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Pasaje 5 de Julio: la historia oculta detrás de uno de los rincones más silenciosos del centro porteño

Su nombre recuerda a una heroica gesta de la Segunda Invasión Inglesa, cuando el Regimiento de Patricios encabezó la histórica defensa de la ciudad, un encarnizado enfrentamiento que contrasta con su actual tranquilidad.

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  • La clásica zona céntrica porteña, otrora colmada de oficinas y hoy debatiéndose sobre cómo reconvertirse, ofrece varios oasis en medio del caos cotidiano de las oficinas y el trajín del tránsito. Uno de ellos es un lugar silencioso, adoquinado, con farolas de hierro forjado y un aire de otra época, cuyo nombre recuerda algo que pasó allí hace más de 200 años: el Pasaje 5 de Julio, en Monserrat.

    En 1807, el lugar, en la manzana entre Belgrano, Venezuela, Defensa y Balcarce, era completamente distinto, sin oficinas ni turistas sacando fotos. Se trataba de la huerta trasera del Convento de Santo Domingo, donde años después sería sepultado Manuel Belgrano. Y, como premonición, aquel terreno se convirtió en un improvisado cementerio.

    5 de julio de 1807: la Defensa de Buenos Aires

    El 5 de julio de 1807 es recordado por ser el inicio de la heroica Defensa de Buenos Aires, en el contexto de la Segunda Invasión Inglesa. Ese día, las tropas británicas al mando del general John Whitelocke entraron a una ciudad que creían fácil de dominar. Pero rápidamente se vieron acorralados. Desde las terrazas les tiraban con lo que tenían a mano —agua, y no aceite como repetimos durante décadas—, mientras que las milicias criollas y el Regimiento de Patricios de Cornelio Saavedra buscaban dispersarlos.

    Desesperadas y rodeadas, varias columnas de soldados británicos buscaron refugio en el edificio más sólido de la zona: la Basílica de Nuestra Señora del Rosario y convento de Santo Domingo, en Belgrano y Defensa. Rompieron las puertas, subieron a la única torre que estaba terminada y convirtieron el convento en su último reducto. El combate fue encarnizado hasta que, superados por las fuerzas de Santiago de Liniers, se vieron obligados a capitular.

    La torre sur de la Basílica de Nuestra Señora del Rosario conserva las marcas de los cañonazos del ardiente enfrentamiento de 1807, hoy señaladas con tacos de madera.

    Hoy, la iglesia conserva las marcas de los disparos y exhibe en su interior dos banderas pertenecientes al 1° y al 2° batallón del Regimiento n.º 71 Highlanders, y dos banderas de la Marina Real Británica, una correspondiente a un Real Batallón de Marina y otra a un estandarte naval que los ocupantes británicos izaban en el mástil del parque de la Plaza de Toros en el Retiro, todas ellas correspondientes a la invasión de 1806.

    Una de las banderas capturadas a los británicos en 1806, exhibida en la Iglesia Nuestra Señora del Rosario.

    Una huerta transformada en sepultura de urgencia

    Cuando las armas se callaron, la Buenos Aires aldea se chocó con una realidad abrumadora: el invierno golpeaba fuerte y cientos de cuerpos, tanto de invasores como de defensores, yacían en los alrededores. Con los cementerios de las iglesias colapsados y ante el riesgo de una posible crisis sanitaria los frailes dominicos decidieron ceder su huerta para cavar una gigantesca fosa común.

    El paso de huerta cementerio a peatonal se debió a la Ley de Reforma del Clero, impulsada por Bernardino Rivadavia, ministro de Gobierno de Buenos Aires, en diciembre de 1822. A través de esta norma, el Estado expropió varios terrenos eclesiásticos. Para dividir formalmente la propiedad de los dominicos, se abrió este callejón, bautizado inicialmente como Pasaje Sarandí, y renombrado Túpac Amaru en 1857.

    Recién con la ordenanza del 27 de noviembre de 1893, que dio forma a la nomenclatura porteña moderna, la arteria pasó a llamarse 5 de Julio en recuerdo de la fecha de la exitosa defensa, a su vez homenajeada por la calle paralela, Defensa, denominada así desde 1848.

    En la actualidad, los caminantes de este pasaje peatonal no transitan sobre muertos: a fines del siglo XIX, la gran mayoría de los restos óseos fueron removidos hacia otros cementerios, aunque durante un tiempo perduró el recuerdo de la huella arqueológica y la carga simbólica de pasear sobre tumbas.

    Hoy, el Pasaje 5 de Julio funciona en la práctica como estacionamiento de motos y algunos autos aprovechando el arbolado, toda una rareza entre las angostas veredas de Monserrat. Los pocos caminantes, que buscan usarlo como atajo, no encuentran más que silencio, que contrasta con el estruendo de los fusiles de chispa que sonó allí hace 219 años.

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