Esta semana Argentina volvió a demostrar que, en materia de superstición y superchería política, para nuestra dirigencia hay un escalón más abajo al que se puede descender.
El insólito evento con un "hombre imantado" organizado por el oficialismo legislativo reaviva los viejos fantasmas del movimiento antivacunas.
Esta semana Argentina volvió a demostrar que, en materia de superstición y superchería política, para nuestra dirigencia hay un escalón más abajo al que se puede descender.
La diputada del PRO Marilú Quiroz organizó —con el aval del presidente de la Cámara, Martín Menem— lo que llamó un “Ateneo Científico”. El nombre prometía ciencia; la realidad entregó un espectáculo más cercano al esoterismo y al oscurantismo que al conocimiento científico.
Entre datos falsos y teorías “conspiranoicas”, el pináculo del delirio lo alcanzó la “demostración” de un hombre “supuestamente” imantado por la vacuna del COVID 19, al que se le adherían metales como si fuera una heladera viviente. Ciencia ficción, sin ciencia.
A la cita no podía faltar Chinda Brandolino, una mujer abonada al negacionismo pandémico. La misma que en plena crisis sanitaria rondaba por los programas de TV de Viviana Canosa, Nicole Neumann o Gisela Barreto creando curiosos vínculos y asociaciones entre inoculación de microchips, Bill Gates, distanciamiento social, esterilización, y afección de células que volvían a los humanos vacunados en una suerte de imanes con dos patas.
Consultada la diputada Quiroz tras la realización del Ateneo, eligió redoblar la apuesta y dar a entender, que ni la pandemia ni la eficacia de las vacunas, realmente existieron. Un acto de audacia que, visto desde el presente, solo puede clasificarse como malicioso y delirante.
Todo esto nos sigue ocurriendo pese a que la evidencia local y global demuestra que la pandemia terminó gracias a las vacunas.
Los movimientos antivacunas en el mundo, son tan antiguos como la misma vacuna. El creador de la antivariólica Edward Jenner también fue víctima de la caza de brujas de su época recibiendo todo tipos de acusaciones aunque el tiempo le daría la razón y finalmente se convertiría en el Padre de la Inmunología, gracias al reconocimiento internacional por su aporte.
La traumática variolización que había sufrido Jenner en su infancia —un procedimiento antiguo de origen turco, usado desde 1721 en Inglaterra, muy riesgoso, que provocaba muertes y graves secuelas pero con cierta efectividad— lo llevó a investigar si la viruela bovina podía proteger contra la humana.
En 1796 comprobó su hipótesis al inocular a un niño con ambos virus sin que enfermara, y replicó el éxito en otras 22 personas. No solo nació la primera vacuna, sino también el término como deriva de las vacas.
Sin embargo, casi de inmediato emergió uno de los primeros movimientos antivacunas de la historia: médicos londinenses advirtieron, sin ningún tipo de evidencia, que los pacientes “se convertirían en vacas lentamente” mientras que grupos organizados difundieron caricaturas que mostraban a los vacunados con apéndices animales, lo que sembró miedo, confusión y rechazo en la opinión publica.
Pese a esa campaña de desinformación temprana, la vacunación se expandió por Europa, impulsó expediciones sanitarias como la de 1803 hacia Latinoamérica y campañas globales coordinadas desde 1958 que permitieron que la OMS declarara la erradicación de la viruela en 1980.
Más cerca en el tiempo, el movimiento antivacunas contemporáneo encontró su explosión definitiva a partir de un episodio que marcó a la comunidad científica. En 1998, el médico británico Andrew Wakefield publicó en la prestigiosa revista The Lancet un estudio basado en solo 12 niños vacunados contra el sarampión, en el que sugería —sin evidencia sólida— un vínculo entre la vacuna triple viral y el autismo. Según su hipótesis, la inmunización provocaba una inflamación gastrointestinal severa que derivaba luego en inflamación cerebral y trastornos del espectro autista.
