Lo merecía ÉL. Como nadie.
Lo merecía ÉL. Como nadie.
Que no canta el himno, que no siente la camiseta, que camina la cancha, que desaparece en las finales, que no es líder, que en la Selección tiene un club de amigos, que sólo juega bien en Barcelona, que nunca será como Diego…
Le pegaron por acá, por allá, lo tuvieron contra las cuerdas y casi casi lo pusieron nocaut. El destino, los contras… Era el 26 de junio del 2016 cuando Leo Messi, agobiado por una nueva derrota durísima, en este caso en la definición de la Copa América ante Chile, enfrentaba a los periodistas y confirmaba el rumor: su renuncia a la Selección.
"Ya son cuatro finales (2007, 2014, 2015 y 2016), no es para mí, lamentablemente. Lo busqué, era lo que más deseaba, creo que ya está… Se terminó la Selección para mí". Apenas le faltó llorar en aquella zona mixta del Metlife Stadium en Nueva Jersey.
Aquel día hubo un click en la gente. Muchos, incluso sus detractores, comenzaron a pensar cómo sería sin él, si no se había podido con el mejor jugador del mundo en la última década… De a poco, el pueblo futbolero argentino empezó a demostrarle su cariño y a rogar por un regreso que se dio, gracias a Dios, 66 días después. El retorno, con gol, ante Uruguay, el 1 de septiembre, significó un nuevo comienzo.
Con aquella determinación, Messi demostró que tenía la suficiente personalidad, la que algunos creía que no tenía. Nadie había tenido tanta presión en aquellos años y, pese a todo, pese a los golpes, muchos despiadados, él estaba de nuevo ahí, con la 10 argentina, con lo que pesa esa camiseta.
Lo bueno, igual, tardaría en llegar, casi como un guión de Hollywood. La clasificación a Rusia 2018 se dio en la última fecha, en Ecuador, con un triple de Messi. ¿De quién sino? Pero la cita máxima, meses después, demostró que si bien había talento, ni el grupo -desconexión entre cuerpo técnico y jugadores- ni el equipo estaba para grandes cosas. Al menos la salida fue decorosa, con un 3-4 ante Francia. Todo cambiaría con aquel golpe. De la cenizas se produjo una refundación del seleccionado, con otro Lionel al mando. Scaloni construyó, de a poco, otro grupo, otro equipo, más moderno, con otra mística, con un decisivo recambio de jugadores que traerían otra frescura, otra ambición, otro juego…
Leo comenzó a sentirse cada día más cómodo, las victorias llegaron en masa hasta llegar a un invicto de 36 partidos y se formó un grupo granítico, dentro y fuera del campo, generando una unión y una mística que lo hicieron casi indestructible. No fue casualidad que llegara el tan ansiado título, nada menos que en el Maracaná y ante Brasil. Fue un aviso de que algo enorme se estaba forjando. La revancha de la celeste y blanca. La revancha de Messi. La revancha del fútbol argentino. De “la nuestra”, del fútbol como juego, con la pelotita al pie, a los pases, el de potrero, el de Leo, de Enzo, de Alexis y tantos otros.
Justicia divina. Poética. Hermosa. La que todos esperábamos. Porque si había alguien que merecía levantar la copa era él. El elegido. El #1. El mejor de la historia. Porque ahora sí es muy difícil sacarle ese título. Porque le faltaba, supuestamente, esta copa y hoy la acaba de levantar. A los 35 años, luego de 1004 partidos, después de sumar 781 goles, 350 asistencias y 42 títulos. Siete goles en su quinto Mundial. Después de casi dos décadas estando en la elite de la elite. O, en realidad, en la cima del deporte más popular del mundo. Hitos inalcanzables para cualquier mortal. Logrando, al final, hacer feliz a un país. Hoy y durante este mes de locos que vivió como nunca una golpeada Argentina, que hoy encontró un equipo a su imagen y semejanza, que sabe sufrir y ganar, que tuvo que levantarse mil veces para volver a darle una alegría sin precedentes a nuestro país.
Messi lo hizo, siendo nuevamente el mejor y sumándole, como nunca en este torneo, un liderazgo más enérgico, vocal y hasta combativo, enfrentando rivales, árbitros y hasta la FIFA, cuando lo sintió necesario. En la cancha vimos a Messi jugando su mejor Mundial. Parecía imposible, porque en los otros tuvo actuaciones épicas, con números descomunales, pero siempre pasaba algo. A él y al equipo. De hecho llegó a esta Copa del Mundo sin goles en partidos de mata-mata. Ni en 2014, cuando se alcanzó la gran final en Brasil, pudo. Todavía le dolía aquel tiro que salió cruzado ante Alemania…
En los otros torneos estuvo mejor físicamente, volaba, sus slaloms cautivaban, sus arranques te dejaban conteniendo la respiración, pero esto es un juego de equipo y simplemente las cosas que él y todos soñábamos no llegaban. El parecía imparable, pero a su equipo lo paraban.
Claro, hay motivos futbolísticos que explican este épico Mundial del genio mundial. Leo atraviesa un momento de madurez tan grande en la cancha que sabe todo: de qué jugar, cómo hacer daño al rival, cuándo correr, cuándo caminar, cuándo acelerar, cuándo enganchar, cuándo pasar, cuándo patear al arco, cuándo asistir. Pero no es una frase hecha, es lo que se observa en la cancha porque rara pierde una pelota y, lo más impactante, rara vez toma una mala decisión.
