En 1978, la última dictadura militar comenzó a volcar escombros de demoliciones y autopistas sobre el Río de la Plata para ganarle tierra y construir un Centro Administrativo que albergaría instituciones nacionales y municipales. Seis años más tarde, el proyecto se abandonó, y de ese descampado nació, sin que nadie lo planificara, una de las áreas naturales urbanas más visitadas del país.
Donde hoy transitan runners, ciclistas y observadores de aves entre lagunas y pastizales, hace menos de cinco décadas había una playa. Entre 1918 y 1950, la Costanera Sur fue el Balneario Municipal, el paseo de moda de los porteños, con la cervecería La Munich como epicentro social. El deterioro de la calidad del agua del río terminó vaciando el balneario, y ese tramo de la costa quedó como una cicatriz urbana a la espera de un destino.
1978: ganarle tierra al río a fuerza de escombros
A partir de 1978 empezaron a volcarse sobre la costa toneladas de escombros, en buena parte provenientes de las demoliciones masivas que dejaron la construcción de las autopistas urbanas (como la 25 de Mayo y la Perito Moreno) y otras obras de la época.
El objetivo no era ambiental ni recreativo: el gobierno de facto de Osvaldo Cacciatore planeaba levantar allí un Centro Administrativo, también mencionado como "Centro Cívico", para concentrar los edificios públicos más importantes de Buenos Aires, en una lógica de expansión que respondía más a la geopolítica del régimen que a una necesidad urbanística real.
El proyecto contemplaba la construcción de una isla artificial para oficinas públicas.
1984: un proyecto que se hunde con la vuelta de la democracia
El plan nunca pasó de esa etapa de relleno. Con el retorno de la democracia, la obra quedó abandonada en 1984, dejando unas 350 hectáreas de escombros, cemento y ladrillos frente al río, sin uso ni destino definido. Lo que debía ser el corazón burocrático de la Ciudad se convirtió, de un día para el otro, en un gigantesco terreno baldío.
La naturaleza toma la posta
Ahí es donde la historia da su giro más inesperado. Sin ningún plan detrás, la vegetación empezó a colonizar el descampado: las inundaciones periódicas del río trajeron semillas y camalotes, se formaron lagunas y bañados, y el pastizal fue ganando terreno sobre las montañas de escombros, en un proceso de regeneración ecológica que incluyó la llegada de aves y otra fauna. Ahora, había que cuidarla.
Organizaciones ambientalistas como Fundación Vida Silvestre Argentina, Aves Argentinas y Amigos de la Tierra advirtieron el fenómeno y en 1986 propusieron a la Municipalidad protegerlo. El 5 de junio de ese año, una ordenanza declaró al predio Parque Natural y Zona de Reserva Ecológica, sellando el destino de lo que iba a ser una sede de gobierno.
Con el correr de las décadas, la Reserva Ecológica Costanera Sur fue ganando reconocimiento: en 2005 fue incluida en la lista de humedales de importancia internacional de la Convención Ramsar. Hoy alberga más de 2.000 especies, entre ellas 345 tipos de aves, y está entre las áreas naturales protegidas más visitadas del país, con millones de vecinos, turistas y estudiantes recorriendo sus senderos cada año.
Lo que iba a ser el centro del poder administrativo porteño terminó siendo, literalmente, lo contrario: un espacio donde el Estado no construyó nada y la naturaleza hizo todo el trabajo. A metros de las torres de Puerto Madero, uno de los metros cuadrados más caros de la ciudad, sobrevive un pulmón verde que nació, paradójicamente, de un intento fallido de la dictadura por expandir el poder del Estado sobre el río.