Hace no mucho tiempo, el Presidente reivindicó, con énfasis, la figura de Adam Smith y la centralidad de la libertad como fundamento moral del orden económico. Fue durante el homenaje a su figura organizado en el Palacio Libertad.
La libertad en el mercado no se agota en la ausencia de coerción. La tradición clásica presupone algo más profundo: decisiones informadas, expectativas razonables y ausencia de engaño deliberado.
Hace no mucho tiempo, el Presidente reivindicó, con énfasis, la figura de Adam Smith y la centralidad de la libertad como fundamento moral del orden económico. Fue durante el homenaje a su figura organizado en el Palacio Libertad.
Se ha dicho —con razón— que el mercado no es solo un mecanismo eficiente, sino también un sistema justo, en tanto descansa en decisiones libres, voluntarias y descentralizadas. Pero esa afirmación exige una condición previa ineludible: que las decisiones sean efectivamente libres.
El caso “$Libra” —tal como ha sido descrito públicamente— obliga a detenernos en este punto. ¿Qué libertad tuvieron quienes decidieron invertir en un activo financiero desconociendo que detrás del producto podía existir un esquema diseñado para capturar liquidez mediante información asimétrica, construcción artificial de confianza y eventual manipulación del precio?
Formalmente, puede decirse que nadie fue obligado. Nadie fue coaccionado en sentido físico. Pero la libertad en el mercado no se agota en la ausencia de coerción.
La tradición clásica —desde Adam Smith en adelante— presupone algo más profundo: decisiones informadas, expectativas razonables y ausencia de engaño deliberado. Sin estos elementos, el intercambio deja de ser un acto de libertad y pasa a ser una elección viciada.
Cuando la información relevante es falsa o incompleta, cuando la confianza se construye sobre señales artificiales —incluyendo vínculos políticos o reputacionales— y cuando el diseño mismo del producto favorece a quienes controlan su lanzamiento en detrimento de quienes ingresan después, la libertad se vuelve, en el mejor de los casos, aparente. Y si la libertad es sólo aparente, la legitimidad del resultado también lo es.
Aquí aparece un punto aún más delicado: la moral.
Sostiene el Presidente que la defensa del mercado no es solo económica, sino moral. Que la libertad es, en sí misma, una expresión de justicia. Pero esa afirmación —correcta en su esencia— se vacía cuando se invoca para encubrir prácticas que la contradicen. Porque cuando un esquema potencialmente engañoso se presenta bajo el lenguaje de la libertad, lo que emerge no es moral, sino su simulación. No es libertad: es su apariencia. No es mercado: es su distorsión. No es ética: es falsa moral. Y la falsa moral es particularmente peligrosa, porque no niega los valores: los utiliza. Se apropia del discurso de la libertad para legitimar conductas que, en los hechos, la erosionan.
Adam Smith nunca defendió un mercado sin reglas, ni un sistema donde la astucia o la manipulación sustituyen a la competencia genuina. Por el contrario, advirtió sobre los peligros de los privilegios, las colusiones y las ventajas indebidas. El mercado, para Smith, es un orden moral antes que un simple mecanismo de intercambio.
Por eso, el problema que plantea un caso como “$Libra” no es un exceso de mercado. Es, precisamente, su negación.
No estamos frente a una expresión del libre juego de la oferta y la demanda, sino ante una posible distorsión del proceso de formación de precios y asignación de recursos. No hay allí orden espontáneo, sino intervención estratégica en beneficio de unos pocos.
La consecuencia es clara: no hay verdadera libertad económica cuando las decisiones se toman bajo engaño. Y sin libertad real, no hay justificación moral del resultado. Si la defensa del mercado se apoya —como se ha afirmado— en su superioridad moral, entonces esa defensa exige coherencia. No alcanza con invocar la libertad; es necesario garantizarla. Porque cuando el mercado es manipulado, deja de ser mercado. Y cuando deja de ser mercado, deja también de ser justo.
Ese es el verdadero punto de Adam Smith. Y también, quizás, el desafío más profundo del presente: evitar que, en nombre de la libertad, se legitime su negación.
*El autor es Director Adjunto del Centro Internacional de Estudios, Investigación y Prospectiva Parlamentarios (CIDEIPP) de la Universidad Austral.