El 9 de julio de 1816, los 33 diputados se juntaban en la Casa de Tucumán para hacer historia grande: se declaraba la independencia de las Provincias Unidas, en un acta que contaba con la particularidad de estar escrita en castellano y quechua.
Lo que ocurrió ese día hay que pensarlo en tándem con lo sucedido el 25 de mayo de 1810. En esos seis años que transcurrieron entre una fecha y otra, se armo la Junta Grande, tuvieron lugar dos Directorios e incluso Alvear quiso que las provincias se convirtieran en parte del protectorado de Gran Bretaña.
Ambos episodios fueron parte de un mismo proceso de emancipación nacional y latinoamericano a su vez; hay que tener en cuenta que los aires revolucionarios también soplaban en otros lugares y que entonces tenía lugar la pelea feroz de Güemes en el norte, la de Artigas en la Banda Oriental, el avance de los planes de guerra San Martín en Perú y Chile.
En una primera instancia la gran gesta era lograr la independencia de la monarquía española, pero luego se hizo contra cualquier tipo de dependencia, ya que se rompían vínculos políticos pero también económicos.
Hoy, a 207 años, la gran pregunta vuelve a formularse: ¿se puede ser independiente políticamente si no se lo es económicamente? Las nuevas formas de dominación, y los sucesos acaecidos en la historia argentina reciente nos obligan a replantearnos qué cadenas debemos romper para tener una independencia plena.