermejo con los olvidos de la muerte: muertos de barba derrumbada y ojos en vela, muertas de carne desalmada y sin magia”. Fragmento del poema La Chacarita de Jorge Luis Borges, del libro Cuaderno de San Martín, 1929.

Tren fiebre amarilla

Abril fue el mes en que murió Buenos Aires. Los días 9, 10 y 11 se registraron más de 500 muertes diarias. La fiebre amarilla es una enfermedad tropical: el virus necesita temperaturas superiores a los 15 grados para desarrollarse. Sin embargo, la llegada del otoño no detuvo los fallecimientos. Especialistas consideran que la escasa ventilación de los conventillos y el uso de braseros para mantener los ambientes cálidos y húmedos pudieron haber contribuido a la propagación.

Recién a mediados de mayo los decesos comenzaron a disminuir y la ciudad recuperó lentamente cierta normalidad. El día 20, la Comisión Popular dio por finalizada su misión. El brote dejó un saldo estimado de 15 mil muertos, casi el diez por ciento de la población porteña, en su mayoría pertenecientes a los sectores más pobres. El 60 por ciento de las víctimas no recibió asistencia médica. La mitad de los fallecidos fueron niños; seis mil eran inmigrantes italianos, pero la peste también causó estragos en la población negra.

La epidemia dejó al descubierto la falta de previsión y la necesidad de encarar obras fundamentales, aunque los cambios estructurales no llegaron de inmediato. Tampoco la dirigencia pagó un costo político significativo por la inacción. Sarmiento completó su mandato y dejó la presidencia en 1874.

En 1872 se aprobó el proyecto presentado por el ingeniero inglés John Frederick La Trobe Bateman para ampliar el sistema de agua corriente y encarar los desagües cloacales. Los convenios con Bateman despertaron críticas del senador Rafael Hernández, quien veía negociados detrás de las licitaciones. “Bateman un legítimo inglés, y nosotros legítimos tributarios de su patria”, decía por aquellos años.

En 1878 se decidió verter las aguas servidas al Río de la Plata y, en ese contexto, se construyó y habilitó en 1889 el sifón que cruza el Riachuelo rumbo a la Planta Elevadora de Pago Chico —en Wilde, Avellaneda— para su posterior vuelco en la zona de Berazategui. En 1887 comenzó la construcción del Palacio de las Aguas, ubicado en avenida Córdoba y Riobamba, destinado a alojar los tanques de suministro de agua corriente. La obra demandó siete años e implicó una importante infraestructura, incluida la instalación de fábricas de cemento y ladrillos, ambas de firma inglesa.

A partir de la década del 80 la aristocracia porteña comenzó a levantar grandes palacetes de estilo francés, lejos de los caserones coloniales abandonados por la peste. Así se consolidaron los barrios más distinguidos: Barrio Norte, Recoleta y Palermo. También se emprendieron obras monumentales: el Teatro Colón comenzó a construirse en 1898 y se inauguró en 1908; la piedra fundacional del Congreso se colocó en 1897 y el edificio abrió sus puertas en 1906; el Correo Central —hoy Palacio Libertad y exCentro Cultural Kirchner— inició su construcción en 1889 y fue inaugurado en 1928. Al mismo tiempo crecían los conventillos y los barrios marginales. La ciudad volvía a expandirse, una vez más, sin planificación.