Ana María Careaga, secuestrada y torturada en la última dictadura: "Dar testimonio es un compromiso con la memoria"

A 50 años del 24 de marzo de 1976, narró su paso por el centro de detención "Club Atlético", el vacío del exilio y el dolor por la muerte de su madre, fundadora de Madres de Plaza de Mayo, asesinada en 1977. "Conservar las cartas que nos mandábamos es atesorar nuestra historia", remarcó.

A 50 años del inicio de la última dictadura en el país, las heridas siguen abiertas, y es más vital que nunca mantener viva la memoria. Ana María Careaga es sobreviviente del terrorismo de Estado: fue secuestrada a los 16 años, estuvo detenida en el centro clandestino de detención, tortura y exterminio "Club Atlético", en San Telmo, y luego se exilió en Suecia. Conserva las cartas que se mandaba con su mamá, fundadora de Madres de Plaza de Mayo y asesinada en 1977. "Guardarlas es atesorar nuestra historia", destaca.

La historia de Ana condensa una trama colectiva donde memoria, militancia y derechos humanos se entrelazan de forma inseparable. "Yo formo parte de una familia muy comprometida con la realidad de su tiempo", comienza su relato en diálogo con C5N, y repasa su genealogía atravesada por el exilio y la persecución política.

Hija de refugiados paraguayos que escaparon de las dictaduras de Higinio Morínigo y Alfredo Stroessner, recuerda que "mi casa era una casa de puertas abiertas para la gente que venía de las primeras dictaduras que hubo en el Cono Sur".

Esa formación temprana marcó su compromiso político. "Aprendimos desde la infancia los valores solidarios y creíamos en la posibilidad de construir una sociedad más justa", afirmó, al explicar por qué militaba en su juventud. En plena efervescencia de los años setenta, Ana integró una generación que, según sus palabras, asumió una causa "noble, generosa y emancipatoria". Aun siendo adolescente reivindica ese recorrido: "Para mí fue un privilegio ser parte de esa generación que se comprometió".

Secuestro a una adolescente de 16 años: "Quien ha sufrido la tortura en el cuerpo no puede volver a sentir el mundo como su hogar"

El 13 de junio de 1977, su vida cambió para siempre. "Me secuestraron en la intersección de las avenidas Juan B. Justo y Corrientes. Me agarraron, fue todo muy rápido, me metieron en la parte de atrás de un auto". Tenía 16 años y estaba embarazada de menos de tres meses. Fue trasladada al centro clandestino conocido como Club Atlético, donde "apenas llegamos me hicieron desnudar y empezaron a torturarme".

El relato de la tortura expone con crudeza el funcionamiento del aparato represivo. "Me torturaron con picana eléctrica, submarino mojado, submarino seco", enumeró, y agregó que la violencia era sistemática: "Era prácticamente la acción a la que eran sometidos todos".

Durante horas fue sometida a tormentos en lo que los represores llamaban "quirófano": "Me daban vuelta, ponían la mesa en forma vertical, yo por momentos perdía el conocimiento". Incluso recuerda cómo, ante el límite físico, buscaba escapar momentáneamente del dolor: "Al principio me resistía, pero después olía el éter con el que me dormían, desesperadamente, porque era un modo de salir de esa situación".

foto papa careaga
Ana María Careaga mantuvo un diálogo con el papa Francisco, quien había sido compañero de trabajo de su madre antes de ordenarse sacerdote.

Ana María Careaga mantuvo un diálogo con el papa Francisco, quien había sido compañero de trabajo de su madre antes de ordenarse sacerdote.

En ese infierno, tomó una decisión clave: "No dije que estaba embarazada porque quería proteger a mi bebé, para que no especularan con la criatura". La violencia no cedía: "Me decían 'sabemos que te querés morir, pero te vamos a mantener viva para seguir torturándote'".

Sin embargo, en medio de la muerte emergió un gesto vital. "Yo pensé en un primer momento que el bebé se había muerto, pero se empezó a mover", recordó. Ese instante marcó un quiebre: "Sentía que había un lugar de mi cuerpo al que no habían podido llegar. La vida había vencido a la muerte".

El paso por el centro clandestino no fue solo físico, sino también existencial. "Escuchábamos todo el tiempo los gritos de las personas que eran torturadas y eso era una tortura más", señaló. La experiencia dejó marcas profundas: "Quien ha sufrido la tortura en el cuerpo no puede volver a sentir el mundo como su hogar", citó, y recordó escenas que revelan la banalidad del horror: "Un torturador le decía a otro 'seguí vos porque yo me tengo que ir a buscar a mi hija a la escuela'".

El exilio y cómo seguir tras el horror: "La justicia no se negocia"

Tras su liberación y exilio, la figura de su madre se volvió sostén y horizonte. "Una referencia central en mi vida es mi mamá", afirmó. Esther Ballestrino de Careaga, madre de Plaza de Mayo, continuó la lucha incluso después de recuperar a su hija. "Yo voy a seguir hasta que aparezcan todos porque todos los desaparecidos son mis hijos", había expresado antes de ser secuestrada en la Iglesia de la Santa Cruz y arrojada al mar.

El ostracismo también estuvo atravesado por nuevas pérdidas. Al nacer su hija en Suecia, conoció la noticia de los secuestros de diciembre de 1977, entre ellos el de Azucena Villaflor y otras fundadoras de Madres de Plaza de Mayo. "Ese secuestro tuvo un doble propósito: parar ese movimiento y parar la solicitada que iban a publicar las Madres", explicó, aunque subrayó: "No lograron ninguno de esos dos objetivos. Siguieron su lucha… sostuvieron una posición de dignidad".

Para Ana, su testimonio es parte de esa continuidad. "Dar testimonio es un compromiso con la memoria, la verdad y la justicia", sostuvo, y remarcó el carácter de ese proceso: "La justicia no se negocia". En esa línea, entendió que la experiencia argentina es singular: "Eso fue lo que hizo a la Argentina destacarse en el mundo".

"Los desaparecidos retornan a través de los nombres, de sus historias"

La desaparición de su madre abrió otra dimensión del dolor. "Fuimos privados del derecho a la muerte escrita", explicó, señalando la imposibilidad de realizar duelos tradicionales. Sin embargo, la memoria encontró otros caminos: "Los desaparecidos retornan a través de los nombres, de sus historias". La identificación de restos años después permitió un gesto reparador, aunque incompleto: "El mejor modo de reparar lo irreparable es honrar la vida de nuestros seres queridos".

Las cartas ocupan un lugar central en esa construcción de memoria. "Guardar las cartas es atesorar nuestra historia", afirmó, y agregó que son "una responsabilidad de transmisión generacional". En ellas habita lo indecible: "A veces se logra transmitir lo que no tiene palabras", dijo, reivindicando la escritura como forma de resistencia y archivo.

Esther Ballestino de Careaga madre de Plaza de Mayo
Esther Ballestrino de Careaga, desaparecida en diciembre de 1977.

Esther Ballestrino de Careaga, desaparecida en diciembre de 1977.

Hacia el final de la charla, Ana deja un mensaje para las nuevas generaciones, donde la memoria se proyecta hacia el futuro. "El concepto de libertad está muy bastardeado", advirtió, y propuso recuperarlo desde el pensamiento crítico.

Doctora en Psicología, psicoanalista, profesora de la Universidad de Buenos Aires y coordinadora del Programa de Psicoanálisis y Derechos Humanos de la Facultad de Psicología y el Hospital de Clínicas, se reconoce en un mundo atravesado por discursos dominantes. "La mejor libertad es poder interpelar el discurso y constituir el propio lenguaje", sostuvo.

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