Un viaje a los carnavales de antaño en Buenos Aires: comparsas, baldazos y alegría

Los niños de las décadas de 1940 y 1950, hoy nonagenarios, recuerdan con picardía las aventuras que se vivían en los corsos de barrio, cuando el juego y la diversión lo eran todo.

El carnaval, principalmente, es jugar: disfrazarse, mojarse, bailar. Desinhibirse, como se hacía siglos atrás, para relajar las encorsetadas normas de comportamiento. Hoy, entonces, juguemos a revivir los corsos porteños de antaño, de las décadas de 1940/50, contados por sus protagonistas: los niños y adolescentes de aquellas épocas.

En los recuerdos de Guillermo, ahora con las sienes plateadas por las nieves del tiempo, el carnaval no empieza con una fecha, sino con una edad: “Éramos chicos… Cinco, seis años. Andábamos por el corso y el club de barrio”. “Mi vieja me disfrazó de torero… Me hizo un flor de traje con medias tres cuartos, lentejuelas, faja, sombrero”, rememora en diálogo con C5N.com.

La memoria avanza y lo devuelve a aquellas tardes y noches en Villa Urquiza, cuando asomaba a la adolescencia. Los trajes no siempre eran iguales, pero había una estética compartida: camisa blanca, pantalón blanco, gorrito marinero. Las murgas pasaban con levita, galera y lentejuelas; no eran “como las de ahora”, aclara, sino más sobrias, más tradicionales, pero sin perder el color y la alegría.

El corso se armaba en la avenida Triunvirato y los vecinos se mezclaban con una naturalidad que hoy cuesta imaginar. “Nos disfrazábamos para ir por la calle”, recuerda. Nada muy sofisticado: con taparse la cara con ropa extraña alcanzaba para subirse al mood, como dirían ahora los nietos de Guillermo.

carnaval 1956
El carnaval en los clubes, un recuerdo imborrable.

El carnaval en los clubes, un recuerdo imborrable.

Pero el carnaval no era patrimonio exclusivo de los menores. “Jugábamos con el agua de día, con los vecinos, chicos y adultos también. Era muy divertido, sobre todo tirarle a las chicas”. “Le tirabas a cualquiera... y te reputeaba, por supuesto”, evoca, y ríe con la picardía vigente en los ojos.

En su barrio, Villa Pueyrredón, el Club Gloria abría sus puertas por la noche para los bailes, con conjuntos en vivo. Si no, ya más grandes, la muchachada se iba hasta el Club Comunicaciones. “Ahí lo vi a Julio Sosa, a Raúl Lavié”, enumera.

El paso de los años fue extinguiendo su entusiasmo. “De más grande ya no me gustaba que me tiraran con espuma. Dejé de ir, aparte estaba con la facultad y ya nos íbamos a otros lados de vacaciones”, cuenta, sobre el fin de una etapa.

Sin embargo, años después, volvió. “Cuando tenía treinta y pico había corsos más chicos, en el centro, generalmente. Por Avenida de Mayo estaban las comparsas de Gualeguaychú, Marí Marí, Papelitos, que realmente era un espectáculo de revista, eran chicas muy lindas y mostraban mucho”, recuerda.

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Los niños, grandes protagonistas del carnaval.

Los niños, grandes protagonistas del carnaval.

En el Bajo Flores, Marta, de 75 años, lo guarda en su memoria como una fiesta intensa: “Antes se jugaba con harina, con agua, con bombitas llenas de agua, con pomos. En las plazas se juntaba mucha gente y se jugaba con papel picado, agua de color y brillantina”. “Jugábamos entre familia, con baldazos de agua. Le ponían harina al agua y la tiraban”, rescata.

Su amiga Silvia, con una sonrisa fresca que desmiente el paso de los años, tiene aún patente la autoridad paterna. “Él nos decía: 'Jueguen de 2 a 4', ese era el horario permitido”. “Jugábamos con baldes de agua, con tachitos. Corríamos, pasábamos esas horas hermosas”, rememora, sobre un festejo sin comparsas fastuosas ni escenarios montados.

