El Caribe en disputa entre el Dragón chino y el Leviatán norteamericano
La victoria de Laura Fernández en Costa Rica consolida en 2026 el giro hacia el “modelo Bukele” y el fin del excepcionalismo regional. Mientras Washington militariza el Caribe para blindar su frontera, Pekín avanza con su diplomacia de infraestructura. Un análisis sobre cómo la región sacrifica libertad por supervivencia ante la disputa de las superpotencias.
Trump junto a Xi Jinping, durante su primer mandato.
Reuters
El Caribe ya no se divide por ideología, sino por capacidad de control. El triunfo electoral en San José marca el fin de la "Suiza centroamericana" y la consolidación del "Modelo Bukele". La nueva mandataria basó su campaña con el eslogan de “mano dura” y orden público, logrando el 53% de los votos en la primera vuelta. Este cambio electoral fue impulsado por una crisis de seguridad sin precedentes: el país registró récords históricos de asesinatos en 2024 y 2025, vinculados principalmente a la exportación de narcóticos y al enfrentamiento de bandas criminales.
Fernández es una líder que ha prometido intensificar la cooperación con el brazo ejecutor de la nueva política de "dominio hemisférico" estadounidense, el USAWHC, integrando capacidades de defensa nacional con operaciones de seguridad exterior en la región. Su administración ha buscado un realineamiento inmediato con Washington. El secretario de Estado de EE. UU. la felicitó formalmente subrayando que la seguridad y la estabilidad de Costa Rica son “prioridades compartidas”. Este giro no es aislado, sino el síntoma de una transformación regional más profunda.
El nuevo consenso: orden, cárcel y control
Diferentes países caribeños enfrentan una gran dificultad frente a las milicias armadas que erosionan la seguridad de sus naciones. Frente a ello, países como El Salvador, optaron por crear el encarcelamiento masivo de pandilleros en el Centro de Confinamiento para el Terrorismo (CECOT) que ha trascendido las fronteras para establecerse como un marco de referencia regional.
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Centro de Confinamiento para el Terrorismo (CECOT). Fuente: Gobierno de El Salvador.
Si bien el país está en una situación delicada frente a la erosión del Estado de Derecho y de las violaciones a los derechos humanos en estas cárceles, su modelo generó presión política en países vecinos para que establezcan el mismo sistema: Honduras y Jamaica lo están debatiendo. Costa Rica, está a pasos de implementarlo con Fernández.
Sin embargo, El Salvador demuestra que la hegemonía de EE. UU. ya no es absoluta. Bukele ha logrado "commoditizar" su soberanía: recibe estadios y bibliotecas por parte de donaciones de China, mientras mantiene el comercio y la seguridad atados a Estados Unidos. No es un alineamiento ideológico con Pekín, es una estrategia de supervivencia y autonomía frente a Washington. Al igual que Laura Fernández, ambos buscan la estrecha relación con el país del norte.
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Biblioteca Nacional de El Salvador (BINAES) hecha con financiamiento chino. Foto X: @PresidenciaSV
La arquitectura del control: EE. UU. en el Caribe
Estados Unidos en el Caribe tiene mucho más que influencia diplomática: despliega una arquitectura de seguridad diseñada para blindar su hegemonía. Su control político se ejerce a través de la fuerza tangible con una red de bases, radares y acuerdos operativos que convierten a la región en su primera línea de defensa. La lógica es de supervivencia estatal: Washington sabe que si pierde el control político y de bases militares en el Caribe pierde la llave de su propia frontera sur.
Esta red tiene su anclaje logístico en Puerto Rico y se extiende hasta las Bahamas, donde Washington opera un activo irreproducible: el Atlantic Undersea Test and Evaluation Center (AUTEC). Allí, aprovechando la anomalía acústica de la “Lengua del Océano” —aguas ultra profundas protegidas del ruido abierto—, el Pentágono prueba sus submarinos nucleares y sonares de última generación lejos del espionaje rival (Rusia o China), consolidando una ventaja tecnológica indetectable bajo el mar.
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Fuente: Orden Mundial.
Mientras las instalaciones en Aruba y Curazao funcionan como un “panóptico electrónico” para monitorear comunicaciones militares en tiempo real, Honduras aporta el músculo terrestre desde la base Soto Cano, garantizando la mayor capacidad de despliegue rápido de tropas en la región. El cerco estratégico se cierra en el Pacífico con el Cooperative Security Location de Comalapa (El Salvador), desde donde aviones equipados con sensores térmicos aseguran que el flanco occidental no sea un punto ciego para su seguridad.
La obsesión del Norte: Cuba como emergencia nacional
Cuba, obstáculo histórico para la proyección hegemónica de Washington, enfrenta consecuencias devastadoras. La administración Trump ha redefinido la relación como un “antagonismo existencial”, desplegando sanciones energéticas extraterritoriales y designando a la isla como “emergencia nacional” para neutralizar sus alianzas con Pekín y Moscú.
Esta presión externa se combina con una crisis económica que tiene al 89% de las familias cubanas en la pobreza extrema y ha provocado una crisis energética crónica debido a la falta de combustible e infraestructura obsoleta. La situación humanitaria es crítica, con una escasez de alimentos que afecta severamente a la mayoría de la población, detonando un éxodo migratorio masivo.
El gobierno cubano, luego de la muerte de Fidel Castro, ha intentado comenzar alianzas comerciales para paliar la escasez de alimentos e insumos básicos, pero la militarización del Caribe ha impedido que la pequeña isla logre su cometido. Es así como, impidiendo el comercio global, el régimen comunista tiene un doble conflicto: interno con su población empobrecida y externo con el vecino norteamericano.
