Guerra judicial por el sable corvo: los documentos que prueban que el traslado ordenado por el Gobierno sería ilegal
El "pacto de caballeros" y la donación con cargo que el Ejecutivo decidió omitir. Tras el movimiento de la pieza este 7 de febrero, historiadores y descendientes de la familia Terrero presentan pruebas ante la Justicia. ¿Por qué el sable debe estar en un museo y no en un regimiento?
El sable corvo fue entregado por Milei en Santa Fe al Regimiento de Granaderos a Caballo.
La reciente decisión presidencial de trasladar el Sable Corvo de San Martín al Regimiento de Granaderos a Caballo reabrió un debate histórico, jurídico y simbólico que excede largamente el movimiento físico de una reliquia. La medida vuelve a poner en discusión la voluntad testamentaria, la cadena de donaciones y el lugar que debe ocupar uno de los objetos más emblemáticos de la historia argentina.
Más allá de lo meramente histórico, podemos afirmar que el sable que acompañó a José de San Martín en sus campañas emancipadoras es un arma de origen persa que mide 91,8 centímetros y se caracteriza por su profunda curvatura continua en la mitad de la hoja. Este tipo de sable se había puesto de moda en Europa entre los soldados de la caballería napoleónica y gozaba de gran prestigio, al considerarse más eficiente que las espadas rectas, las cuales —según testimonios de la época— podían soltarse con mayor facilidad de la mano en pleno combate.
Su hoja es de acero damasquino y posee una antigüedad de 100 años superior a la propia montura. La empuñadura es de ébano de Ceilán, la vaina es de cuero y los detalles son de bronce. Lejos del lujo, se trataba de un arma sobria, acorde con el estilo personal del general don José de San Martín, cuya vida estuvo muy lejos del boato que otros eligieron para sí.
San Martín la adquirió en Londres tras su renuncia al ejército español y su firme determinación de regresar al Río de la Plata para organizar la lucha por la independencia sudamericana. Con ella llegó a estas tierras y en ella se inspiraron los latones del Regimiento de Granaderos a Caballo, creado el 16 de marzo de 1812 como cuerpo de caballería de élite destinado a la defensa de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Finalizadas las guerras de la independencia, tras la entrevista de Guayaquil y la muerte de Remedios de Escalada en 1823, San Martín enfrentó un clima político adverso en Buenos Aires. Según su propio testimonio, fue objeto de espionaje sistemático y hostigamiento por parte del sector rivadaviano.
Ante esa situación, decidió partir al exilio junto a su hija Mercedes.
Antes de viajar, dejó el sable en Mendoza bajo custodia de doña Josefa Ruiz Huidobro. En 1837, al considerar imposible su retorno por las circunstancias internas de nuestro territorio, solicitó desde París a su hija Mercedes y a su yerno Mariano Balcarce que se lo llevaran a Europa. Desde entonces, el sable permaneció colgado en una de las paredes de su habitación hasta su muerte en 1850.
Durante su exilio, San Martín mantuvo una nutrida correspondencia con Juan Manuel de Rosas, a quien expresó su apoyo durante el Bloqueo Francés.
En una carta fechada el 10 de junio de 1839, escribió:
“[…] Lo que no puedo concebir es que haya americanos que, por un indigno espíritu de partido, se unan al extranjero para humillar a su Patria […] una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer […]”. “[…] Lo que no puedo concebir es que haya americanos que, por un indigno espíritu de partido, se unan al extranjero para humillar a su Patria […] una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer […]”.
En mérito a esta relación y al respeto mutuo que los unía, el 23 de enero de 1844, al redactar su testamento definitivo, incluyó la cláusula tercera que resultó determinante para la historia posterior del sable. En ella lo dona a Rosas “(…) como prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros (…)”.
La decisión generó fuerte rechazo entre sectores unitarios. Figuras como Domingo Faustino Sarmiento y Valentín Alsina atribuyeron el gesto a la vejez y la distancia del Libertador, cuestionando implícitamente su discernimiento.
Tras la muerte de San Martín, Mariano Balcarce envió el sable a Rosas, quien lo conservó como reliquia personal en Southampton.
En su testamento de 1877, Rosas, en la cláusula 18, lo legó a su amigo Juan Nepomuceno Terrero, estableciendo una sucesión familiar que tenía correlato con las edades de sus hijos.
Es así que el sable llegó finalmente, tras la muerte de su padre, a manos de Máximo Terrero, casado con Manuelita Rosas.
Donación Sable Corvo de San Martín
Donación Sable Corvo de San Martín
Donación Sable Corvo de San Martín
En 1896 comenzaron las negociaciones con el fundador y primer director del Museo Histórico Nacional, Adolfo Carranza, para que la pieza fuera donada. El 26 de noviembre de ese año, Manuelita respondió afirmativamente, aclarando que la decisión —que correspondía principalmente a su marido y fue consensuada con ella y sus hijos— implicaba un sacrificio familiar, y que se ofrecía “este monumento de gloria” a la Nación Argentina para ser exhibido en el museo que lo requería, lo que se desprende de las correspondencias que ambos mantuvieron con el director.
