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Durante 15 años nadie sospechó de él: borraba sus huellas y fue un asesino en serie terrorífico

Los investigadores enfrentaban escenas limpias, fragmentadas y difíciles de conectar entre sí, lo cual dificultó encontrar al responsable.

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  • Durante 15 años, los crímenes se acumularon sin un responsable claro y la policía no lograba unir las piezas. Las víctimas aparecían en distintos puntos de California, sin huellas, sin pistas evidentes y con un patrón que durante mucho tiempo pasó inadvertido. Nadie imaginaba que detrás de esos casos dispersos se escondía un mismo nombre: Patrick Kearney.

    Conocido luego como The Trash Bag Killer, Kearney llevaba una vida aparentemente normal, lejos de cualquier estereotipo criminal. Esa fachada, sumada a una meticulosidad extrema para eliminar rastros, le permitió operar durante más de una década sin ser identificado.

    Cuál es la historia de Patrick Kearney, el hombre que asesinó a 40 personas en 15 años

    Patrick Kearney

    Patrick Kearney nació en Texas en 1939 y su infancia estuvo atravesada desde temprano por episodios de violencia. Creció en una granja bajo la autoridad de un padre severo, que le inculcó la práctica de sacrificar animales de manera rápida y “eficiente”.

    Sin amigos ni adultos que lo acompañaran emocionalmente, comenzó a encerrarse en sí mismo y a desarrollar fantasías cada vez más oscuras. En esos años se fue moldeando una personalidad contradictoria: por un lado, ordenada, meticulosa y precisa (rasgos que más tarde le permitirían desempeñarse con éxito como ingeniero) y, por otro, profundamente inestable y vulnerable a impulsos violentos.

    Al mudarse a California, Kearney logró integrarse sin problemas al mundo laboral. Se desempeñó como ingeniero mecánico en distintas empresas y proyectó siempre una imagen prolija y profesional. Sin embargo, entre 1962 y 1977, más de cuarenta jóvenes desaparecieron en el sur del estado. Muchos de sus cuerpos aparecieron tiempo después dentro de bolsas de basura abandonadas a la vera de rutas y autopistas.

    Ese patrón macabro dio origen a su apodo más temido: “el asesino de las bolsas de basura”. Su método era frío, sistemático y carente de cualquier emoción visible. Abordaba a sus víctimas en espacios públicos y, una vez dentro del vehículo, las asesinaba con un disparo de pistola calibre .22 detrás de la oreja, una técnica idéntica a la que había aprendido en su niñez para sacrificar animales.

    Luego trasladaba los cuerpos a lugares apartados, donde los desnudaba, abusaba sexualmente y procedía a desmembrarlos con herramientas que compraba con frecuencia en ferreterías locales. Los informes judiciales destacaron la precisión quirúrgica de los cortes, reflejo directo de su formación técnica. Finalmente, colocaba los restos en bolsas de basura y los abandonaba en zonas de tránsito, tal como documentaron investigaciones citadas por NBC News.

    Durante años, Kearney consiguió mantenerse fuera del alcance policial gracias a su inteligencia y su capacidad de adaptación. Tras un error temprano (regresar sin cuidado a una zona donde ya había cometido un crimen), ajustó su modus operandi: amplió el radio geográfico, diversificó los lugares y perfeccionó su discreción, mientras mantenía una vida cotidiana sin sobresaltos.

    En 1967, su vida dio un giro cuando conoció a David Hill en un bar gay del centro de Los Ángeles. Hill, mayor y de carácter más extrovertido, le brindó una etapa de relativa estabilidad emocional. Vivieron juntos y establecieron una rutina doméstica que, durante un tiempo, logró frenar casi por completo los asesinatos. Sin embargo, la relación era inestable y atravesada por conflictos. Cada vez que Hill se ausentaba o la convivencia se deterioraba, los crímenes reaparecían, y Kearney elegía víctimas que, en algún aspecto, le recordaban a su pareja.

    Durante casi dos décadas, su perfil bajo y la falta de pruebas concretas le permitieron eludir a la justicia. El punto de quiebre llegó por un detalle inesperado: un comerciante de ferretería comenzó a notar la frecuencia con la que compraba cuchillos y sierras de carnicero. Al vincular esas adquisiciones con las noticias sobre cuerpos desmembrados, decidió alertar a la policía. Un allanamiento exhaustivo en su vivienda y su vehículo reveló rastros de sangre y cabellos pertenecientes a John LaMay, una de sus víctimas, lo que desencadenó una investigación a gran escala.

    Tras su arresto, Kearney confesó haber asesinado a 35 personas, aunque solo fue juzgado por 21 casos debido a la imposibilidad de identificar a todas las víctimas o reunir pruebas suficientes. Para evitar la pena de muerte, se declaró culpable y recibió una condena de 21 cadenas perpetuas.

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