Al hablar de aquellos años, sonríe y vuelve a las tardes en la vereda de la casa de Flores donde crecieron, siempre con una pelota de por medio, “era la pelota adentro y afuera, en la vereda. Era otra la vida”, evocó. Entre risas, también recordó el lugar que ocupaba ella en esos partidos improvisados, “Mirko me ponía de arquera, entonces me metía los goles”.
-¿Qué recuerdos guardas de sus años más felices?
-Él era feliz cuando jugaba al fútbol en la calle, también lo hacía feliz ir a bailar con sus amigos. Estar con nosotros, me acuerdo que venía mucho a mi casa a hacer asado y lo recuerdo jugando a la PlayStation en la sala.
-¿Hay alguna anécdota que recuerdes de él?
-Sí, así como era tímido, también era muy travieso. Nosotros teníamos una casa de dos pisos, y yo dormía con mis hermanos en una habitación chiquitita, entonces cuando Mirko quería salir, se escapaba por el árbol, y cuando volvía a la madrugada, me tiraba una cosas a la persiana para que le abra la ventana y de nuevo se trepaba por el árbol, sin que mi mamá ni mi papá sepan.
-¿Hasta dónde imaginaba llegar con el fútbol?
-Él quería ser profesional, no sé si se imaginaba en Europa, pero quería jugar profesionalmente y ganar su plata.
En 1996 Mirko logró convertirse en una de las grandes promesas de San Lorenzo y comenzaba a ganar reconocimiento dentro y fuera del club, “a mi hermano le empieza a ir bien, entonces en el barrio se hace más conocido, pero para mí era mi hermano Mirko. No era el futbolista famoso al que le iba bien y que se iba a ir a Europa, seguía siendo mi hermano, ese al que yo le lustraba los botines de chiquita”, recuerda.
-¿Cómo se llevaba con la exposición que le dio el fútbol?
-Le encantaba el fútbol, pero no le gustaba mucho la exposición. Cuando iba al shopping se ponía capucha, no quería que lo vean, se escondía.
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Mirko en la reserva de San Lorenzo.
El sueño del pibe también trajo una presión difícil de manejar, que más tarde se convirtió en una pesadilla. Mirko empezó a verse afectado por las exigencias que implicaba rendir dentro de la cancha. “Cuando empezás a jugar en Primera, los hinchas te daban con un caño, si jugás mal o si jugás bien. Entonces, él sufría también por las exigencias, no solo del club, sino también de los hinchas. Todo esto le empezó a hacer ruido y empezó a tener miedo”, relató.
-¿Empezaste a notar un cambio en el?
-Y al principio no te das cuenta, pero después pensas, y entras en conciencia por las cosas que decía, ‘mi vida no tiene solución’ y yo le preguntaba pero Mirko, ¿qué es lo que no tiene solución justamente? El decía, ‘a mi vida no le encuentro sentido’.
-La misma frase se la dijo a Ruggeri…
-Sí, él nos contó. Entonces mis viejos lo llevaron al psicólogo y lo derivaron al psiquiatra porque lo tenían que medicar, pero él le tenía mucho cagazo porque eso le podía afectar su carrera ‘van a decir que estoy loco’, me decía, también creía le podía dar positivo en el control antidoping. A pesar de todo, no quería alejarse del fútbol.
Una sonrisa pícara que disimulaba el dolor
En los meses previos a su muerte, Mirko atravesó una serie de situaciones difíciles. En diciembre de 1999 sufrió la rotura del ligamento cruzado de una de sus rodillas. A eso se sumó un pase frustrado al Real Madrid, luego de que San Lorenzo rechazara una oferta cercana a los 10 millones de dólares por considerarla poca.
En marzo del 2000, protagonizó un accidente de tránsito mientras manejaba su primer auto. Como todavía era menor de edad, el vehículo estaba registrado a nombre de su padre. Aunque no hubo heridos, el episodio tuvo un fuerte impacto en el futbolista y se sumó a un contexto personal que ya era complejo.