El 31 de enero de 1897 se confirmó el envío del sable a Buenos Aires. Fue entregado oficialmente al presidente José Evaristo Uriburu y, mediante el decreto del 3 de marzo de 1897, quedó depositado en el Museo Histórico Nacional.
La voluntad explícita de los donantes fue que permaneciera en esa institución, configurando lo que jurídicamente se interpreta como una donación con cargo: es decir, una transferencia sujeta a una condición específica de destino y preservación pública.
El sable fue sustraído en dos oportunidades por grupos vinculados a la resistencia peronista en 1963 y 1965. Tras su recuperación, fue instalado en el Regimiento de Granaderos a Caballo por decisión del presidente de facto Juan Carlos Onganía en 1967, y allí permaneció durante 48 años hasta su restitución en 2015 al Museo Histórico Nacional por parte de Cristina Fernández de Kirchner, en consonancia con la voluntad original de la familia Terrero.
El sábado 7 de febrero de 2026, por decisión presidencial, el sable fue trasladado nuevamente al Regimiento de Granaderos a Caballo.
La medida reabre interrogantes de fondo, porque el tema continúa en la Justicia argentina. Los descendientes de Terrero se encuentran abocados a la tarea de aclarar la histórica cuestión y, más allá de que la Justicia haya rechazado la medida cautelar, abrió instancias que interponen puntos suspensivos.
La jueza hizo varios pedidos:
Las partidas de nacimiento hasta Juan Nepomuceno Terrero, primera persona que hereda el sable de Rosas y padre de quien lo donó al Museo Histórico Nacional, Máximo Terrero, esposo de Manuelita Rosas.
Volver a presentar la correspondencia entre el director del Museo Adolfo Carranza y la familia donante para comprobar la donación con cargo. Esto significa que la documentación debe demostrar que fue donado para permanecer en el Museo Histórico Nacional exclusivamente.
En esta cuestión debe resaltarse que la jueza sostiene que durante los 48 años en que el sable permaneció en el Regimiento no hubo cuestionamiento alguno a su preservación y seguridad. Sin embargo, la familia acaba de encontrar y adjuntar una carta escrita por el interventor del Museo en tiempos de Onganía, el Capitán de Navío Humberto Burzio, quien sostenía que el sable debía permanecer en el Museo por tratarse de una donación con cargo.
Asimismo, se pide que el Gobierno Nacional indique cuál será la ubicación, preservación y cuidado del sable. En este punto, la historiadora Araceli Bellota, quien se desempeñaba como directora interina del Museo Histórico Nacional en 2015, presentó un amicus curiae, figura jurídica que permite a una persona ajena a la causa aportar argumentos de interés público. Bellota sostiene, y aporta conocimiento técnico, que no estarían dadas las condiciones adecuadas para el cuidado y preservación del sable en su emplazamiento en el Regimiento de Granaderos a Caballo.
También se solicita al Instituto Juan Manuel de Rosas que realice la genealogía correspondiente, cuestión que llama la atención dado que la línea sucesoria del Sable Corvo se establece por vía de la descendencia de Juan Nepomuceno Terrero, primer heredero del sable por disposición de Rosas, padre de Máximo Terrero (donante), esposo de Manuelita Rosas. En concreto, la herencia se establece por la vía de la familia Terrero.
Todo esto, que parece una historia extensa de leer, no es más que la demostración de que el traslado no significaría otra cosa que un capricho del momento, que violaría flagrantemente los deseos de los herederos legítimos del Sable Corvo de San Martín.
No queda mucho más por decir que “esta historia continuará”. Aunque, en tiempos distópicos en los que incluso la Justicia muchas veces parece bregar por la injusticia, no puede descartarse que todo quede tal como está: obviando mandatos históricos para hacer prevalecer una decisión presidencial.
Solo resta recordar que, tras la Revolución Francesa, aquellos bienes que en la monarquía absoluta eran considerados propiedad del rey pasaron a ser propiedad de la Nación y, por tanto, de los pueblos. El arte y el patrimonio ingresaron a los museos porque se reorganizó su sentido: ya no eran patrimonio de linajes, sino memoria compartida.
Allí surge la idea moderna de Patrimonio Nacional. Las piezas dejaron de tener valor por ser raras o bellas y pasaron a representar la memoria común. Los museos se convirtieron en espacios donde se legitima la educación y la construcción de la identidad nacional. El arte dejó de pertenecer al poder para pertenecer a la historia y a los pueblos. A partir de todo esto, las conclusiones ya no son jurídicas ni administrativas: son históricas. Y la historia —cuando se la fuerza— siempre termina volviendo para reclamar coherencia.