Marcos López presenta su antología: a cincuenta años de una obra que marcó el arte latinoamericano

El fotógrafo expone su muestra que repasa sus imágenes más destacadas, tomadas entre 1975 y 2025. Puede visitarse en la Fundación Larivière y recorre cinco décadas de una producción clave para entender la identidad visual latinoamericana.

Es un lunes más del interminable enero en la Ciudad de Buenos Aires. El calor vuelve imposible la tarea caminar sin transpirar. Las calles del barrio de Constitución estarían desiertas si no fuera por tres personas que comparten una siesta, entre bolsas con ropa y cartones, refugiadas bajo la mejor sombra de la cuadra. La mayoría de los comercios permanecen cerrados. En la tarde reina una calma espesa. El caserón de Marcos López queda a pocas cuadras de Parque Lezama. Para despejar cualquier duda, su nombre aparece escrito con cinta de pintor sobre el timbre de entrada. A la hora acordada, el artista se asoma detrás del vidrio de la puerta y levanta una tranca de madera para abrir.

Viste una camisa azul intenso, tipo lino, imposible de planchar. Es de manga larga, arremangada, cómoda pero elegante. Del cuello le cuelgan unos anteojos. Lleva un pantalón de gabardina rojo coral y zapatillas botitas naranjas. Se lo nota algo somnoliento, tal vez por la hora, tal vez por el calor. Para ingresar, hay que subir varios pisos por una escalera en L de mármol claro, con baranda de madera. En la pared que interrumpe el ascenso hay pintada otra escalera, ficticia, que conduce a un cielo celeste intenso con nubes blancas, o a un lugar feliz. “Ahora a la derecha”, indica Marcos. El pasillo desemboca en lo que alguna vez fue un living y hoy funciona como un taller-estudio luminoso, de uso cotidiano.

El piso de madera oscura, algo gastado pero brillante, sostiene mesas de trabajo rústicas, marcadas por manchas y huellas del uso, cubiertas de objetos y herramientas. Sobre un mueble bajo multicolor, con cajones y puertas pintadas a mano, se agrupa una colección de figuras: vírgenes, santos, figuras populares, pequeñas esculturas que construyen un clima entre lo religioso, lo kitsch y lo latinoamericano. Donde se mire hay cuadros embalados o apoyados en distintos rincones: obras en tránsito, listas para moverse o volver a mirarse. Los blancos y grises de las paredes funcionan como un silencio necesario para que hable todo lo demás. Desde el techo descienden vigas pintadas de verde manzana, amarillo intenso, celeste y naranja, que ordenan la mirada y le imprimen al espacio un pulso casi lúdico. El ventilador amarillo refuerza esa sensación: no intenta disimularse, al contrario, se exhibe.

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Marcos López en su taller/estudio - Foto: Camila Alonso Suarez

Marcos López en su taller/estudio - Foto: Camila Alonso Suarez

Pasemos a la cocina que acá hace mucho calor”, propone el artista, y atraviesa una cortina de tiras de PVC, como las de carnicería, que separa térmicamente los ambientes. Del otro lado, el aire acondicionado baja la temperatura varios grados. La cocina comedor conserva la estética colorida y luminosa, popular y artística. Las paredes celestes están cubiertas de cuadros con paisajes rurales, escenas cotidianas, animales y músicos. Una ventana verde intenso y otra amarilla dejan entrar abundante luz natural y refuerzan la sensación de una casa en permanente movimiento. Marcos sirve un vaso de agua del filtro de la canilla y se sienta en un sillón.

El artista atraviesa un momento de introspección. En noviembre del año pasado inauguró Marcos López. Fotografías 1975–2025, la primera gran muestra antológica dedicada a su obra, en la sala de la Fundación Larivière, ubicada en Caboto 564, en La Boca, que puede visitarse hasta el 19 de abril. Especialistas y críticos de arte de distintas partes del mundo lo señalan como uno de los fotógrafos más relevantes de América Latina de fines del siglo XX y comienzos del XXI. Él considera que ese rótulo es algo exagerado. Además, aclara, no le modifica la vida cotidiana ni incide en su felicidad.

