El Gobierno fulminó a Adorni y acelera la entrega

Ahora que el Ejecutivo finalmente le dio curso a la salida del jefe de Gabinete, Javier Milei espera retomar su agenda libertaria en el Congreso. Sin embargo, el Presidente y su hermana quedaron heridos.

A esta altura de los acontecimientos, está claro que Manuel Adorni no renunció ni lo echó Javier Milei. La salida del peor jefe de Gabinete de la historia se produjo por la presión del Congreso, de la Justicia y de la calle.

En el primer caso, la dilación que logró el oficialismo en el Senado tuvo mucho de victoria a lo Pirro, porque tuvo que postergar un proyecto fundamental para su plan, como el de Inviolabilidad de la Propiedad Privada y la aprobación de pliegos en el Poder Judicial. Pero, sobre todo, porque tuvieron que levantar una sesión convocada por ellos ante la evidencia de que el escándalo alejaba hasta a los más conspicuos aliados. Luego volveremos a esto para relativizar la idea de que la revelación de las corruptelas del ministro coordinador paralizó la marcha del plan presidencial, pero el jueves quedó claro que se iba a hacer muy difícil mantener acuerdos si el presidente y su hermana no cejaban en su obstinación por mantener a Adorni. El Congreso, además, lo iba a terminar echando a lo sumo en 15 días.

En paralelo, los investigadores judiciales enviaron una señal muy clara al difundir que pedirían las últimas medidas de prueba contables y que lo siguiente sería la indagatoria. El aviso fue transparente. “No queremos echarlo nosotros, háganlo ustedes” fue el subtexto.

El último factor no precipitó la expulsión, porque ya está instalado, pero tiene cada vez más incidencia: la opinión pública. Según el informe de junio de la consultora Opina Argentina, el 36% de los consultados ubicó a la corrupción como el principal problema que el Gobierno debería solucionar, por encima de la desocupación (30%), la inseguridad (11%), la inflación (9%), la educación (7%) y el estado de los hospitales (6%). En todas las encuestas, además, la imagen presidencial y de gestión dejó de caer, pero se mantiene en pisos históricos. El Gobierno no puede perder más adherentes.

De cualquier modo, los Milei quedan heridos. Sostuvieron a su jefe de Gabinete durante 100 días con un escándalo creciente y tuvieron que soltarlo por las presiones que mencionábamos, sin ningún cambio de escenario beneficioso aparente. Desde el comienzo del affaire, siempre estuvo claro que la salida del ministro gamer sería mala. Su agónico final trae otro perjuicio evidente.

Karina Milei tuvo que ceder parte de su poder al macrismo violeta. Si Diego Santilli es el nuevo jefe de Gabinete, está claro que sus márgenes de autarquía serán muy superiores a los de su predecesor. Pero, además, una Patricia Bullrich triunfante va a controlar el Senado y Caputo y Sturzenegger el proyecto económico. El macrismo sin Macri ya es una realidad. El mileísmo sin Milei asoma en el horizonte, conforme se degrada la economía real de los argentinos y se suman más casos de corrupción.

En todos estos dirigentes —pero en Bullrich con más fuerza— se ve el doble juego de pertenecer al Gobierno, pero intentar diferenciarse para quedar a salvo de un eventual colapso de la aventura libertaria. Si vemos la carrera de la senadora, la de Diego Santilli y los demás, sabemos que el salto de un barco que se hunde no genera problemas de conciencia trascendentes.

Pero no son todas malas para el gobierno. El retardo del Congreso y la Justicia le permitió reacomodar el área comunicacional, con la llegada de Adrián Ravier como vocero y Fabián Fernández como secretario de Comunicaciones. Se verá si hay un cambio, pero los primeros pasos muestran funcionarios más formales y recostados en una relación profesional y amable con el periodismo, alejados del odio que el Presidente vierte diariamente y de la postura sobradora que caracterizó a Manuel Adorni.

Sobre esto último hay una discrepancia que se fue saldando con el tiempo. Para algunos, el socio del country Indio Cuá era un eficaz comunicador de la nueva Argentina. En estos 100 días, lo que se vio es una imagen contrapuesta: un orate que se hundió justamente por sus apariciones públicas y al que todos los resentimientos que fue gestando con sus actitudes se le volvieron en contra.

