Las tres desapariciones de Jorge Julio López, la última víctima de la dictadura
A casi dos décadas de su segunda desaparición, la familia de Jorge Julio López denuncia una causa paralizada, apunta a las fallas estructurales de la Justicia y advierte sobre una “tercera desaparición” marcada por la impunidad.
Las tres desapariciones de Jorge Julio López, la última víctima de la dictadura
La primera desaparición de Jorge Julio López ocurrió el 27 de octubre de 1976, en plena última dictadura cívico-militar. De madrugada, un grupo de tareas irrumpió en su casa de Los Hornos, en La Plata. Delante de su esposa y sus dos hijos, el albañil y militante peronista fue golpeado y maniatado mientras los intrusos exigían documentos y destrozaban todo a su paso. Obligada a permanecer de cara a la pared, la familia no pudo ver el momento en que el comisario Miguel Etchecolatz ingresó a la vivienda para supervisar el operativo.
López fue secuestrado y permaneció durante meses como detenido-desaparecido en distintos centros clandestinos del denominado “circuito Camps”, donde se registraron cerca de 280 víctimas de secuestros, torturas y desapariciones. Pasó por el Cuatrerismo, el Pozo de Arana, la Comisaría Quinta y la Comisaría Octava, todos espacios de detención y tortura bajo la órbita de Etchecolatz, por entonces director de Investigaciones de la Policía Bonaerense y mano derecha del jefe de la fuerza provincial, Ramón Camps. Desde ese lugar, el excomisario controlaba los 29 centros clandestinos montados por la policía, destinados a torturar, violar, asesinar y desaparecer a los detenidos.
Durante su cautiverio, López fue sometido a torturas y presenció múltiples asesinatos, entre ellos los de sus compañeros de militancia Ambrosio Francisco de Marco y Patricia Dell'Orto. En abril de 1977 fue “blanqueado” como detenido a disposición del Poder Ejecutivo y trasladado a la Unidad Penal N° 9 de La Plata. Recuperó la libertad en junio de 1979.
Jorge López
Jorge Julio López, el último desaparecido de la dictadura
Tras su liberación, López mantuvo durante años un silencio casi absoluto, incluso dentro de su propia familia. “Mi viejo era un hombre reservado, de pocas palabras. Lo que vivió en dictadura lo marcó”, recuerda su hijo, Rubén López. Sin embargo, de manera silenciosa y en soledad, comenzó a reconstruir lo ocurrido: identificó lugares, reconoció rostros y ató cabos sueltos vinculados a su secuestro.
Con el retorno de la democracia, las expectativas de juzgar a los responsables se diluyeron con la sanción de las leyes de impunidad durante los gobiernos de Raúl Alfonsín y Carlos Menem, que frenaron los procesos por violaciones a los derechos humanos.
Recién hacia fines de los años noventa, ante la imposibilidad de avanzar penalmente, víctimas, familiares y organismos impulsaron los llamados Juicios por la Verdad. En ese marco, el 7 de julio de 1999 López declaró como testigo sin que su familia lo supiera. Allí reconstruyó con precisión su secuestro, las torturas padecidas, los crímenes que presenció y el funcionamiento de los centros clandestinos por los que pasó.
A casi 30 años del golpe, en 2003, durante el gobierno de Néstor Kirchner, el Congreso declaró la nulidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Tres años más tarde, la Cámara de Casación Penal consideró inconstitucionales los indultos dictados por Menem. Esa serie de decisiones permitió reabrir los juicios por delitos de lesa humanidad. El primero de ellos fue el que tuvo como imputado a Miguel Etchecolatz.
Miguel Etchecolatz
Miguel Etchecolatz
La declaración de López resultó decisiva para la condena del excomisario, a quien definió como un “asesino serial” sin compasión. Lo identificó como responsable del operativo de su secuestro y describió con detalle los métodos de tortura aplicados tanto sobre él como sobre otros detenidos.
