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Adiós a Melingo, el rockero eternamente cool que se animó a reinventar el tango

Autor de himnos como Chalamán e integrante de bandas indelebles como Los Abuelos de la Nada y Los Twist, Melingo construyó una trayectoria marcada por la búsqueda constante, la experimentación y una rara capacidad para anticiparse a su tiempo. En el cambio de siglo, tuvo un rol fundamental en la reinvención del tango a través de un estilo único.

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  • Porteñisimo, nacido en el corazón de Parque Patricios en el seno de una familia de pura cerpa milonguera, Melingo dio una vuelta entera al universo y terminó en el principio. Después de poner todo su talento al servicio de varias de las más importantes expresiones del rock argentino, decidió que era hora de pegar la vuelta al barrio y sentar las bases de lo que iba a ser la renovación del tango, en aquellos años en los que el siglo XX se despedía para siempre.

    En su libro "Corazones en llamas", de crónicas sobre los salvajes años 80, la periodista Laura Ramos había definido a Melingo como un tipo "naturalmente cool". En realidad no era ella la que afirmaba eso, sino compañeros de ruta como Richard Coleman, Andrés Calamaro y Fabi Cantilo, quienes lo retrataron como uno de esos personajes-antena, que eran capaces de captar antes que nadie lo que estaba a punto de pasar. Cuando todos estaban entrando en una "onda", Dani ya había arrancado con la siguiente.

    Melingo y la banda de sonido de los 80

    A comienzos de los 80, tras una temporada en Brasil, donde tocó con Milton Nascimento, se sumó a la reinvención que Miguel Abuelo estaba haciendo de los Abuelos de la Nada, junto a tipos como Cachorro López y el propio Calamaro. Para los Abuelos creo himnos generacionales como "Chalamán", mientras alternaba con proyectos paralelos como Los Twist, con quienes definió buena parte de la banda de sonido de una Argentina que buscaba dejar atrás la dictadura apostando a la emoción bailable.

    Siempre fue una rara avis, un personaje fuera del molde que en vez de la guitarra eléctrica optó por el saxofón y el clarinete, pese a que tenía una sólida formación clásica en las seis cuerdas. Lo suyo era el misterio y el segundo plano, y desde ahí aportó también a otra de las grandes formaciones de la primavera democrática, la banda con la que Charly García grabó Piano Bar, en la que estaban también Fito Páez y los GIT.

    Los años de experimentación en España

    Fiel a su estilo nómade, en vez de quedarse a disfrutar de un sitio bien ganado en la escena argentina, hacia fines de los 80 decidió armar las valijas y comenzar de cero en España. En una Madrid aun bohemia, marcada todavía por la "movida" de Almodóvar y la epidemia de la heroína, armó una banda super vanguardista llamada Lions in Love, con la que indagó en los nuevos sonidos que venían de Manchester, mezclando reggae, hip hop, psicodelia y ritmos electrónicos.

    La cantante era Stephanie Ringes, una holandesa bellísima que luego se afincó en Ibiza, y durante un tiempo Willy Crook tocó el saxafón. Durante un mítico concierto en la sala Revolver, a comienzos de los 90, los Lions salieron a tocar todos enfundados en camisetas de Boca y desde el público observaban hipnotizados Gustavo Cerati y Calamaro, que hacía poco había desembarcado en Madrid y ya estaba ensayando con lo que pronto iban a ser Los Rodríguez.

    En la bisagra del nuevo milenio, Melingo volvió a su Buenos Aires querido y la presunción generalizada era que ocuparía un lugar destacado en la escena "sónica" que, de la mano de bandas como Babasónicos estaba comenzando a definir una nueva frontera para el rock argentino, a partir de muchos de los elementos con los que Melingo venía experimentando desde hace años en España.

    Un tango para el siglo XXI

    Pero no. Una vez más, fue por un camino diferente. En vez de ir hacia el futuro, Melingo vio que la disrupción estaba en el pasado y se puso a indagar en sus raíces tangueras, para convertirse en uno de los principales disparadores de la renovación del género porteño por antonomasia.

    Desde una perspectiva radicalmente propia, influenciada tanto por la tradición tanguera como por el espíritu experimental del rock, publicó como "Tangos bajos", "Santa Milonga" y "Maldito tango" que lo posicionaron como una de las figuras más influyentes del denominado nuevo tango argentino.

    Lejos de reproducir los códigos clásicos del género, Melingo construyó personajes, narró historias de arrabales y marginalidades y recuperó la figura del cantor lunfardo desde una mirada contemporánea. Su voz quebrada y teatral, junto con arreglos que incorporan elementos del jazz, el rock y hasta de lo circense, dieron forma a una estética que le abrió caminos a un sinfín de jóvenes artistas que encontraron de nuevo en el tango un lenguaje para hablar de la época que vivimos.

    A lo largo de las últimas dos décadas, su obra obtuvo reconocimiento tanto en la Argentina como en Europa -en Francia y Portugal era considerado una especie de genio-, donde realizó numerosas giras y participó de festivales de primerísimo nivel. Convertido en una figura de culto, Daniel Melingo logró algo poco frecuente: ser parte de la historia grande del rock argentino y, al mismo tiempo, convertirse en uno de los artistas que más contribuyeron a revitalizar el tango en el siglo XXI.

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