Tiene el mapa del partido en la cabeza, juega bajo control -cumple el viejo adagio: cabeza fría y corazón caliente- y dispone de todas las herramientas técnicas para ejecutar. A veces entiende que debe jugar más arriba porque ahí está el desequilibrio y en otras, como ante Países Bajos, que debía bajar a armar juego porque Enzo estaba tapado por Gapko. Y, cuando juega de playmaker, como el base en el básquet, hace jugar. Capaz de asistir de manera majestuosa como lo hizo con Julián ante Croacia o como hizo con Molina en cuartos. Dando pases que nadie ve, sólo él. Algo que hace 25 años, nos dimos cuenta, al ver ese video que lo muestra metiendo en un potrero de Rosario el mismo pase que le hizo a Molina ante Países Bajos.
Pero ojo, no se olvida de jugar cuando sabe que tiene tiempo y espacio. Y para eso, sabe, que necesita esperar sus momentos. Por eso a veces camina y no participa, o sólo hace sombra cuando debe marcar. ¿Te acordás cuando decían que caminaba? Pero, claro, si en ese momento, suma energías y piensa el partido. Porque si hay una virtud que se le reconoce poco es cómo lee el juego. No sorprendería que nos enteremos que la diagonal de Molina se la marcó él, diciéndole que lo hiciera -porque hasta ahí el lateral estaba yendo al fondo, por su punta- porque Van Dijk estaba atento a Julián y él sentía que podía filtrar un pase si hacía un slalom hacia adelante.
Messi juega para el equipo y el equipo juega para él. No es Messi dependiente como fue durante años. El resto no lo mira, esperando que resuelva. Van y ponen manos a la obra. Ya no existe ese respeto reverencial que parecía existir antes. Y no sorprende que así también sea afuera. Cuando se hablaba de grupo de amigos tal vez surgía de ver un endiosamiento hacia él. “Decinos vos y lo hacemos Leo”, parecía que el resto podían decirle.
Ahora los nuevos socios van y lo hacen, como Enzo, en una final majestuosa. Como Alexis en un primer tiempo inolvidable. Ya nadie dice qué puede hacer Leo para el equipo, sino qué puede hacer el equipo por Leo. En el grupo, además, lo bajaron del pedestal. El crack es uno más. Lo contaron cómo fue… Rodri De Paul, personaje carismático y caradura como pocos, empezó a tratarlo realmente como uno más, no como el Dios -futbolístico- que es. Ellos descubrieron el Messi rosarino que siempre fue pero que, tal vez, surgió con más claridad en estos últimos años, cuando se sumaron las charlas, los mates, los asados, los vestuarios, los partidos, los triunfos y hasta las derrotas, como la de Arabia Saudita. Todo creció a fuerza de triunfos y también de adversidades, como muchas veces se construyen las místicas más indestructibles. Y hoy la Selección es una familia, con muchos que no entraron en la lista de 26 y hoy estuvieron en Qatar…
En el caso de Messi ha sido determinante llegar a su nueva madurez, la típica que los atletas adoptan cuando se notan cerca del final e intuyen que hay que disfrutar más y sufrir menos. Leo es un genio hace 20 años, pero ahora valora cada segundo que tiene. Nada toma como dado, sabe lo que sufrió y entiende que debe disfrutar. Así se reconectó con el fútbol, con la vida y todo fluyó de una forma distinta.
Esta situación interna, esa mística que se forma o no, hace que Leo haya vivido estos años con otra felicidad. Sobre todo a partir de que todos se sacaran esa pesadísima mochila en el Maracaná, hace poco más de un año. Está en otro grado de exaltación, viviendo todo de otra manera y, claro, expresándolo de una manera distinta. También tiene que ver que sus hijos sean más grandes, lo miren desde un palco, como sus hinchas principales. Tanto como que el grupo del equipo lo quiera y respete tanto, como que la gente al fin lo haya abrazado. Así, definitivamente, ha podido dejado salir al verdadero Messi. Y cuando un genio deja ver su mejor cara, es imparable.
Por eso, por estos intangibles, Leo jugó su mejor Mundial. Las otras explicaciones vienen por detrás. Porque está claro que no tiene la misma energía que antes. Tampoco la potencia ni la velocidad. Pero igual sigue siendo fascinante verlo porque, como dice Pablo Aimar, “el mejor Messi es siempre el mejor”. Hoy disfrutamos del Messi estratega, del Messi pensante, del Messi organizador, del Messi pasador, del Messi entrenador, del Messi líder, del Messi que utiliza el miedo que le tienen los defensores, del Messi que espera su momento porque, tarde o temprano, sabe que el resquicio aparecerá y él, genio único, no desaprovechará. Como en ese 3-2 que gritamos como locos. Esa oportunidad que alguna vez, en medio de la oscuridad, supo que volvería a tener para, al final, levantar esta esquiva copa del mundo.
Hoy, si me lo permiten, el mundo es un poco más justo. Messi es campeón del mundo y ha hecho feliz a un pueblo que él ama y, por suerte, el pueblo lo ha ubicado definitivamente en el olimpo de los dioses. No sabemos si fue el Ultimo Baile o no. Pero la justicia divina existe, señores. La justicia de los genios. Justicia para Messi, el mejor futbolista de la historia del deporte más popular del mundo.