De la guillotina al desguace: por qué los derechos de las mujeres nunca fueron una concesión del poder

Un recorrido brutal desde la Revolución Francesa hasta la Argentina de 2024. Las leyes que nos quitaron, las que defendemos y la pregunta de Olympe que hoy vuelve a incomodar al poder.

Cada 8 de marzo se recuerda la lucha histórica de las mujeres por la igualdad. Una lucha larga, sostenida por generaciones enteras que, en distintos momentos y geografías, se animaron a desafiar el orden establecido.

Cada año, millones de mujeres, en esta fecha institucionalizada por la ONU en 1975, nos vemos obligadas a repetir como un mantra la importancia de nuestra lucha en un mundo que avanza, retrocede, se contradice y discute nuestros derechos, sin comprendernos y repitiendo discursos de lo que “ellos creen que merecemos”.

Para comprender la dimensión de “nuestra larga marcha” hay que retroceder en el tiempo. Volver al momento en que algunas mujeres, en contextos adversos se animaron por primera vez a levantar la voz y a abrir una grieta en un mundo que parecía inmutable y estratificado. Entre esas figuras aparece con fuerza el nombre de Olympe de Gouges, una de las primeras en advertir contradicciones en la Revolución Francesa,

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Sin lugar a dudas, la revolución transformó las ideas políticas de su tiempo. Hasta entonces, el poder del rey se justificaba por derecho divino. De ahí en mas, la soberanía pasó a residir en el pueblo y los gobernantes comenzaron a ser concebidos como representantes temporales de los ciudadanos. Sin embargo, esa nueva noción de ciudadanía tenía límites muy claros: estaba pensada para los hombres. Las mujeres aun habiendo participado activamente de la lucha, quedaron excluidas de la vida política.

Marie Gouze había nacido en 1748, en Montauban. Era hija de un carnicero, en una sociedad de profundos tintes burgueses donde los derechos estaban reservados a la nobleza. A los 16 años fue obligada a casarse con un hombre mucho mayor que ella, una unión que jamás la hizo feliz, con el que tuvo un hijo y del que enviuda rápidamente. Decide mudarse a París. Allí comenzó su vida intelectual en los salones del círculo ilustrado donde adopta el nombre con el que pasaría a la historia: Olympe de Gouges.

En ese ambiente amplió su formación y comenzó a escribir teatro. Pero sus obras no eran simples entretenimientos: a través de sus textos denunciaba las injusticias que padecían los sectores más vulnerables. En un acto de osadía escribió incluso una obra en la que denunciaba la esclavitud en las colonias francesas.

Su gesto más audaz llegó en 1791, cuando publicó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, una respuesta directa a la Declaración de los Derechos del Hombre aprobada por la Revolución. Allí lanzó una pregunta que atravesaría los siglos: “si las mujeres podían subir al cadalso, ¿por qué no podían también subir a la tribuna política?”

Un atrevimiento imperdonable. En 1793, en pleno período del Terror jacobino, Olympe fue arrestada, sometida a un juicio sumario y condenada a muerte. El 3 de noviembre de ese año fue ejecutada en la guillotina.

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Para muchos historiadores, su ejecución fue un castigo ejemplificador contra una mujer que se había atrevido a cuestionar el orden patriarcal en el corazón mismo de la revolución.

Más de dos siglos después, muchas de las ideas que defendió —la igualdad jurídica, los derechos políticos y la ciudadanía plena para las mujeres— forman parte del consenso democrático en gran parte del mundo. Pero su historia recuerda algo esencial: los derechos nunca fueron una concesión amable del poder sino el resultado del coraje de quienes se animaron a reclamarlos.

Si Olympe de Gouges abrió una grieta en el siglo XVIII, dos siglos después otras mujeres siguieron ensanchando ese camino.

En Argentina, una de esas figuras fue Florentina Gómez Miranda, dirigente radical, abogada y legisladora que convirtió la lucha por los derechos de las mujeres en una tarea política concreta, paciente y persistente.

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Florentina había nacido en Olavarría en 1912. Hija de docentes, eligió también la docencia como primera vocación. A esa formación sumó luego la carrera de abogacía. Ambas experiencias, combinadas con su pasión política, le dieron el bagaje que le permitiría luchar.

Fue una de las mujeres más lúcidas de su tiempo que falleció en 2011 a los 99 años lo que le permitió vivir con total protagonismo la primavera democrática de 1983 donde impulso todo tipo de cambios en pro de derechos femeninos.

Ocupo una banca como diputada nacional, a la que prestigio profundamente presentando cerca de 150 proyectos. Llegó con 72 años al Congreso y se animó a disputar poder, derechos e igualdad, impulsando muchos de los cambios que cimentaron avances fundamentales en materia de derechos civiles.

Son suyas leyes fundamentales como la patria potestad compartida, la equiparación de los hijos matrimoniales y extramatrimoniales, el divorcio vincular, la pensión para convivientes y acompañó la promoción de la ley de cupo femenino, que estableció un mínimo del 30 por ciento de mujeres en las listas legislativas.

También impulsó debates adelantados a su tiempo que no llegarían a aprobarse como la planificación familiar, obligatoriedad del Papanicolaou, fertilización asistida y el primer proyecto de despenalización del aborto presentado en Diputados tras la recuperación democrática.

No se cansó de repetir con la mas absoluta convicción que el país necesitaba educación sexual integral en todas las escuelas y despenalización del aborto.

Desde el cadalso de Olympe de Gouges en la París revolucionaria hasta las leyes impulsadas por Florentina Gómez Miranda en el Congreso argentino, hay más de dos siglos de luchas, avances y conquistas arrancadas al poder. Cada paso fue una pelea.

En la Argentina desde 2024, varias de las políticas públicas construidas durante décadas en materia de igualdad y protección de las mujeres fueron desmanteladas o puestas en cuestión. La eliminación del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, el recorte o paralización de programas específicos de prevención de la violencia de género y la desarticulación de áreas estatales dedicadas a políticas de igualdad marcaron un retroceso institucional en un campo que había sido construido con años de lucha social y política.

Lamentablemente nuestros derechos nunca avanzaron en línea recta.

Las estadísticas de la ONU demuestran que aun cuando se logran avances significativos, ningún país ha alcanzado todavía una plena equidad jurídica entre varones y mujeres. Las brechas salariales de género, la discriminación, la violencia contra las mujeres, así como las dificultades en el acceso a la educación y a trabajos dignos, siguen siendo, en muchos lugares del mundo, desafíos pendientes.

Tampoco ha sido ajeno a esta lógica el retroceso que en los últimos años se percibe en nuestro propio país en el terreno del lenguaje y de la expresión pública donde han vuelto a circular frases y discursos que creíamos definitivamente superados. Pero no se trata solo de palabras: también han sido cuestionadas o debilitadas conquistas jurídicas fundamentales, desde la figura del Femicidio hasta la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, sin dejar de mencionar el debilitamiento de políticas vinculadas a la salud sexual y reproductiva.

La historia enseña que cada derecho conquistado puede ser puesto en duda si no se lo defiende. Y que, cuando eso ocurre, el desafío vuelve a ser el mismo que atravesó siglos: volver a sostener, una vez más, la lucha por la igualdad

Por eso, cada 8 de marzo, vuelve a resonar la misma pregunta que atraviesa siglos, desde la guillotina de París hasta las leyes del Congreso argentino: “Hombre ¿Eres capaz de ser justo?, una mujer te lo pregunta”

La respuesta sigue flotando en el aire.

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