En Salta todavía hay lugares donde la calma se respira en cada esquina y las montañas parecen vigilar en silencio. Viajar hasta allí es descubrir un ritmo distinto, más pausado, con paisajes que sorprenden en cada tramo del camino.
En el Valle Calchaquí, un pequeño pueblo ofrece historia, cultura y naturaleza en un entorno que parece detenido en el tiempo.
En Salta todavía hay lugares donde la calma se respira en cada esquina y las montañas parecen vigilar en silencio. Viajar hasta allí es descubrir un ritmo distinto, más pausado, con paisajes que sorprenden en cada tramo del camino.
El visitante se encuentra con casonas coloniales, calles polvorientas y un aire fresco que baja desde los cerros cercanos. Todo transmite la sensación de estar en un sitio donde la vida avanza sin apuro y donde lo cotidiano se mezcla con tradiciones que perduran desde hace siglos.
Ese espíritu se percibe en Molinos, un pueblo salteño que conserva su impronta colonial, con una iglesia del siglo XVIII, celebraciones patronales que convocan a todo el valle y viñedos que crecen a más de 2.700 metros sobre el nivel del mar.
Molinos se ubica en el extremo suroeste de la provincia de Salta, dentro del Valle Calchaquí, a unos 206 kilómetros de la capital provincial. Es cabecera del departamento homónimo y se levanta a orillas del río que lleva su nombre, formado por la unión de los cursos Amaicha y Luracatao. Su entorno está marcado por la aridez, los cardones gigantes y la presencia de fauna andina como vicuñas, guanacos y cóndores.
El recorrido comienza en la iglesia San Pedro Nolasco, Monumento Histórico Nacional, donde descansan los restos de Nicolás Severo de Isasmendi, último gobernador español de la intendencia de Salta del Tucumán.
En el Centro de Interpretación Casa Indalecio Gómez se recupera parte de la historia política del país, mientras que en la Asociación de Artesanos y el criadero de vicuñas Coquena se aprecia cómo la tradición textil se sostiene de manera sustentable.
Quienes disfrutan del senderismo pueden ascender el Cerro Overo, desde cuya cruz se domina una vista panorámica de la región. También están las ruinas de El Churcal, vestigio de comunidades precolombinas que trabajaban la cerámica y el tejido con notable habilidad.
La gastronomía es parte fundamental de la experiencia: empanadas, tamales, charqui y dulces regionales suelen servirse junto a vinos de altura reconocidos internacionalmente por su intensidad.
El acceso desde la ciudad de Salta se realiza por la Ruta 68 y luego la Ruta 40, en un viaje de unas cinco horas que atraviesa parajes únicos y pueblos como Cachi. Desde Cafayate, la distancia es de unos 116 kilómetros hacia el norte, siempre siguiendo la Ruta 40.