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Parecía inofensivo y la policía sospechó durante años: como atraparon al asesino de Green River

La investigación atravesó distintas etapas, incorporó nuevas tecnologías y obligó a revisar hipótesis que en un principio parecían firmes.

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  • El caso del llamado asesino de Green River se convirtió en uno de los capítulos más inquietantes de la crónica policial de Estados Unidos y mantuvo en vilo a investigadores y a la opinión pública durante años. A simple vista, el sospechoso parecía llevar una vida común y sin sobresaltos, lo que hizo que durante mucho tiempo pasara inadvertido en medio de una investigación que crecía en complejidad.

    Con el correr del tiempo, la policía fue reconstruyendo un patrón que revelaba que no se trataba de hechos aislados, sino de una serie de crímenes conectados entre sí. La historia de cómo finalmente se logró identificar y detener al asesino de Green River es también un reflejo de la persistencia de los investigadores y de cómo un perfil aparentemente inofensivo puede ocultar uno de los secretos más oscuros.

    Quién era el asesino de Green River y cono lograron atraparlo

    El caso del asesino de Green River, uno de los más extensos y complejos de la historia criminal de Estados Unidos, marcó durante décadas a la región del estado de Washington. El responsable fue Gary Ridgway, un hombre aparentemente común que trabajaba como pintor industrial y llevaba una vida discreta.

    Entre 1982 y finales de los años 90, asesinó a decenas de mujeres, en su mayoría jóvenes y adolescentes en situación de vulnerabilidad, muchas de ellas trabajadoras sexuales o fugitivas, lo que hizo que durante años sus desapariciones recibieran menos atención institucional.

    Las cifras oficiales lo ubican como uno de los asesinos en serie más prolíficos del país, con 49 homicidios confesados, aunque los investigadores sospechan que el número real podría superar los 70. Ridgway solía estrangular a sus víctimas y abandonaba los cuerpos en zonas boscosas o cerca del río Green, de donde proviene su apodo mediático. Durante los años 80 fue interrogado varias veces por la policía e incluso se sometió a un polígrafo, que logró superar, lo que le permitió seguir en libertad mientras los crímenes continuaban.

    Su captura recién fue posible en 2001, gracias a los avances en las pruebas de ADN, que permitieron vincularlo con restos biológicos encontrados en algunas de las víctimas. Una vez detenido, aceptó colaborar con la Justicia para evitar la pena de muerte y guiar a los investigadores hacia lugares donde había dejado cuerpos.

    En 2003 fue condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. El caso generó un fuerte debate sobre la desprotección de las víctimas marginalizadas y sobre las fallas iniciales de los sistemas de investigación criminal frente a asesinos seriales de larga duración.

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