Pedro Conde Magdaleno, de sindicalista socialista a peronista
Mientras tanto, en Argentina, a miles de kilómetros de distancia, se desarrollaba la vida de aquel argentino que temblaba de miedo en el helado aeropuerto de Moscú: Pedro Conde Magdaleno. Nació en 1913 en la localidad bonaerense de General Madariaga, y a los 15 años se mudó a Buenos Aires en busca de su futuro. Consiguió trabajo en una panadería, donde le fue muy bien, a la vez que comenzaba a militar en el socialismo. Con los años, se convirtió en secretario general de la Unión del Personal de Panadería y Afines (UPPA).
Con la llegada de Juan Domingo Perón al poder, Conde abrazó las ideas justicialistas. Por eso, no dudó en presentarse a una curiosa convocatoria: el General quería incluir en las embajadas argentinas en el mundo a un agregado obrero, para sumar a los ya existentes agregados culturales, comerciales y militares. La función de este nuevo puesto sería observar y analizar la realidad laboral de otros países, para poder aplicar nuevas medidas para los trabajadores argentinos.
Unión del Personal de Panadería y Afines (UPPA) hotel Pedro Conde Magdaleno Mar de Ajó
La Unión del Personal de Panadería y Afines (UPPA) homenajeó a Pedro Conde Magdaleno poniéndole su nombre a un hotel en Mar de Ajó.
UPPA
Pedro se destacó en el curso y fue elegido para una de las misiones más importantes: ser agregado obrero en la embajada que hacía muy poco se había reabierto en la Unión Soviética. Esto reanudaba las relaciones diplomáticas entre Moscú y Buenos Aires, que se habían roto tras la revolución de 1917.
Es fácil imaginar la felicidad de Conde, que tenía una formación socialista, ante la posibilidad de encontrar a un proletariado soviético con un gran nivel de vida bajo el gobierno de Stalin, con muchas ideas para traer a Argentina.
Agregado obrero en la URSS: nada es como parecía
Pedro Conde Magdaleno tenía 34 años cuando llegó a suelo soviético con su familia, y la primera impresión no pudo haber sido peor. Al desembarcar en el puerto ucraniano de Odessa, esperaba ver nada más que obreros felices, disfrutando de su paraíso socialista. Pero no. Encontró un país hambriento sufriendo la posguerra, con mendigos, gente en harapos, pobreza y violencia policial. El mismo paisaje que le mostraban las ventanas del ferrocarril que lo llevó a Moscú. En pocas horas, toda su imagen positiva sobre la Unión Soviética se había desmoronado.
A los rusos, vale decir, tampoco les caía nada bien que viniera un extranjero a hurgar y meter las narices en sus fábricas, campos y viviendas obreras, así que no le dieron mucho margen de acción. De hecho, a su pasaporte, que decía "agregado obrero", le hicieron tachar "obrero". La orden fue quedarse en la embajada y no andar molestando.
A pesar de eso, Conde buscó la manera de escabullirse y recorrer la ciudad y sus alrededores para comprobar cómo vivía la gente de a pie, la que no tenía esos elegantes uniformes militares que veía en los desfiles. Vio cómo se amuchaban de a decenas en una habitación, cómo hacían filas interminables para comprar alimentos carísimos y en mal estado y cómo sufrían el miedo a ser reprimidos.
Iósif Stalin Unión Soviética 1949
Iósif Stalin fue secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética entre 1922 y 1952.
Archivo Federal de Alemania
En estas salidas tenía cómplices: había trabado amistad con unos españoles, que lo ayudaban con la cuestión del idioma. Varios de ellos eran nada más y nada menos que niños de Rusia, aquellos chiquilines que la República Española había mandado a la Unión Soviética para protegerlos del franquismo. Hizo buenas migas especialmente con dos: José Tuñón y Pedro Cepeda, quienes le contaron todo lo que padecían. Los habían obligado a renunciar a su ciudadanía española y podían ser fusilados si intentaban huir.
El agregado obrero peronista contó toda su experiencia en un muy interesante libro titulado ¿Por qué huyen en baúles los asilados españoles en la URSS?, un relato con gran detalle de todo lo que presenció, donde hace una crítica feroz al sistema soviético y a Stalin, la gran figura de la época, el hombre que gobernaba con puño de acero.
Y el nombre del libro es un adelanto de lo que ocurriría. Conde decidió que el mundo tenía que saber lo que pasaba en la URSS. Reunió documentación y pruebas para llevar a Argentina, pero sentía que necesitaba algo más fuerte, más contundente. Y se le ocurrió meter a sus dos amigos españoles, Tuñón y Cepeda, en baúles diplomáticos que no serían revisados, para sacarlos de Rusia y traerlos a Argentina. Que fueran ellos los que contaran la verdad y, de paso, les salvaba la vida.
Por qué huyen en baúles los exiliados españoles de la URSS Pedro Conde Magdaleno
Pedro Conde Magdaleno publicó su libro, "¿Por qué huyen en baúles los asilados españoles en la URSS?", en 1951.
