Mercedes Sosa, la niña de pueblo de Tucumán que se convirtió en la voz de Latinoamérica

Nació un 9 de julio en Tucumán, hace 91 años y hoy su legado pervive como una de las grandes leyendas de la cultura argentina. Recordamos su infancia humilde, el nacimiento del Nuevo Cancionero, la persecución de la dictadura y los secretos de una "cantora" eterna.

Haydée Mercedes Sosa nació un 9 de julio, el Día de la Independencia, en San Miguel de Tucumán, y no parece ser un hecho casual. La geografía y la historia moldearon el destino de esa niña nacida en 1935, descendiente de diaguitas calchaquíes y de un obrero de ingenio azucarero. Su voz estaba destinada a convertirse en la resistencia de la libertad de todo un continente. Para entender el mito de "La Negra", tal como fue bautizada por su oscura y larga cabellera, y por sus raíces populares, hay que desandar los escenarios y escuchar a la mujer que había detrás del bombo.

Para las nuevas generaciones que no la conocieron, Mercedes Sosa no fue simplemente una intérprete de música folklórica, sino que era la voz de un frente cultural, un lugar de resistencia y un refugio de humanidad en los tiempos más oscuros de América Latina. “Ser cantora no es solamente tener cuerdas vocales bellas, sino es un frente cultural. El cantante canta porque puede; el cantor canta porque debe”, remarcó en una entrevista con el escritor Pacho O’Donnell.

El origen: pobreza, amor y el miedo a cantar

A pesar de su trascendencia universal, sus comienzos estuvieron marcados por la timidez y las privaciones materiales en su Tucumán natal. “Fuimos muy humildes, con muchas carencias de cosas materiales, pero con unos padres de calidad humana impresionante”, recordaría años después en una íntima charla íntima.

La cantora resaltó la figura de su madre como el sostén de la familia, por su fuerza, como compañera de su padre: “Mi madre salía a lavar para darnos de comer, no quería que nosotros trabajáramos ni cuidáramos hijos de otros. Hemos tenido pobreza, pero hemos tenido mucho amor en la casa. Eso me salvó del resentimiento y de la amargura”.

De aquella infancia heredó también la devoción por su padre: “Mi papá era un gran hombre. Se fue caminando al ingenio Guzmán... sufrió ese infierno para mantener a su familia. Una vida consagrada al trabajo”.

A los 15 años, la joven Mercedes Sosa desafió sus propios temores participando en un concurso de canto en LV12 Radio Tucumán. Pero hizo a escondidas, bajo el seudónimo de Gladys Osorio, por miedo a que sus padres descubrieran que quería cantar en los escenarios. Ganó el certamen, y la música, que siempre había vivido en ella, se volvió un camino sin retorno.

Sosa se definió a sí misma como cantora antes que cantante, dando testimonio del compromiso social con el arte.

Sosa se definió a sí misma como cantora antes que cantante, dando testimonio del compromiso social con el arte.

Mendoza, el Nuevo Cancionero y el portazo de Cosquín

Afincada en Mendoza, junto a su entonces esposo Manuel Oscar Matus y el poeta Armando Tejada Gómez, fundó en 1963 el Movimiento del Nuevo Cancionero, un manifiesto estético y político que buscaba integrar la música popular de todo el país en un mapa artístico común, dialogando de igual a igual con otras vanguardias como el Nuevo Cine Argentino de Rodolfo Kuhn.

Pero el camino no fue fácil. Tras grabar discos fundamentales como Canciones con fundamento, que al principio pasaron desapercibidos, Matus la abandonó en 1965. “Él me dejó, me abandonó con Fabián, con mi chiquito. Una chica tucumana se casa para toda la vida. Eso me destruyó; él no creía que yo iba a ser famosa y casi me vuelvo a Tucumán”, recordó la artista en varios reportajes. Sola, con un hijo en brazos y una profunda crisis emocional, resistió en Buenos Aires.

El destino cambió de golpe el 31 de enero de 1965, en la quinta edición del Festival de Cosquín. El icónico Jorge Cafrune, pasó por alto las directivas de la comisión organizadora que miraba con recelo la militancia comunista de Mercedes Sosa, la invitó a subir desde el público. “Me voy a recibir un tirón de orejas por la Comisión, pero les voy a ofrecer el canto de una mujer purísima... una tucumana: Mercedes Sosa”, anunció Cafrune.