Es considerado uno de los padres del pop latino, una corriente estética y cultural marcada por una mirada irónica y afectiva sobre la identidad latinoamericana, construida desde el exceso, el color y la puesta en escena. Un lenguaje atravesado por el humor y la parodia, con una fuerte crítica política y social al neoliberalismo, al colonialismo cultural y a las tensiones entre modernidad y tradición.

La muestra tuvo una recepción masiva y su inauguración fue la más concurrida en la historia de la sala. “Estoy asombrado. Me llamó mucho la atención la cantidad de gente que fue a verla”, dice. La exhibición reúne cerca de 200 obras que recorren cinco décadas de trabajo: viajes por el mundo, retratos contundentes, puestas en escena de impronta pop, fotografías intervenidas y piezas que dejaron huella en el imaginario colectivo.

Marcos López nació en Gálvez, provincia de Santa Fe, en 1958. Su primera cámara fue una Kodak de plástico con la que tomó sus primeras imágenes. Al terminar la escuela comenzó a estudiar Ingeniería, la misma carrera que había elegido su padre, pero en cuarto año comprendió que no le interesaban en absoluto los hormigones, las vigas ni los cálculos estructurales y abandonó. “La vocación por la imagen me salvó la vida. Puse toda mi energía ahí”, resume. Aunque no provino de un entorno artístico, contó con el apoyo de sus padres y, tras obtener una beca del Fondo Nacional de las Artes en 1982, se mudó a Buenos Aires, donde se integró a colectivos como el Núcleo de Autores Fotográficos. En 1987 estudió cine en Cuba bajo la dirección de Gabriel García Márquez, experiencia clave para consolidar su estética. Durante las décadas del 90 y 2000 realizó obras emblemáticas como Asado en Mendiolaza, El cumpleaños de la directora y Suite bolivariana.

“Al ver la muestra descubrí que ya en las primeras fotos había un interés por el punto de vista y el encuadre”, reflexiona con la mirada fija en un patio interno que se cuela por una ventana. “Creo que hay algo innato en las personas, una relación con el espacio, con la sensibilidad y la imagen, que es difícil de enseñar. Había algo que yo ya tenía incorporado. A veces veo fotos muy de principiante y, comparadas con algunas actuales, veo que están bien igual”. Marcos no responde de manera impulsiva: se toma el tiempo necesario para pensar cada frase. “Me asumo como un retratista sólido. En mi oficio siempre estuvo presente la persona. Eso está bien logrado”.

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Marcos López - Foto: Camila Alonso Suarez

Marcos López - Foto: Camila Alonso Suarez

López siempre buscó que su obra dialogara con lo popular, sin resignar complejidad ni reflexión. “Mi trabajo se nutre de lo popular. Siempre tuve la necesidad de hacer una reflexión artística, intelectual y socioeconómica, pero no hermética, sobre el lugar donde vivo. Entre comillas, que sea una obra popular”, explica. Esa convivencia entre calle y elite artística es, para él, uno de los mayores logros. Recuerda exposiciones en las que su foto del Gauchito Gil despertaba elogios tanto de la señora de la limpieza o el guardia del museo como de curadores sofisticados de Europa. “Esa misma obra puede estar seleccionada por un museo de París y, al mismo tiempo, colgada en un santuario en cualquier provincia del país”, cuenta.

Muchas de sus imágenes circulan fuera del circuito institucional: se descargan, se imprimen, se tatúan. Hay quienes llevan su Gauchito Gil tatuado en la piel. Asado en Mendiolaza, una escena completamente teatral, terminó funcionando como documento de una idiosincrasia argentina. “Eso es lo que siempre me interesó: que la obra tenga un sello de identidad, que no sea elitista ni cerrada”, afirma. Al mismo tiempo, reconoce como un respaldo y un reconocimiento que su trabajo integre colecciones de museos de Estados Unidos y Europa.

