El Papa Juan Pablo II saluda desde la Casa de Gobierno bajo la atenta mirada de la Junta.
Fue entonces cuando el secretario de Estado vaticano, el cardenal Agostino Casaroli, articuló una jugada diplomática de urgencia. Convenció a Juan Pablo II de mantener su agenda en el Reino Unido pero volar inmediatamente después a la Argentina en una visita de emergencia organizada en cuestión de días, un trámite que habitualmente demanda más de un año de planificación. El 25 de mayo, en una carta enviada de su propio puño y letra al pueblo argentino, el Pontífice explicó el carácter puramente pastoral y ecuménico de su paso por suelo británico y anunció su firme deseo de viajar a Buenos Aires para elevar una plegaria por la paz.
Tras reunirse en el Vaticano con el presidente estadounidense Ronald Reagan el 7 de junio para solicitarle gestos en favor del cese de hostilidades, Karol Wojtya abordó un vuelo especial de Alitalia y besó el suelo del Aeropuerto Internacional de Ezeiza a las 08.50 de la mañana del viernes 11 de junio de 1982. Apenas pisó la pista, el Pontífice dejó en claro que su presencia se situaba por encima de toda intencionalidad política, definiendo su misión como el abrazo de un padre a los hijos que sufrían en momentos de profundo dolor.
El sumo pontífice Juan Pablo II saluda a la multitud que lo esperaba bajo una lluvia de banderas argentinas y del Vaticano.
Archivo Clarín
La oración en la Catedral Metropolitana y la tirantez en la Casa Rosada
Inmediatamente después del arribo a Ezeiza, la comitiva papal emprendió el traslado hacia la Capital Federal a bordo de una camioneta Ford 350 modelo 1981 adaptada a toda prisa por el Automóvil Club Argentino como el primer Papamóvil nacional. Escoltado por multitudes que bordearon la autopista Ricchieri, la avenida 9 de Julio y la Avenida de Mayo, el vehículo con cabina de cristales blindados arribó a las 10.40 de la mañana a la Catedral Metropolitana de Buenos Aires. Allí, en su primer acto oficial antes de dirigirse a la sede de gobierno y de emprender viaje hacia el Oeste, Juan Pablo II encabezó un emotivo rezo ante el clero y los sacerdotes argentinos.
Frente al clero convocado en la Catedral, el Santo Padre pronunció palabras directas exhortando a la Iglesia local a asumir de lleno el "ministerio de la reconciliación". Su llamado exigió a los sacerdotes ponerse al servicio de la multitud sufriente y trabajar incansablemente por la paz en medio de la desinformación y el clima bélico. Esta oración inicial en el templo mayor de la Ciudad fue un paso clave para reorientar el rol de la jerarquía católica, que hasta entonces se encontraba dividida y golpeada por la retórica militar que pretendía calificar la contienda de Malvinas como una "santa cruzada".
El Pontífice en Avenida Rivadavia, en su viaje hacia Luján, previa parada en Morón.
A las 11.20 de la mañana, tras concluir la ceremonia en la Catedral, el Pontífice cruzó la Plaza de Mayo e ingresó a la Casa Rosada para mantener la esperada entrevista de protocolo con la junta militar de facto. En el Salón Blanco lo aguardaban el teniente general Leopoldo Fortunato Galtieri, el almirante Jorge Isaac Anaya y el brigadier Basilio Lami Dozo. Aunque el régimen pretendía utilizar la fotografía oficial para proyectar fortaleza y legitimidad, el breve diálogo privado estuvo atravesado por una tensión inocultable, donde el Papa evitó cualquier respaldo a la aventura bélica.
En ese encuentro a solas, Juan Pablo II enfatizó ante los comandantes que la paz era un bien y un deber supremo de los cristianos que debía alcanzarse a través de la negociación diplomática y la preservación de la vida humana, aun a costa de sacrificios. Lejos de plegarse al discurso victorioso que transmitía la propaganda oficial por radio y televisión, el mensaje del Pontífice dentro de la sede de gobierno marcó un límite moral insoslayable para la junta militar, que en esas mismas horas veía desmoronarse las defensas argentinas en los combates nocturnos alrededor de Puerto Argentino.
La imponente misa central: panorámica del altar gigante montado para la celebración litúrgica principal de la primer visita del Papa Juan Pablo II en el año 1982.