El 18 de septiembre de 2006, día en que debía asistir a la audiencia de alegatos en ese juicio, López salió de su casa por la mañana y nunca llegó. Algunos vecinos aseguraron haberlo visto caminar por Los Hornos entre las 9 y las 10.30, en una rutina que parecía habitual: paso lento, un cigarrillo en la mano y saludos a quienes se cruzaban en su camino. Fue la última vez que alguien dijo haberlo visto. Desde entonces, no hay rastros de su paradero ni responsables identificados o condenados por su desaparición.
Los organismos de derechos humanos advirtieron desde el inicio que se trataba de un hecho con posible participación de integrantes de las fuerzas de seguridad. En ese sentido, cuestionaron la investigación judicial y denunciaron maniobras destinadas a instalar pistas falsas. Las sospechas sobre Etchecolatz se reforzaron en 2014, cuando un fotógrafo registró que, al escuchar una nueva condena en su contra, sostenía un papel con una inscripción manuscrita: “Jorge Julio López Secuestrar”.El excomisario murió en 2022 a los 93 años en una clínica de San Miguel, condenado en múltiples causas por crímenes de lesa humanidad, con una pena unificada de reclusión perpetua.
Jorge Julio López Secuestrar
Foto tomada por Leo Vaca
La "tercera desaparición de Jorge Julio López: entre la impunidad y la inoperancia de la justicia
A casi dos décadas de la segunda desaparición, la causa judicial continúa abierta, pero sin avances sustanciales. Para la familia, ese vacío prolongado empieza a configurar una nueva forma de ausencia: una tercera desaparición.
El expediente se inició en el Juzgado Federal N.º 1 de La Plata y, en sus primeros meses, fue investigado por la propia Policía Bonaerense, la misma fuerza que había tenido entre sus filas a Etchecolatz. Recién en 2008 fue recaratulado como “presunta desaparición forzada”, cuando ya se había perdido un tiempo clave. Actualmente, la causa está en manos del Juzgado Federal N.º 3, sin que se haya podido determinar hasta la fecha qué ocurrió con López, ni identificar responsables, partícipes o encubridores, ni hallar sus restos.
“No tenemos justicia por la segunda desaparición de mi viejo”, resume Rubén López. En diálogo con C5N, apuntó a las falencias iniciales: “Lo que no se investigó al principio después es muy difícil de recuperar. La causa sigue abierta, pero en los hechos está paralizada”.
Para la familia, el pacto de silencio sigue siendo un obstáculo central. “Evidentemente saben dónde está, pero no se quiere llegar a la verdad o no se investigó como correspondía. La mayoría de los genocidas nunca dijo dónde están los desaparecidos”, sostuvo.
En ese contexto, Rubén advierte sobre el riesgo de una tercera desaparición, asociada a la falta de justicia y a cierta naturalización social del caso. El paso del tiempo, la ausencia de avances y la pérdida de centralidad en la agenda pública alimentan esa preocupación. “Al principio las marchas eran mensuales, después pasaron a ser anuales. Se naturaliza porque no hay respuestas y porque una noticia tapa a la otra”, explicó.
También señaló con inquietud el retroceso en materia de derechos humanos y la reaparición de discursos negacionistas. "Tenemos un gobierno represor y pro genocida. Se están llevando puesto todos los derechos conquistados en 50 años de democracia. Lamentablemente cuenta con el apoyo de muchos jóvenes que no tienen dimensión de lo que pasó en nuestro país en dictadura ni lo que significaron los centros clandestinos. Ahí la responsabilidad es nuestra. Creo que no estuvimos a la altura de explicar nuestra historia”., reflexionó.
La figura de López, finalmente, queda atravesada por una decisión que selló su destino. “Él sabía que algo podía pasar si declaraba. Mi mamá tenía miedo y no quería que fuera. Pero el compromiso con sus compañeros pudo más”, cuenta su hijo. “Con el tiempo entendí que, si no hubiera declarado, hoy estaría con nosotros, pero Etchecolatz habría seguido impune y caminando libre”, concluyó.