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Quiénes fueron los peores asesinos en serie de la historia Argentina y qué particularidades tenían

Es un recorrido por algunos de los capítulos más oscuros del país, que permite reflexionar sobre el crimen, la prevención y los límites de la condición humana.

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  • La historia criminal argentina está marcada por casos que, con el paso del tiempo, se convirtieron en referencias inevitables cuando se habla de violencia extrema y de perfiles que aún hoy generan preguntas. A lo largo de las últimas décadas, distintos asesinos en serie dejaron una huella imborrable en la memoria colectiva, no solo por la cantidad de víctimas, sino también por las circunstancias en las que actuaron y por los largos períodos en los que lograron eludir a la Justicia.

    Cada uno de estos casos expuso fallas, miedos y debates profundos dentro de la sociedad: desde la capacidad del sistema para detectar patrones de conducta hasta el rol de los medios en la construcción de figuras que, con el tiempo, se volvieron parte del imaginario popular. En muchos de ellos, las investigaciones revelaron rutinas, dobles vidas y comportamientos que, puertas afuera, parecían completamente normales.

    Estos son los principales asesinos en serie de Argentina

    forense

    A lo largo del siglo XX y lo que va del XXI, la Argentina fue escenario de una serie de crímenes que marcaron a fuego a distintas generaciones y dejaron nombres imposibles de borrar de la memoria colectiva. Desde los primeros casos registrados a comienzos del siglo pasado hasta episodios más recientes, varios asesinos en serie lograron sembrar terror durante meses o incluso años, aprovechando fallas en los controles, prejuicios sociales o simplemente el azar.

    El caso de Cayetano Santos Godino, el “Petiso Orejudo”, inauguró esta historia oscura: un joven que atacaba niños pequeños con una crueldad extrema y que combinaba sus crímenes con conductas piromaníacas, generando pánico en el Buenos Aires de principios de siglo. Décadas más tarde, Carlos Robledo Puch, “El Ángel Negro”, demostró que detrás de una apariencia juvenil e inofensiva podía esconderse un asesino metódico capaz de matar incluso a sus propios cómplices.

    A esa lista se sumaron figuras como Aníbal González Higonet, el “Loco del Martillo”, que desató una verdadera psicosis en Lomas del Mirador; Francisco Laureana, el “Asesino Puntual”, que atacaba con una regularidad casi obsesiva en San Isidro; y Celso Arrastía, que convirtió a Mar del Plata en un escenario de miedo con crímenes sexuales ritualizados.

    También quedaron grabados los nombres de Ricardo Melogno, el “asesino de taxistas”; Guillermo Álvarez, “El Concheto”, que robaba y mataba por placer; y Marcelo Antelo, vinculado a cultos esotéricos y a una violencia extrema en contextos de marginalidad. Todos ellos, con métodos y perfiles distintos, forman parte de los capítulos más perturbadores de la historia criminal argentina.

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