El enojo de Galtieri con el Papa: las confesiones reveladas
El profundo malestar de Leopoldo Fortunato Galtieri con la figura y la prédica de Juan Pablo II no trascendió en los comunicados oficiales de Balcarce 50, pero emergió dos meses después de la capitulación. En una reveladora entrevista concedida el 18 de agosto de 1982 al periodista e historiador Juan Bautista "Tata" Yofre, y publicada en Infobae, el dictador confesó sin tapujos la irritación que le había producido la negativa papal a cancelar la gira británica. Según relató Yofre, Galtieri admitió en la intimidad: "A mí, personalmente, me cae mal que él no postergue el viaje", exponiendo la falta de sintonía inicial de la Junta con el Vaticano.
Esa molestia original fue la que obligó al cardenal Raúl Primatesta a viajar de urgencia a Roma para advertir al Santo Padre sobre el impacto devastador que tendría en la opinión pública argentina un viaje a Londres sin escala en Buenos Aires. Sin embargo, el verdadero enojo de la conducción militar con Wojtyla radicó en el impacto político desmovilizador que provocó su presencia en el país. En su conversación cara a cara con "Tata" Yofre, Galtieri terminó reconociendo con amargura que la llegada del Pontífice neutralizó la capacidad del régimen para sostener el esfuerzo de guerra: "Es evidente que su presencia, en los momentos trascendentales, nos perjudicó".
La Rosa de Oro para la Virgen: Juan Pablo II ofrenda la histórica distinción papal a la Virgen en el altar principal de la Basílica de Luján, año 1982.
Para la cúpula militar, los discursos papales centrados en la paz y la dignidad humana desarticularon de manera irreversible la retórica de "santa cruzada" y el clima de triunfalismo que la Junta intentaba prolongar a cualquier precio. Cuando el Papa pisó suelo argentino, los mandos del régimen comprobaron que la multitud no aclamaba las consignas belicistas, sino que abrazaba masivamente el mensaje de reconciliación. Aquella irrupción papal terminó por acelerar la grieta interna en las Fuerzas Armadas y dejó al descubierto la insostenibilidad del gobierno de facto a solo horas de la derrota militar.
La frustración de Galtieri se profundizó aún más durante el breve diálogo reservado que mantuvo con el Pontífice en el Aeropuerto de Ezeiza, minutos antes de la despedida final el sábado 12 de junio. Según la reconstrucción de Yofre, el mandatario pretendió abordar la marcha del conflicto en el Atlántico Sur, pero se encontró con que Juan Pablo II concentró su presión diplomática en exigir una rápida respuesta sobre la mediación en el Canal de Beagle con Chile. Acorralado por el reclamo papal de lograr una "fumata" diplomática con el país vecino, Galtieri constató que el paso de Karol Wojtyla no solo no aportó aire político a la Junta, sino que selló su aislamiento internacional definitivo.
Del Tren Sarmiento al colectivo 501: la devoción popular en Morón y Luján
Tras concluir sus compromisos en la Casa Rosada y descansar brevemente en la Nunciatura Apostólica, Juan Pablo II emprendió el recorrido hacia el Oeste del Gran Buenos Aires recorriendo la avenida Rivadavia hasta la ciudad de Morón. Allí fue recibido por el intendente municipal Ernesto Rodríguez y el obispo de Morón, monseñor Justo Oscar Laguna, quienes le obsequiaron una imagen de la Virgen del Buen Viaje tallada en plata. A lo largo de las calles y avenidas, miles de vecinos se agolparon en veredas, balcones y terrazas para vivar el paso del convoy papal en una demostración de fe sin precedentes.
A las 15.12 de aquel viernes 11 de junio, el Santo Padre abordó en la estación de Morón una formación especial del Ferrocarril Sarmiento compuesta por ocho vagones, que incluía el coche presidencial acondicionado para la ocasión. Durante el trayecto ferroviario, acompañado por el recién designado obispo de Mercedes-Luján, monseñor Emilio Ogñenovich, el tren papal atravesó las estaciones de Castelar, Ituzaingó, San Antonio de Padua, Paso del Rey, Moreno, La Reja, Francisco Álvarez y General Rodríguez, saludado por multitudes apostadas a la vera de las vías.
La comitiva hizo subir a Juan Pablo II al coche número 1 de la línea 501 de colectivos urbanos, un Mercedes Benz 1114 modelo 1980.