Comenzaba una secuencia de película. Sin dudas, de haber estado algún estadounidense involucrado, esta historia habría llegado hace rato a los cines. Pero, al haber sido protagonizada por un sencillo gremialista panadero argentino, quedó condenada al ostracismo del conocimiento del gran público.
Pero a Conde no le interesaba ser reconocido. Solo buscaba la seguridad de sus amigos. Tras varias pruebas en los baúles, determinaron que la mejor forma de viajar sería sentados, con unas almohadas para evitar golpes y un poco de agua y pan con salchichón para mantener a raya al estómago.
Tensión y miedo a bordo
Volvemos a ese frío viernes 2 de enero de 1948 en Moscú. La escena más tensa de la película. Conde y un colega de la embajada, Antonio Bazán, llegaron al aeropuerto llevando como equipaje un baúl enorme cada uno. Adentro, iban los españoles. El panadero pasó sin problemas los controles, pero Bazán no: no tenía rublos para pagar el exceso de equipaje. Entonces, decidieron dividirse: Pedro seguiría viaje con José Tuñón en el baúl, y Bazán volaría con Cepeda al otro día.
Conde se subió al avión, que, para agregar inquietud, salió con dos horas de retraso. El baúl, con Tuñón adentro, iba en la cabina. Pedro miraba de reojo, movía los dedos, el nerviosismo lo destrozaba. De pronto, tras unas tres horas de vuelo, un golpe. Otro. Y otro. El gremialista cayó en la cuenta de que algo pasaba. No podía disimular más. Comenzó a transpirar. Su mirada se encontró con la de la azafata, quien, estando al lado del baúl, había escuchado todo. La mujer, en silencio, se metió en la cabina. Rápidamente, el avión dio media vuelta y empezó a regresar.
Ya entregado, el panadero abrió el baúl y encontró a Tuñón totalmente desencajado, violeta, al borde del colapso. Es que hubo un problema inesperado: habían puesto el baúl al revés, por lo que el español había quedado cabeza abajo. Para peor, los agujeritos que habían hecho para que pudiera respirar habían quedado tapados. Y hay que recordar que el vuelo había salido con dos horas de retraso. ¿Cuánto tiempo más iba a aguantar así?
Moscú 1948 aniversario de la Revolución de Octubre 1917
En 1948, la figura de Stalin era reverenciada en la Unión Soviética.
El avión aterrizó en territorio ucraniano y separaron a Conde y a Tuñón. Nunca más se volvieron a ver. El agregado obrero estuvo retenido en un sótano durante cinco días, acusado de espía. No le creían que estaba haciendo salir ilegalmente del país a una persona, delante de las narices de Stalin, sólo impulsado por sus buenas intenciones. Aseguraban que era un enviado de los norteamericanos. Finalmente, lo liberaron y regresó a Moscú, donde se enteró de que Cepeda, el otro español, había desaparecido.
El ambiente estaba muy tenso y había que dejar la URSS. Conde, Bazán y sus familias tramitaron rápidamente su salida del país y se fueron en tren. Cuando estaban por cruzar la frontera con Finlandia, volvieron los problemas. Aparecieron unos agentes del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos, antecesor de la KGB, y empezaron a revisar los equipajes.
Esta vez, Pedro no tenía a un español adentro de las valijas, pero sí mucha documentación y fotos que se llevaba para dar a conocer al mundo las condiciones de vida de los obreros soviéticos. Y otra vez, la escena de película: Alicia, la esposa de Pedro, escondió los papeles, con mucha tensión y nerviosismo, mientras otro distraía a los agentes. Finalmente se zafaron de la situación, cruzaron la frontera y Conde pudo usar todo eso para escribir su libro, publicado en 1951.
José Antonio Tuñón y Pedro Cepeda Sánchez
José Antonio Tuñón y Pedro Cepeda Sánchez, los intérpretes españoles en la URSS que quisieron huir en los baúles de Pedro Conde Magdaleno y Antonio Bazán.
En teoría, la URSS lo había dejado salir con la condición de que el gobierno argentino lo castigara una vez llegado al país. Pero Perón lo apoyó y, en vez de sancionarlo, lo mandó como agregado a Perú. Allí lo sorprendió la autodenominada Revolución Libertadora. Volvió al país pero, en una situación complicada por su pasado peronista, tuvo que buscar otros trabajos, como colectivero. Para peor, su activismo contra Stalin le valió el repudio de la izquierda argentina y parte del gremialismo. Murió muy joven, a los 51 años, en 1963. Nunca supo qué pasó con sus amigos españoles.
José Tuñón y Pedro Cepeda, por su parte, fueron condenados a 25 años de trabajos forzados en Siberia. Luego de siete años, en plena desestalinización, una comisión revisora decidió liberarlos, ya en 1955. Tuñón, el que había estado en el baúl de Conde, se fue a México, donde se había exiliado su familia. Cepeda, en tanto, se quedó en Rusia hasta 1966, cuando pudo volver a España. Con el tiempo, se convirtió en una prominente figura de la lucha obrera y fue uno de los líderes de la Unión General de Trabajadores (UGT). Murió en 1984, a los 61 años.