Nicolás Rovegño Freda tiene 28 años y es un ex participante del Programa Espartanos que recuperó su libertad hace un año y ocho meses. Alojado durante más de cinco años en la Unidad Penitenciaria N°47 del Complejo Penitenciario de San Martín, logró transformar su vida gracias al deporte.
Estuvo preso, conoció el rugby a través de Espartanos y logró reinsertarse al quedar en libertad
Nacido y criado en un entorno vulnerable de violencia y adicciones, hoy el hombre de 27 años logró cambiar su vida gracias a las exigencias de la práctica deportiva y trabaja en una empresa de PVC. "El deporte sana", reconoció.
Su infancia estuvo marcada por un entorno de violencia y delincuencia. Su padre tuvo distintos conflictos con la ley, entre ellos episodios de violencia intrafamiliar y robos. Tras la separación de sus padres, Nicolás continuó teniendo contacto con él, quien lo expuso desde muy joven al consumo de drogas, las armas y el delito.
Fue privado de su libertad a los 19 años, cuando ya era padre de una bebé. En el penal sintió los efectos del encierro, donde los pensamientos lo invadían con facilidad: "Pensaba en el día que saliera. En si iba a estar bien, en si iba a poder trabajar o si iba a caer... No sabía el destino que iba a tener. Cuando estás adentro pensás un montón de cosas, pensaba en la plata, cómo iba a ser mi rutina, mi trabajo... era todo muy nuevo. Te volvés loco, hay mucho ruido y mucha gente".
Así fue como el programa Espartanos ingresó a su vida. Centrado en el rugby, la competencia y los buenos hábitos, gracias a conocer a Los Gladiadores Nicolás se animó a cambiar su estilo de vida. Formó parte del programa durante cuatro años y ocho meses, primero mientras estuvo privado de su libertad y luego continuando su proceso de acompañamiento en libertad.
Comenzó a entrenar por su interés por el deporte, pero el rugby se convirtió en un punto de inflexión en su vida: con el objetivo de mejorar su rendimiento dejó el consumo de drogas y empezó un proceso de transformación personal.
"El primer día que llegué ya me quería ir, me mataron con correr, flexiones de brazo, sentadillas, que te tacleen era feo... me convencieron para quedarme. Yo pensaba 'si me voy, voy a hacer cagada. Y bueno, me quedé para tratar de adaptarme".
El consumo de drogas era algo que estaba prácticamente prohibido para el programa. Así recuerda cómo fue hacerse cargo del problema: "Yo consumía, pero eso me frenaba. Al empezar a hacer deporte, drogarme me limitaba. Así que tuve que dejar de hacerlo para rendir mejor y ver mejor las cosas. Empecé a sacar esa porquería que tenía dentro de mí".
A partir de su participación en el programa, que no solo incluye la arista deportiva, se incorporó a las actividades educativas y de formación. Terminó la escuela secundaria y realizó diversos cursos de oficios y desarrollo personal, entre ellos carpintería, moldería, colocación de equipos de GNC, informática básica y yoga.
Ser integrante de Espartanos le cambió la vida a Nicolás, dejándole una enseñanza que llevaría consigo aun por fuera de los muros del complejo penitenciario: "Me enseñó a siempre hacer una más. Si antes podía 10, mañana voy a poder 11, 12 y 13. Me hizo alejarme de la mala junta, de la droga y todo eso que hace mal. Hoy me siento bien así y sobre todo aprendí que nadie te regala nada, todo lo tenés que hacer por vos mismo".
Su mamá fue una parte fundamental para todo ese crecimiento y evolución: "Ella siempre me dijo que quería que fuera buena persona, y hoy después de todo esto me dijo: 'Lo sos'".
El día que salió en libertad: correr para volver a casa
Nicolás recuerda el día que recuperó la libertad como si fuera ayer. Salió solo, sin nadie que lo grabara ni le guardara el recuerdo: "Pasé la barrera, miré para atrás y salí corriendo. Quería dejar atrás todo eso. A la mitad de la condena yo ya lloraba porque me quería ir, me faltaban cuatro años, imaginate cómo estaba".
"Ni yo sabía que iba a salir. Lo primero que hice fue ir a buscar fui a mi hija, después a mi abuela y luego a mi mamá que estaba trabajando. Hubo cosas malas también, fui a ver a mi papá y estaba de gira... fue un golpe de realidad. Además ahí todos se acordaban del viejo Nico, que andaba robando. Pero eso me hizo dar cuenta de que quienes estuvieron a mi lado fueron mis familiares, ellos no me mandaron ni un mensaje", reflexionó.
La reinserción social: una etapa llena de prejuicios
"La reinserción me costó un montón porque me sentía un extraño. Sentís que todo el mundo te mira cuando subís al colectivo, pero es tu cabeza. Estás encerrado siempre con las mismas personas y de golpe es un mundo de gente", contó.
Actualmente, gracias a la articulación de Espartanos, trabaja desde hace más de un año en una empresa dedicada a la producción de materiales intermedios basados en PVC, otros polímeros y bioplastificantes, y es padre de una hija.
"La gente de Espartanos nos tiene fe cuando nosotros ni siquiera creemos en nosotros. Además te da las herramientas para desenvolverte en la vida", cerró.
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