Al arribar a Luján bajo una lluvia persistente, cerca de un millón de feligreses desbordaron la plaza y la explanada del santuario patrio. En su histórica homilía frente a la Basílica, el Papa encomendó a la Virgen de Luján a las víctimas de ambos bandos y sostuvo con firmeza que ninguna soberanía territorial puede situarse por encima del valor supremo de la vida humana. En un gesto de valor espiritual, Karol Wojtyla depositó a los pies de la Patrona nacional la Rosa de Oro, una venerada distinción pontificia creada en 1049 por León IX que solo fue otorgada a ocho santuarios marianos durante los casi 27 años de su papado.
Al finalizar la ceremonia religiosa, la desbordante multitud hizo imposible el traslado del Pontífice en el vehículo blindado oficial previsto por la Presidencia. En una decisión histórica signada por la improvisación local, la comitiva hizo subir a Juan Pablo II al coche número 1 de la línea 501 de colectivos urbanos, un Mercedes Benz 1114 modelo 1980 conducido por Ángel Emilio Milán. Con el Papa sentado en una sencilla silla de madera del bazar local junto al chofer, el colectivo trasladó a la comitiva a velocidad de hombre hasta la estación de trenes. La gesta marcó a tal punto a la comunidad que la empresa fue rebautizada como "Transportes 11 de Junio", y la unidad restaurada junto a la mítica silla se exhibe hoy en el Museo Udaondo.
El Santo Padre abordó en la estación de Morón una formación especial del Ferrocarril Sarmiento compuesta por ocho vagones, que incluía el coche presidencial acondicionado para la ocasión.
El grito de dos millones en Palermo y el espejo histórico para la llegada de León XIV
En la mañana del sábado 12 de junio de 1982, tras mantener una nueva reunión clave en la Catedral Metropolitana a las 9 con los cardenales, arzobispos y obispos de la Conferencia Episcopal Argentina en el salón de actos, Juan Pablo II se trasladó al barrio porteño de Palermo. Frente al Monumento a los Españoles, en el mismo predio donde se había celebrado el Congreso Eucarístico Nacional de 1934, celebró la multitudinaria misa de Corpus Christi ante una muchedumbre calculada en dos millones de personas. Aquella concentración superó cualquier previsión protocolar y se transformó en la mayor manifestación pública observada durante los años de la dictadura.
En un marco de emotividad contenida, la multitud que rodeaba el altar ahogó los discursos oficiales con un clamor unánime y atronador que retumbó en todo el país: "¡Queremos la paz! ¡Queremos la paz!". Durante su homilía, el Santo Padre habló del Cuerpo y la Sangre de Cristo como luz para los caídos argentinos y británicos, e instó a la juventud local a no dejar que el odio marchitara sus energías, encomendándoles tender lazos de concordia con los jóvenes del Reino Unido. Sus palabras desautorizaron públicamente a los sectores que promovían la continuidad del conflicto y marcaron el viraje definitivo del Episcopado argentino.
La Basílica de Luján, testigo de una multitudinaria misa brindada por Juan Pablo II.
Apenas 48 horas después de que el Boeing 747 del Pontífice despegara del Aeropuerto de Ezeiza en la tarde del 12 de junio, el 14 de junio de 1982 se consumó la rendición argentina en Puerto Argentino. La coincidencia temporal entre la partida de Karol Wojtya y el cese de las hostilidades aceleró el colapso político de la junta militar y abrió el camino irreversible hacia la recuperación de la democracia en 1983. Aquellas 31 horas relámpago demostraron la fuerza de la diplomacia papal.
De cara a la inminente gira apostólica del papa León XIV anunciada para el próximo mes de noviembre -que comprenderá itinerarios en Buenos Aires, Córdoba y la Basílica de Luján-, el recuerdo del viaje de 1982 emerge como un espejo de alta exigencia histórica. Al pisar los mismos santuarios y avenidas que recorrió Juan Pablo II hace más de cuatro décadas, León XIV no solo se reencontrará con la memoria viva de un pueblo que aprendió a buscar consuelo en la fe en sus horas más oscuras, sino que renovará el compromiso eclesial con el diálogo en un país que jamás olvidó al Papa que viajó en tren y colectivo para proclamar la paz.
Dos millones de personas asistieron al Monumento de los Españoles, escenario que se repetirá con León XIV.
Archivo Clarín
Mirá el resumen de la visita fugaz del papa Juan Pablo II al país en plena Guerra de Malvinas