Subió al escenario armada únicamente con una caja chayera y su voz viva para entonar la Canción del derrumbe indio. No era cualquier tema, es un lamento profundo sobre la conquista y el despojo de los pueblos originarios. El crítico Marcelo Simón recordaría tiempo después el backstage de aquel debut: “Me acuerdo que Julio Márbiz decía: '¿Quién es esa mina con esa pinta de sirvienta? ¿Qué hace acá?'”. Pero el público estalló en una ovación histórica. “Tuve un éxito muy grande y ahí me contrató la Philips para grabar. Fue la actuación definitiva”, subrayaba La Negra.

La persecución, la detención en La Plata y el desgarro del exilio

Con la llegada de la última dictadura cívico-militar en Argentina, en 1976, la figura de Mercedes Sosa entró de lleno en las llamadas listas negras oficiales, clasificada por los servicios de inteligencia bajo la denominación “fórmula 4” debido a sus antecedentes ideológicos de izquierda. Con ella la censura operó de forma asfixiante y progresiva.

Las amenazas de muerte habían comenzado en 1975. Tras la muerte de su segundo compañero y productor, Dámaso "Pocho" Mazzitelli, en 1978, la presión se volvió intolerable. El quiebre definitivo ocurrió el 21 de octubre de 1978 en el Almacén San José de La Plata. En medio del concierto, la policía irrumpió violentamente en el local, requisó a la cantora sobre el escenario y se la llevó detenida junto a las 150 personas del público. Tras pasar diez horas demorada en la Comisaría Segunda y pagar una fianza de mil dólares, Sosa entendió que su vida corría peligro inmediato. Luego de que empresarios como Lino Patalano y Daniel Tinayre sufrieran presiones para levantar sus shows en la costa, la cantora tomó una decisión: “Yo no quiero más humillaciones”.

El 2 de febrero de 1979, armada solo con “dos maletas y un bombo”, se exilió en Europa, viviendo primero en París y luego en Madrid. “Lo peor que debe pasar un artista son las guardias pretorianas. El artista debe ser libre de cantar lo que quiere, como quiere, donde quiere”, denunciaba con dolor sobre la censura, y el control moral y social de los genocidas.

El exilio fue una herida abierta. En una célebre mesa televisiva junto a Mirtha Legrand, Mercedes Sosa abrió su corazón: “Nunca se es feliz en un exilio. Nadie puede comprender de qué manera un ser puede aguantar tanto tiempo afuera... Veía el avión de Aerolíneas Argentinas cuando iba a un aeropuerto a tomar un avión de Air France o Alitalia y no lo miraba, porque ese avión significaba mi patria”.

En su departamento de Madrid, rodeada por su hijo Fabián y por refugiados chilenos o uruguayos, Mercedes resistía extrañando su tierra. “Volví de Europa porque estaba perdiendo energía, perdía la cultura. Tuve miedo de quedarme ahí, de acostumbrarme a las comodidades”, confesó sobre la vuelta tan esperada.

Años más tarde, al repasar con O'Donnell quiénes le habían tendido la mano en el exilio europeo, sorprendió con su honestidad sobre sus colegas: “Me ayudaron los franceses, los españoles, los colombianos y los brasileños para sobrevivir... los desgraciados como yo, los chilenos y los uruguayos. No me ayudaron los argentinos que se fueron a México; recién pude cantar en el 87 en México. En cambio, la gente de Alemania o de Israel, donde canté 'Pollerita' en los 80, fue de una locura y una generosidad muy grande”.

En noviembre de 2013, el Ministerio de Defensa halló actas secretas de las Juntas Militares escondidas en cajas fuertes y armarios de la Fuerza Aérea. Contienen los nombres de intelectuales, músicos, escritores y actores clasificados por su ideología, agrupados en la "Fórmula 4". Se les impedía trabajar o permanecer en la administración pública. Adeás de Mercedes Sosa, estaban los nombre de Osvaldo Pugliese y María Elena Walsh, según la información oficial sobre las listas digitalizadas durante la presidencia de Cristina Kirchner.