El impacto fue inmediato: la vacunación contra el sarampión cayó drásticamente en Europa y varios países recurrieron a multas para frenar el avance del rechazo.
La trama finalmente se desmoronó en 2004, cuando se reveló que Wakefield había solicitado, meses antes de la publicación en la prestigiosa revista, una patente para una vacuna alternativa contra el sarampión que competiría en el mercado médico con la ya existente. Lo suyo -quedo demostrado- era un claro conflicto de intereses.
En 2010, el Consejo General de Medicina del Reino Unido le retiró la licencia médica por conducta irresponsable, antiética y engañosa. The Lancet se retractó del articulo publicado. Pero el daño ya estaba hecho, y las esquirlas de ese episodio aún continúan teniendo efectos a nivel mundial
La historia, una vez más, nos interpela con voz clara, insistente y profundamente humana. Cada vez que la ignorancia levanta la voz, la ciencia responde con vidas salvadas.
Las vacunas no son dogmas, ni caprichos estatales, ni ideología política sino la herramienta que ha permitido enterrar enfermedades que arrasaron la humanidad, y alargar notoriamente la expectativa de vida a través de los siglos.
El verdadero análisis impide el uso de teorías conspirativas, imanes humanos o ateneos habitados por pseudocientíficos y librepensadores. Los funcionarios que actúan como cómplices traicionan la memoria de quienes dejaron su vida en el combate de enfermedades y ponen en riesgo la salud de la población actual.
Dedico este artículo periodístico a todos los científicos del CONICET que hoy padecen el desinterés de un gobierno que habilita, por acción u omisión, manifestaciones publicas de la más supina ignorancia. Y recordar, que a pesar de los recortes y del desprecio que atraviesa nuestro sistema científico, ellos continúan con su labor.
Hace apenas unos días se presento la primera terapia inmunológica basada en células contra el melanoma cutáneo, un avance histórico liderado por el científico argentino José Mordoh. Un desarrollo que será producido por el Laboratorio Cassará que llevará esta vacuna, no solo a pacientes argentinos sino también al mundo.
En tiempos de falsas noticias y desinformación, este avance nos recuerda que es la investigación y no la ignorancia la que salvan vidas. No son los discursos conspirativos los que curan sino los médicos. Ese es el contraste mas elocuente: de un lado ruido vacío y del otro un país capaz de producir ciencia aún cuando se pretende enmudecerla quitándole recursos y avalando acciones como las de la diputada Quiroz.
Falta ahora que el gobierno exprese de que lado de la rampa quiere estar, porque lo acontecido no es cuestión menor ya que implica la difusión de falsa información que conlleva un posible riesgo sanitario nacional. De la Ciencia o de la superchería? De la vida o de la muerte?
El PRO -partido al que pertenece la diputada Quiroz- eligió emitir un tibio comunicado de rechazo, casi un susurro cercano a lo inaudible, un “qué macana” institucional que difícilmente compense el daño que la señora ocasiona con la desinformación al tejido social.
Sería esperable, luego de tamaño despropósito que el presidente del partido evalúe la expulsión de la diputada que - gracias a Dios-dentro de pocos días termina su mandato; en tanto que la Asociación Médica Argentina debería medir una sanción para la médica Brandolino
Con respecto a la responsabilidad del Presidente de la Cámara de Diputados Martín Menem, sería prudente que el Ministro de Salud expresase su opinión o que el implicado pidiese disculpas, pero poco puede esperarse de un gobierno que en febrero de 2025 anunció su deseo de retirarse de la OMS.
Mientras tanto, la realidad —tan terca ella— sigue recordándonos que las vacunas salvaron millones de vidas. Y que, lamentablemente, aún no existe una que inmunice contra el disparate. Los datos de la OMS son reveladores al respecto: las vacunas salvan entre 2 y 3 millones de vidas al año y a lo largo de los últimos 50 años han salvado al menos 154 millones de vidas.
Hasta el momento y como siempre ninguna voz oficial hablo al respecto…Silencio Stampa