Según recuerda su hermana, la otra persona involucrada, al ver que se trataba del jugador de San Lorenzo, intentó sacar provecho de la situación, algo que afectó profundamente a Mirko. “Él pensaba que su papá iba a ir preso porque el auto estaba a su nombre y eso le afectó muchísimo. Mirko no podía creer que existiera gente así, decía '¿por qué me hacen esto?'”, contó.
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Mirko con su abuela croata "akita".
Sin embargo, para Mar hubo un episodio que marcó un antes y un después en la vida de Mirko. Una joven de su barrio con la que el jugador había mantenido una relación le dijo que estaba embarazada: "Como hermana le dije, hacete un ADN, porque nosotros vivíamos en el mismo barrio y sabíamos cómo era la chica. Ella también tenía 21 años, iba a bailar. Cuando mi hermano estaba concentrado, ella salía y le mentía”. A pesar de las dudas que existían en su entorno, Mirko decidió asumir la paternidad y acompañar el embarazo desde el primer momento.
- ¿Se hizo el ADN?
-Si, yo lo acompañé. Le dio negativo. Eso le hizo muy mal, porque imagínate el machismo que existe en el fútbol, él apenas se enteró del embarazo fue al club y lo contó. Sus compañeros le empezaron a regalar cosas para el bebé, ¿te imaginas ir y decir que al final no era tuyo? Yo siento que eso lo rompió, porque a pesar de ser muy joven y con esa actitud de niño, él soñaba con tener una familia, no se si con esa chica, pero ya se había encariñado. Después de eso él ya no era el mismo, como que se empezó a desdibujar. A veces pienso que, si ese hijo hubiera sido de el, quizás no se habría quitado la vida.
El 4 de abril del 2000 parecía ser una mañana como cualquier otra. Sin embargo, todo cambió cuando la madre de Mirko subió a su habitación y se encontró con una escena que la marcaría para siempre. “Mi mamá se llevó la peor parte, porque es la que lo encontró”, recordó.
Mientras manejaba rumbo a la casa de su mamá para pasar a buscar a ella y a Mirko e ir a comer a lo de su abuela, a quien todos llamaban “Akita”, vio a su mamá, todavía en camisón, pidiendo ayuda en la puerta que daba a la calle -la misma puerta que jamás volvió a cruzar-. Había muchos vecinos y periodistas: “Las cámaras estaban por todos lados, hasta trepadas a los techos”, recordó.
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Mirko Saric, el joven que ilusionó a los hinchas de San Lorenzo.
- ¿Qué hiciste?
-Me bajé del auto y grité, “¿qué pasó?”. Una vecina me dice: tu hermano Mirko. Yo pensé que había tenido un ataque de pánico, no que se había suicidado. Cuando subí no lo podía creer, se suicidó con la misma sábana con la que durmió, la colgó en la barra que usaba mi hermana para sus ejercicios de columna. Después descubrimos que había usado la computadora para buscar ‘cómo matarse’. Lo tenía planeado para que le salga bien, como para no sobrevivir y que nadie lo detenga.
- 26 años después, ¿hay cosas que en aquel momento no entendías y que ahora sí podes entender?
-La depresión es muy silenciosa, al margen que hay veces hay distintos tipos de depresión, algunos están en la cama, pero mi hermano no era ese, siempre estaba con una sonrisa. El lunes él fue a entrenar y el martes se mató. La dibujaba muy bien. Nosotros lo recordamos así, siempre con una sonrisa.
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Los hermanos Saric (de izquierda a derecha) Mirna, Martin, Mirko y Mar.
La historia de Mirko ocurrió en una época en la que la salud mental de los futbolistas era un tema tabú. Mientras hoy los clubes cuentan con equipos interdisciplinarios y los jugadores se animan a visibilizar sus problemas emocionales, a fines de los noventa la presión, las lesiones y los conflictos personales quedaban en la sombras de los vestuarios. Su caso, anticipó un debate que el fútbol tuvo que poner sobre la mesa tiempo después. “Hay personas, generaciones que no lo conocieron y llevan el nombre de mi hermano. Aunque estuvo poco tiempo terrenalmente, después de 26 años siguen hablando de su sonrisa”, recordó Mar.