El regreso triunfal y el abrazo al rock

En febrero de 1982, con la dictadura militar en retirada y meses antes de la Guerra de Malvinas, Mercedes Sosa concretó su regreso histórico a la Argentina con una serie de 13 recitales memorables en el Teatro Ópera de Buenos Aires. Aquellas noches fueron un rito de purificación colectiva. “Hice 13 funciones con la gente que más que amarme a mí, allí estaba amándose a ella misma”, analizaba con una sensibilidad única.

Ese regreso consolidó también su alianza indestructible con el rock argentino. Mercedes rompió los prejuicios del folklore más ortodoxo y abrazó a las nuevas generaciones. Sentía una devoción especial por Charly García, con quien en 1997 terminaría cantando Rezo por vos en Cosquín: “Charly es muy inteligente. Cuando lo llevé a Cosquín se me vinieron encima como si fuera una peste. Él estuvo maravilloso. Me une a Charly mi cariño, mi admiración y el respeto que él tiene por mí”. Recordaba entre risas una frase de Charly que la conquistó para siempre: “Al entrar a un lugar, él me dijo: 'Hay gente que tiene anteojos negros de torturador adentro de los ojos'. Eso lo dice sólo un genio”.

"Gracias a la vida": la verdad como único estandarte

A lo largo de su carrera, Mercedes inmortalizó himnos como Alfonsina y el mar, Como la cigarra, Todo cambia o Cuando tenga la tierra. Pero fue Gracias a la vida, de la chilena Violeta Parra, la canción que transformó en un manifiesto universal. “Todos deberíamos dar gracias a la vida. Contra la muerte, la vida... No es una canción de amor de ella a un hombre, sino de amor hacia uno mismo. ¿Cómo no voy a agradecer a la vida una persona tan marginada como yo? Lo único que tenía era el dinero para sobrevivir, pero sin el canto esto hubiera sido un drama”.

La Negra falleció el 4 de octubre de 2009 a los 74 años. Su funeral en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso fue multitudinario; una fila de medio kilómetro de ciudadanos de a pie esperó bajo la lluvia para despedirla. Entre las personalidades que se acercaron, un conmovido Diego Armando Maradona sintetizó el sentir popular con una frase perfecta: "Murió una de las mejores del mundo, cantando no va a haber otra como ella. Pero por sobre todas las cosas, murió la diosa de la libertad".

A 91 años de su nacimiento en aquella humilde casa tucumana, el legado de Mercedes Sosa permanece intacto, libre de las trampas del olvido. Es el triunfo de una artista que hizo de la honestidad su único escudo: “Creo que la gente me quiere porque nunca miento. Todo lo que canto es verdad, todo lo que vivo es verdad”. Sus cenizas, esparcidas entre los cerros tucumanos, la estepa mendocina y el Río de la Plata, siguen brotando en cada rincón de la América Latina que defendió con su garganta.

El triunfo de la memoria sobre el olvido

Su regreso definitivo en 1982 no fue solo un acontecimiento musical; fue un acto de refundación democrática. Aquellas históricas y emotivas noches en el Teatro Ópera y en el Luna Park funcionaron como un puente cultural y la vuelta de la libertad en una Argentina que dejaba atrás muchos años de secuestros, torturas y desapariciones.

La cantora sumó múltiples premios internacionales, colaboró con artistas como Gustavo Cerati, Charly García, Luis Alberto Spinetta, Shakira, Joan Manuel Serrat y Residente de Calle 13, Caetano Veloso, Silvio Rodríguez, y Andrea Bocelli, además de sus primeros trabajos con Ariel Ramírez.

Entre sus afectos estaban León Gieco, Víctor Heredia y el grupo chileno Inti-Illimani, quienes vivieron "la gira más larga de la historia" al refugiarse en Italia tras el golpe de Pinochet en 1973, Teresa Parodi y Julia Zenko, entre otros colegas con los que podía a juntarse a comer, tomar y tocar, hablando de la vida y sabiendo que nada de lo que dijera iba a salir de esas cuatro paredes.

Al final de la historia, las listas negras y los dictadores pasaron, pero la voz de la cantora del pueblo sigue resonando con la misma fuerza. Ese inmenso patrimonio ético y musical está a salvo: a través de la Fundación Mercedes Sosa, su nieta Araceli Matus trabaja incansablemente para mantener encendida la llama y asegurar que las nuevas generaciones descubran a la mujer que le cantó a la vida cuando el terrorismo de Estado apelaba al silencio y la muerte.

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