Corría el año 2004 y un anónimo envió un e-mail a la Asociación del Fútbol Argentino en el que sugería seguir de cerca a un juvenil rosarino que la estaba rompiendo en las inferiores del Barcelona. A la semana, misteriosamente, llegó un video con jugadas para mostrarlo en acción: la filmación pasó de José Pekerman a Hugo Tocalli; no quedaban dudas de que ese pibe, llamado Lionel Messi, tenía una habilidad distinta.
La novedad llegó a oídos de Julio Grondona, el presidente de la AFA, quien para conocer un poco más de ese chico rosarino que se había ido a tierras catalanas, habló con el mandamás de la Federación Española de Fútbol. Para su sorpresa, no solo lo conocía, sino que fue tajante: "Lo tenemos, así que te lo llevas para la Selección argentina o lo registramos en la juvenil de España".
Las instrucciones internas de Grondona fueron rápidas y precisas: había que traerlo a Buenos Aires y organizar un partido oficial, para que figurara oficialmente en planilla. En 72 horas había que obtener permisos de la Policía y conseguir un estadio. La sede sería la cancha de Argentinos Juniors y la confección de las entradas no sería un problema, ya que los asistentes concurrirían con diarios y papeles que luego serían donados al Hospital Garrahan. Pero todavía falta lo más importante: un rival.
Don Julio levantó el teléfono y llamó a Paraguay para hablar col el presidente de la federación de fútbol paraguaya, Nicolás Leoz.
-Necesito que venga a jugar una selección sub-22. Es un favor personal.
- Quedate tranquilo, le respondió Leoz.
Messi no salió de titular y no entró durante el primer tiempo, pero cuando arrancó el segundo período y Tocalli lo hizo ingresar, todos en la AFA respiraron aliviados. Messi era jugador de la Selección Argentina.
Más tarde, se convirtió en el mejor jugador del mundo, ganó seis veces el Balón de Oro y jugó cuatro Mundiales con la celeste y blanca. Era España o Argentina. Aquella jugada inclinó la balanza.