Con la llegada de la primavera, las mandarinas vuelven a ocupar un lugar privilegiado en la mesa argentina. Este cítrico, tan asociado a la merienda al aire libre o al recreo escolar, es una de las frutas más consumidas por su practicidad: se pela fácil, no necesita cuchillo ni plato y suele tener el punto justo de dulzura.
Sin embargo, hay un detalle que divide a los consumidores: los “hilos blancos” que rodean cada gajo. La costumbre más extendida es quitarlos con paciencia, como si fueran un sobrante indeseable. Pero lo que muchos desconocen es que esos filamentos, lejos de ser un estorbo, esconden un valor nutritivo considerable.
Los especialistas coinciden en que eliminar el albedo –ese es el nombre técnico de esa malla fibrosa– significa perder parte de lo que la mandarina puede aportar al organismo. Aunque a simple vista resulte poco atractivo y tenga una textura algo áspera, su función va mucho más allá de lo estético.
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¿Cómo conservar las mandarinas para que duren más tiempo?
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Este es el motivo por el que no hay que sacarle los filamentos blancos a la mandarina
El albedo actúa como una barrera natural de la fruta: protege la pulpa frente a microorganismos, retarda la oxidación y hasta ayuda al fruto a desarrollarse, funcionando como reserva de nutrientes. Pero lo más interesante ocurre cuando pasa a formar parte de la dieta humana.
Ese tejido contiene pectina, una fibra soluble que contribuye a regular la absorción de azúcares en sangre y favorece la salud intestinal. Además, concentra compuestos antioxidantes y flavonoides que refuerzan las defensas, colaboran con la elasticidad de los vasos sanguíneos y participan en el cuidado de la piel.
A eso se suman minerales esenciales como el potasio y el magnesio, que cumplen un papel clave en el equilibrio de líquidos, la contracción muscular y la transmisión nerviosa. Incluso se lo asocia con un efecto protector frente al envejecimiento celular, gracias a la combinación de vitamina C y fibra.
Un estudio publicado en 2006 en el Chemical Engineering Journal analizó la composición del albedo en cítricos y confirmó que en esa capa se encuentra la mayor concentración de pectina. Dicho hallazgo refuerza la idea de que tirar esos hilos equivale a desaprovechar una parte muy rica de la fruta.