La trampa del déficit: cuando las cifras no cuentan toda la historia
Esta lógica de asfixia no solo falla en lo humanitario, sino también en lo matemático. Desde la Casa Blanca se ha intensificado una ofensiva arancelaria de alcance global contra aliados y rivales bajo la premisa de corregir desequilibrios comerciales, y Cuba no ha sido la excepción. Sin embargo, esta estrategia encierra una trampa analítica: imponer aranceles basándose exclusivamente en el déficit de bienes —la diferencia entre exportaciones e importaciones— supone reducir el análisis a las mercancías físicas, ignorando que dicho desbalance se ve ampliamente compensado por el superávit estadounidense en servicios y por su posición dominante en los flujos globales de capital.
Así, Washington omite deliberadamente su balanza de pagos en sentido amplio, donde las cifras resultan elocuentes: Estados Unidos mantiene déficits comerciales en bienes con más de un centenar de países como consecuencia de su desindustrialización relativa, pero los compensa mediante un superávit masivo en la exportación de servicios y una hegemonía estructural en la cuenta financiera internacional.
Este enfoque configura un recurso discursivo destinado a legitimar una ofensiva geoeconómica orientada a contener la expansión de la influencia china —y, en menor medida, la de otros actores emergentes— en el sistema internacional.
La otra cara del Caribe: el caso chino
La estrategia de Pekín en el Caribe es asimétrica a la de Washington. Basada en el principio pragmático de la “no injerencia política”, China no despliega bases sino activos logísticos. Donde el Pentágono ve amenazas de seguridad, China ve oportunidades de mercado, sobre todo en una región que contiene el Canal de Panamá. Esta diplomacia comercial resulta sumamente atractiva para economías asfixiadas que buscan liquidez sin los condicionamientos ideológicos o fiscales que suelen imponer Occidente o el FMI.
Según el especialista argentino Sergio Cesarín, el país asiático aplica una estrategia de posicionamiento regional de largo plazo que contempla la resiliencia, persistencia y continuidad. A través de la diplomacia público-privada, los países latinoamericanos consideran a China un socio confiable que no les pide cerrar sus negociaciones con otros países competidores como sucede con Estados Unidos.
Esta actuación estadounidense es abismal para el comercio internacional ya que trae incertidumbre por las ambivalencias del posicionamiento e ignora las regulaciones de la Organización Mundial del Comercio (OMC) a la hora de poder entablar negociaciones. Otra vez, las instituciones internacionales sufren una nueva erosión en sus filas pero esta vez de quién creó este orden mundial en la posguerra.
China persigue la construcción de su poder global a través de la expansión económica. Su objetivo de “desarrollo compartido” es una estrategia de integración de largo plazo que crea una interdependencia económica mucho más difícil de romper que un cerco militar.
El gigante asiático comprendió que el verdadero beneficio recíproco no es coercitivo, sino de incentivos. En este sentido, oferta la apertura de su propio mercado de 1.400 millones de personas a los productos provenientes de la región, la inversión multinivel, el acceso al crédito a tasas competitivas y el financiamiento de obra pública de gran envergadura —véase el proyecto de titularidad privada mayoritariamente china del puerto de Chancay en Perú por 3.500 millones de USD y la donación de 54 millones de dólares a la Biblioteca Nacional de El Salvador—. Además ofrece nuevas oportunidades en planes elaborados con fondos públicos y privados focalizados en economía verde, vehículos eléctricos, IA e infraestructura digital.
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El megapuerto de Chancay en formato 3D. Fuente: La Nación
Aunque la Casa Blanca intente levantar cercos arancelarios, el comercio chino es resiliente: si no se logra concretar un intercambio directo entre los países, se reconfiguran mediante una triangulación vía Hong Kong, Vietnam o algún país del Sudeste Asiático. Es por ello que, en lugar de lograr una relocalización de la producción de bienes, con la suba de aranceles estadounidenses solo se logró una reasignación de la cartera de proveedores con el mismo fabricante: China.
En resumidas cuentas, el país bajo un régimen de partido único se ha erigido como el principal promotor de la globalización comercial y la integración económica. Por el contrario, Estados Unidos parece replegarse hacia el proteccionismo. Esto invita a examinar con rigor el capitalismo chino, un modelo que, al margen de debates ideológicos, está demostrando una eficiencia en la asignación de recursos y ejecución de proyectos que desafía los tiempos y mecanismos de las democracias liberales tradicionales. Por ahora, si seguimos las bases del capitalismo, en China es donde mejor funciona.
Del Leviatán al Dragón: La reconfiguración del contrato social caribeño
En un mundo inestable, la oferta china de infraestructura tangible y crédito rápido se presenta como una alternativa pragmática frente a la propuesta securitizada de Washington. El Caribe no está eligiendo “amigos”, está eligiendo supervivencia y soñando con la prosperidad económica.
La dinámica actual revela una asimetría estructural: Pekín ofrece capital, infraestructura, crédito y tecnología sin condicionalidades políticas, mientras que Estados Unidos refuerza sus lazos mediante la cooperación en seguridad, migración y la exigencia de los estándares institucionales occidentales. Ante esto, los Estados caribeños se ven obligados a navegar una estrategia de "no alineamiento activo", buscando maximizar el beneficio de las inversiones asiáticas sin comprometer su relación vital con la Casa Blanca.
Finalmente, como advertía Thomas Hobbes en el Leviatán, la motivación primaria del contrato social no es la libertad, sino la huida de la muerte violenta. En gran parte de Centroamérica, el pluralismo democrático ha sido desplazado por una urgencia biológica: el intercambio de derechos civiles por la garantía de supervivencia, tal como sucede en El Salvador y la nueva presidenta de Costa Rica. Ante el caos, el soberano absoluto -el Estado- no es visto como un opresor, sino como el ejecutor necesario de la paz.