En Boedo, en tanto, había otra organización. Mary recuerda el corso en la avenida, con comparsas, y los bailes en los clubes. “Se jugaba con agua, era hermoso. Ahora no parece carnaval”, plantea, con la inevitable comparación con la actualidad. “Cada uno se disfrazaba como podía, pero todos participaban. Se vendía mucho papel picado; hasta los vendedores ambulantes estaban contentos”, subraya.

Sufina lleva más de un siglo de vida y su memoria va hacia su papá, ruso, quien iba a los festejos de Carnaval en Barracas para estar cerca de sus once hijos. “'Vamos, que empieza el baile', nos decía. Con mi hermana teníamos nueve o diez años y lo mirábamos de vez en cuando para ver dónde estaba”, asegura. Más tarde, llegaron las serpentinas y las primeras complicidades con “los muchachos de 18 o 19”, que iban formando las parejitas en el barrio.

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Los festejos del Carnaval a baldazos, en una foto de la revista Mundo Argentino.

Los festejos del Carnaval a baldazos, en una foto de la revista Mundo Argentino.

El motivo por el que Carnaval cae en una fecha diferente cada año

La celebración de Carnaval está inexorablemente atada al destino de la Semana Santa. Jueves y Viernes Santo, claro está, siempre caen jueves y viernes. Sin embargo, cada año se celebran en una fecha distinta. Esto encuentra sus motivos en la historia del cristianismo.

Todos los sucesos que se recuerdan en Semana Santa ocurrieron en ocasión de la Pascua judía, o Pésaj, que celebra la liberación del pueblo hebreo de su esclavitud en el Antiguo Egipto. La crucifixión ocurrió el domingo posterior a que Jesús se juntara con sus amigos a festejar esta fecha y disfrutar de la famosa última cena. Sin embargo, aunque se puede pensar que las pascuas judía y cristiana coinciden en la fecha, esto no siempre es así.

Los festejos de la pascua judía arrancan, según el calendario hebreo, el 15 de nisán, un mes que coincide aproximadamente con marzo y abril del calendario gregoriano. Como los meses hebreos son lunares, el 15 de cada mes, o sea la mitad, coincide con la luna llena.

Esto supo generar un descalabro de fechas, ya que el calendario hebreo tiene meses lunares y dura 354 días, mientras que el calendario juliano, que es el que se usaba en el Imperio Romano, era solar y tenía 365 días. Entonces, comenzó a haber inconvenientes.

Gualeguay Carnaval
El Carnaval, una celebración de desenfreno antes de iniciar el recogimiento de la Cuaresma.

El Carnaval, una celebración de desenfreno antes de iniciar el recogimiento de la Cuaresma.

En el año 325 se juntaron los obispos en la hoy ciudad turca de Nicea, en lo que se llamó el Primer Concilio de Nicea. Entre varios otros temas, los eclesiásticos decidieron separar definitivamente a la pascua cristiana de la judía y establecieron que fuera siempre domingo, porque la tradición decía que Jesús había resucitado ese día de la semana.

Para determinar cuál era el domingo de Pascua, se estableció que fuera el primer domingo después de la primera luna llena después del equinoccio de primavera (en el hemisferio norte). Esto hace que, según el año, Semana Santa pueda caer entre el 22 de marzo y el 25 de abril del calendario gregoriano.

Así, el carnaval o carnestolendas es un período festivo que tiene lugar durante los días que anteceden al inicio de la Cuaresma, es decir, los cuarenta días previos a la Pascua. Era un último desenfreno antes de dedicarse a la reflexión y oración en la antesala de la Resurrección, por lo que se celebra el fin de semana anterior al miércoles que da comienzo a esta cuarentena de días.