No está claro si por esto o porque Adorni no es un miembro permanente de la casta a la que buscaba pertenecer. Los conocedores presagian que no habrá impunidad en el futuro. A la pregunta de si la llamativa velocidad investigadora se aplacará con su salida del Gobierno, contestan: “Ahora se le viene lo peor”.

¿Muerto Adorni se acabó la rabia? En el Gobierno creen que no. Por eso, esto también es una derrota para el Presidente. Porque siempre creyó que después de su jefe de Gabinete irían por él. La paranoia tiene lógica en la narrativa libertaria, pero también en los esfuerzos de una oposición que denuncia que la corrupción es parte necesaria, pero no el peor de los males de un sistema de expoliación de las mayorías y de entrega de recursos soberanos como pocas veces se vio.

En este sentido, ni siquiera el caso Adorni frenó los planes del Gobierno. El miércoles en la Cámara de Diputados se dio media sanción al Súper RIGI, una nueva versión del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), un esquema que amplía los beneficios para grandes capitales y extiende por décadas sus ventajas fiscales, cambiarias y aduaneras.

El nuevo régimen tendrá una vigencia de cinco años para que las empresas presenten proyectos, con la posibilidad de que el Ejecutivo lo prorrogue por un año más. Una vez aprobados, los beneficios se mantendrán durante 30 años. El RIGI original había sido creado por dos años y el Gobierno ya había utilizado la facultad de extenderlo por 12 meses.

La principal novedad es una nueva baja del Impuesto a las Ganancias. Mientras empresas, pymes y trabajadores alcanzados por el impuesto pueden pagar una alícuota del 35%, los proyectos adheridos al régimen pasarían del 25% del RIGI inicial a apenas el 15%.

En comercio exterior, el esquema también suma ventajas extraordinarias: las empresas podrán exportar sin obligación de ingresar las divisas al país, quedarán exentas de retenciones desde el primer día y podrán importar bienes sin pagar aranceles ni impuestos aduaneros.

Para acceder al régimen, los proyectos deberán implicar inversiones mínimas de u$s1.000 millones en sectores considerados estratégicos o de “frontera tecnológica”: minerales críticos como litio y uranio, energías renovables, hidrógeno verde, vehículos eléctricos, tecnología nuclear y otros desarrollos vinculados a nuevas industrias.

Detrás del discurso falaz de innovación y desarrollo tecnológico aparece una nueva forma de extractivismo que busca atraer megainversiones vinculadas a la inteligencia artificial y la instalación de grandes centros de datos, sectores que requieren enormes volúmenes de energía y recursos, pero generan muy pocos puestos de trabajo.

Ese mismo día, el canciller Pablo Quirno y el embajador argentino en los EEUU, el tecnomagnate Alec Oxenford, anunciaron la adhesión de la Argentina a La Pax Sillica. La iniciativa es una jugada de los Estados Unidos para potenciar un armado propio que le garantice control hemisférico en la disputa que tiene con China por la inteligencia artificial y los insumos estratégicos que sostienen el desarrollo tecnológico del siglo XXI.

A esto se suma el proyecto de reforma de la Ley General de Sociedades presentado por el Gobierno, que propone darles personalidad jurídica, patrimonio y responsabilidad limitada propios a las sociedades automatizadas. Estas son entidades corporativas operadas por algoritmos o inteligencia artificial (IA), sin empleados, pero, sobre todo, con una responsabilidad jurídica difusa. Una suerte de paraísos fiscales tecnológicos.

La otra pata del proyecto libertario se apoya en la ya mencionada Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada. Si obtiene el acompañamiento legislativo que el escándalo de Adorni frenaba, se eliminarán las restricciones para la compra de tierras de extranjeros, sean personas físicas o sociedades.

El nuevo paradigma que propone el Gobierno —y que la oposición dialoguista ayudará a consagrar— solidificará una economía de enclave donde el crecimiento quedará para muy pocos y las grandes mayorías lo verán con la ñata contra el vidrio. Este proceso no cambia con la salida de Adorni. Más bien, todo lo contrario. Se acelerará.