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Historias que inspiran: el vizconde que devolvió la joya

Hace unos años ocurrió en París un hecho muy curioso. La historia de un ser humano que sólo pudo transitar su propia huella y transitó por eso la de la hombría de bien.

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  • Hace unos años ocurrió en París un hecho diría muy curioso. Un señor de estatura mediana, delgado y vestido muy humildemente, se presentó una noche en una comisaría. Su andar tenía la imagen del hambre; ojos apagados y la tristeza. El hombre se dirigió a un oficial preguntándole:

    -¿Puedo ver al señor comisario?.

    -El señor comisario está ocupado. Si lo quiere esperar...

    -Sí, lo esperaré, gracias.

    No obstante su pobre apariencia, una ráfaga de distinción se observaba fácilmente bajo sus harapos.

    Los policías lo observaban con curiosidad. Transcurrieron quince, veinte minutos, hasta que salió el comisario. Lo invitó a pasar.

    -¿Qué desea Ud. Sr.?.

    Con la sencillez de quien realiza un acto sin importancia, el recién llegado sacó de su bolsillo una sortija adornada con dos magníficas perlas legítimas (evidentemente) y la puso sobre el escritorio.

    -Acabo de encontrar esta joya en la calle, Sr. Comisario.

    El comisario examinó la joya y al reconocer su calidad, miró al visitante con estimación y sorpresa, pensando: “hay hombres que, como los diamantes, no se ensucian nunca; ¡hay una honradez que resiste al hambre!... y ya en voz alta y con ironía, agregó el comisario:

    -Y dígame la verdad. ¿Y no tuvo ganas de quedarse con la joya señor?.

    -Mire comisario: Si un gesto honrado le parece a Ud. ridículo, creo que la humanidad está fallando.

    El comisario se sorprendió.

    -¿Cómo se llama Ud. Sr.?

    El interpelado vaciló y se ruborizó.

    -¡Mi nombre...! ¿Para qué debo decírselo, comisario?.

    Claro. El había ido allí porque era su deber restituir lo que no le pertenecía, no a buscar un elogio; porque creía que las buenas obras no deben evidenciarse...

    El comisario insistió.

    -Sr., la identificación de su persona es necesaria.

    El hombre entonces accedió a responder.

    -Resido –comenzó diciendo- en la calle Grand, tengo cuarenta y seis años y soy –le dijo al asombrado comisario- el Vizconde Craval de Borgoña, sí, hijo de aquel general de caballería de cuya digna trayectoria tanto hablaron los periódicos de su época.

    Claro. Esta revelación no podía quedar oculta entre las paredes de una comisaría.

    A la mañana siguiente, varios periodistas entrevistaron al Vizconde en su modesto cuartito de la calle Grand, por cuyo alquiler, que compartía con un obrero, abonaba dos dólares por semana, una suma ínfima.

    Allí el Vizconde Craval refirió a los periodistas que lo visitaron posteriormente, su triste historia.

    -Cuando encontré la joya, pensé en la aflicción de quien la había perdido y me dije a mí mismo: “Me siento bien si el dolor ajeno me duele”. Debo encontrar a su dueño.

    Y continuó hablando con los periodistas.

    -Después de mi primera juventud, pasada en el campo, al lado de mi familia y muy feliz, ingresé en el ejército. Pronto llegué a oficial. Desgraciadamente, de resultas de una fiebre tifoidea, empecé a sufrir ataques de sonambulismo y de epilepsia y perdí mi carrera militar.

    Muerto mi padre el general Craval, su patrimonio, que no era grande, fue repartido entre sus catorce hijos, a cada uno de los cuales correspondieron tres o cuatro mil dólares.

    Aquella minúscula herencia –continuó el vizconde- la gasté enseguida. Mis hermanos también son humildes y no pueden ayudarme. Además, yo procuro disimularles mi situación. En vano he intentado emplearme; pero, ahora, ya ni siquiera busco trabajo. ¡Estoy tan mal vestido, que me avergüenza presentarme!. En ese momento el comisario le preguntó:

    -¿Dónde come Ud.?

    -¡Comer! –repuso el Vizconde- va siendo para mí un problema no fácil de resolver”.

    Y sin embargo, lo destaco ese hombre, despojado por la fatalidad de lo indispensable, enfermo y hambriento, encontró una valiosa joya en la calle y la devolvió. Se me ocurre pensar que en las tragedias del mar por ejemplo, es humano, que cada náufrago luche por salvar su vida incluso a riesgo de comprometer la ajena.

    Ese admirable caballero francés no pensó así. En la cruel bancarrota de su vida lo perdió todo, menos la nobleza. Es que, agregaría, la riqueza espiritual no sufre bancarrotas. Esa sortija que el azar puso en su camino, valía miles de dólares; con ellos pudo haberse vestido, comer, llevar a su buhardilla alegría y tranquilidad. Y no la quiso; no era suya.

    Cuando se agachó a recogerla de aquella vereda oscura por donde sus pies caminaban medio descalzos, nadie lo vió... ¡nadie!... pero era lo mismo que si “todo París” le estuviese mirando. Porque su conciencia lo veía. Y no dudó. Porque sabía que si por ambición mataba sus principios, llegaría sí, pero muerto. Y tomó, contento, la decisión de entregarla. Y sintió verdadera felicidad. Es que las virtudes aunque no siempre gratifican, siempre enorgullecen.

    Y este ser humano en definitiva, que sólo pudo transitar su propia huella y transitó por eso la de la hombría de bien, inspiró en mí este aforismo: “Los principios sanos resisten todas las enfermedades”.

    Escritor de aforismos. El "rey" del pensamiento breve.

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