Para abordar la reflexión sobre un momento sociopolítico, incorporó el humor, casi de manera intuitiva, y el recurso funcionó. Hoy siente satisfacción por ese recorrido. En sus obras conviven información económica, cultural, poética y social, transmitida a través de la parodia, la teatralidad, el grotesco y la exageración. Su modo de componer es diverso: en ocasiones partió de una idea clara; en otras, el sentido apareció con la obra ya terminada, como emergido del inconsciente. También hay trabajos nacidos del diálogo con otros artistas. Suite bolivariana, por ejemplo, está inspirada directamente en el muralismo mexicano de Diego Rivera y despliega una narrativa política explícita: a la izquierda, mineros bolivianos con la wiphala sobre una montaña de obras de Andy Warhol; a la derecha, jugadores de la NBA como símbolo del imperialismo; en el centro, Perón y Evita dentro de una pelopincho. Detrás, Hugo Chávez, el Che Guevara y Evo Morales. “Hoy, vista a la distancia, esa obra me parece muy importante. Casi que sería un doctorado en pop latino, la mejor conclusión”, afirma.

Suite bolivariana_ (Buenos Aires, 2008) de Marcos Lopez - Coleccion Lariviere

Sin embargo, a los 67 años, López siente que ya dijo todo lo que tenía para decir desde la fotografía y que el pop latino se agotó para él. “Hay un casillero en el que el público, el mundo del arte o la publicidad me ubican: colores fuertes, plástico barato, humor. Eso ya me cansó. A veces paso por una esquina, veo un supermercado chino pegado a un hotel alojamiento, con carteles de neón, y pienso que podría ser una buena foto, pero ya no me dan ganas de hacerla. Siento que no lo necesito y que tengo otros mundos internos además de ese colorinche”, explica.

Acostado en el sillón, como en el diván de un psicoanalista, con las manos apoyadas sobre el estómago, confiesa que perdió el deseo de fotografiar con la intención de seguir construyendo obra. “Podría decir que todo lo que tenía para decir con la fotografía ya lo dije. Puede sonar apocalíptico, o no, porque quizás me dedique a otras cosas. Lo cierto es que ya no tengo esa necesidad visceral y potente que me acompañó durante tantos años, tanto en la fotografía documental como en la puesta en escena. Se me fueron las ganas. Algo pasó. Creo que influyen los enormes cambios en el mundo y la polución de imágenes”.

Nuevamente incorporado, advierte que las redes sociales son un arma peligrosa y que no hay plena conciencia del poder que concentran. “Nos están estupidizando. Yo mismo me tiro en el sillón y puedo pasar horas scrolleando boludeces. Cuando me doy cuenta, el tiempo voló. Eso genera angustia y me siento parte. Lo mismo cuando viajo en tren hacia el Gran Buenos Aires y veo al 90% de los pasajeros con la cabeza inclinada mirando el teléfono. Es una herramienta muy potente para filtrar información política e ideológica”, sostiene.

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Marcos López - Foto: Camila Alonso Suarez

Marcos López - Foto: Camila Alonso Suarez

La misma preocupación le despierta la inteligencia artificial. “No tenemos dimensión de la revolución que está generando. Es lo más fuerte que pasó en los últimos 300 años. Con la imagen, lo que sucede y va a suceder es impresionante: uno escribe un texto y aparece una imagen perfecta. Es muy impactante”, dice, y advierte que será un problema central para las próximas generaciones de artistas. “Yo puedo dedicarme a dibujar con acuarelas, leer o escribir. Ya no estoy en la carrera del arte. Quienes deberían pensar qué hacer con esto son los más chicos. Es una herramienta que te puede pasar por encima”.

A diferencia de otras etapas, el contexto político argentino ya no funciona como motor creativo. “No tengo interés en fotografiar lo que pasa en las calles. Lo dejo pasar. Es un momento muy duro, me genera angustia, pero no deseo reflejarlo como artista. Estoy retraído, replegado en mi casa. Miro las noticias y estoy asombrado y aterrorizado por el futuro. Tal vez me salga hacer una pintura abstracta influenciada por este clima, pero no tengo ganas de abordarlo desde la fotografía. El problema ahora es qué hago con mi tiempo. Toda la vida trabajé mucho en mi obra y hoy me pregunto a qué me dedico. En eso estoy”.

Aun así, Marcos López nunca se queda quieto. Tiene por delante distintos proyectos, entre ellos un curso de retratos que dictará en marzo en la Fundación Larivière. Ese mismo mes se publicará Conurbano Style, el libro con imágenes de la cuenta The Walking Conurban, donde, a partir de su selección, se condensa la potencia visual del conurbano y el cruce entre fotografía, identidad y territorio.