La actividad física no solo mejora la calidad de vida, también podría ser una de las herramientas más efectivas para prolongarla. Un reciente estudio respaldado por investigadores de la Universidad de Stanford dio a conocer qué tipo de ejercicio tiene mayor impacto en la salud a largo plazo. Los resultados ofrecen una nueva perspectiva sobre cómo el movimiento puede modificar el organismo en profundidad.
Un estudio científico reveló qué forma de hacer ejercicio es la que ayuda más a la longevidad
Investigadores de Stanford explicaron por qué el entrenamiento puede alargar la vida. Una rutina diaria genera beneficios físicos, mentales y celulares
A medida que la ciencia avanza, se multiplican las investigaciones enfocadas en los mecanismos que ayudan a vivir más y mejor. En ese camino, el entrenamiento se afianza como una estrategia poderosa, capaz de reducir enfermedades, mejorar funciones vitales e incluso estimular el sistema inmune.
Una frase del doctor Euan Ashley, uno de los responsables del estudio, sintetiza el hallazgo: “Puede ser la intervención médica más potente jamás conocida”. Su análisis no se basa solo en observaciones, sino en datos moleculares obtenidos a partir de una investigación de gran escala. El objetivo fue entender cómo se transforma el cuerpo ante distintos tipos de esfuerzo físico y qué beneficios pueden derivarse de esa transformación.
Qué forma de ejercitarse es la mejor para la longevidad
El estudio fue impulsado por el Consorcio de Transductores Moleculares de la Actividad Física (MoTrPAC), una iniciativa científica creada para identificar los efectos celulares y genéticos del ejercicio sobre el organismo. Para lograrlo, los investigadores trabajaron con 800 ratas, analizando 19 tejidos corporales con 25 tecnologías de medición distintas. Los resultados sorprendieron incluso a los propios científicos.
Según el profesor Ashley, cada tejido mostró importantes modificaciones, incluyendo algunos que no se esperaban. Uno de los ejemplos más reveladores fue el de la glándula suprarrenal, encargada de liberar hormonas fundamentales como el cortisol o la adrenalina, que exhibió fuertes cambios luego del ejercicio. También se detectaron respuestas inmunológicas notables en el intestino delgado, lo que indica que la actividad física estimula funciones defensivas a nivel celular.
Además del impacto en órganos como músculos o corazón, los resultados mostraron que el ejercicio logra desactivar redes moleculares asociadas a enfermedades como la diabetes tipo 2 y el hígado graso. En otras palabras, el cuerpo no solo se fortalece, sino que genera mecanismos internos de protección. Según Ashley, también se comprobó una reducción del 50% en el riesgo de enfermedades cardiovasculares y ciertos tipos de cáncer.
Los beneficios no se limitan al plano físico, ya que también se registraron mejoras contundentes en la salud mental. Para el experto, el ejercicio puede ofrecer más efectividad que algunos tratamientos farmacológicos utilizados en casos de ansiedad o depresión. Esta evidencia refuerza el valor integral de una vida activa.
Otro de los datos destacados surge de un estudio previo realizado sobre medio millón de personas. En este se analizó la relación entre el tiempo dedicado al ejercicio y el aumento en la esperanza de vida. La experta resume los resultados con una comparación clara: “Un minuto de caminata a ritmo intenso equivale a cinco minutos más de vida. Si el ejercicio es de alta intensidad, puede sumar siete u ocho minutos”. Esta información, asegura, es la que comparte con sus pacientes cuando dicen no tener tiempo para entrenar.
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