Es difícil pensar en un punto de referencia de la cultura porteña más relevante que el Obelisco. Para empezar, es la postal insoslayable de la “milla de los teatros” de la avenida Corrientes, pasarela de generaciones de creadores, espectadores y deambulantes en busca de ese tesoro –el arte- que Buenos Aires ofrece a propios y extraños desde hace ya casi un siglo.
Bajo su mirada transcurrió buena parte de las grandes celebraciones populares de este país nuestro, nacieron y se apagaron estrellas y se cristalizaron infinidad de fenómenos artísticos, desde el teatro de revista y mainstream hasta los fenómenos más radicalmente alternativos.
“Las luces se encienden/ Y calle Corrientes/ Se llena de gente/ Que viene y que va/ Salen del cine/ Ríen y lloran/ Se aman, se pelean/ Se vuelven a amar”, cantaba Memphis La Blusera y en ese estribillo se sintetizaba la identidad mestiza de los dominios del Obelisco. Señoras bien y punks, turistas, lúmpenes e intelectuales, familiones y vendedores de rosas y palo santo… en el mismo lodo, todos manoseados.
Ícono urbano, postal turística y punto de encuentro para la celebración, el Obelisco también fue escenario de algunas de las experiencias más disruptivas del teatro callejero y las artes performáticas en la Argentina. Desde intervenciones experimentales de fines de los años 80 hasta las ceremonias masivas del Bicentenario y la apertura de los Juegos Olímpicos de la Juventud de 2018.
Un testigo y protagonista privilegiado de ese carácter “escénico” del Obelisco es Diqui James, director de Fuerza Bruta, y fundador de De la Guarda, uno de los artistas más ligados a las grandes intervenciones urbanas realizadas allí en las últimas décadas. “Mi vida tiene mucho que ver con el Obelisco, tanto en mi faceta artística como en mi identidad porteña”, afirma en charla con C5N.
La necesidad de copar las calles tras la noche de la dictadura
Cabeza creativa detrás del desfile de cierre de los festejos del Bicentenario, Diqui formó parte de una generación de artistas que, en los años inmediatamente posteriores a la dictadura, empezó a buscar formas distintas de hacer teatro, alejadas de las estructuras tradicionales de las salas comerciales y de los circuitos institucionales.
“Empezamos a estudiar teatro entre el 84 y el 85, en un momento en el que no buscábamos actuar en una sala de Corrientes o hacer castings para una película; nuestra búsqueda estaba vinculada a recuperar la calle”, recuerda. Para muchos de ellos, el espacio público tenía un valor político y emocional enorme después de años de censura y represión. “La calle era un símbolo de libertad y expresión muy fuerte. Queríamos explotar, copar el espacio público”, resume.
En ese contexto se incorporó como actor en La Organización Negra, un colectivo fundamental de la escena alternativa porteña de los 80, influido por los catalanes de la Fura dels Baus, pero con una identidad que solo podía ser posible en la Argentina de aquella época. Bajo la dirección de Pichón Baldinú y Manuel Hermelo, el grupo realizó a finales de 1989 La Tirolesa/Obelisco, un espectáculo de teatro áereo que tomó por asalto al monumento porteño, que acabó siendo un episodio entre mitológico y “abre cabezas”, con enorme gravitación en lo que iba a pasar desde entonces en las artes escénicas argentinas.
obelisco negra
Un momento del show de la Organización Negra en el Obelisco, en 1989.
Diqui recuerda que alguien del gobierno porteño les dijo que podían pasar a buscar la llave del Obelisco por la caseta del guarda-plaza de Barrancas de Belgrano. Cuando llegaron, después de unos cuantos empujones a una puertita trabada por el óxido, la escena que encontraron fue, a la vez, bizarra y muy adecuada para ellos.
“Abrimos y parecía que ahí no había entrado nadie en veinte años; había una capa de hollín impresionante en las paredes, probablemente por la ventilación del subte. Subimos esa escalerita interna que tiene y llegamos arriba totalmente negros de hollín, como mineros, con una estética muy post-punk que nos representaba mucho”, recuerda.
Aquella experiencia no solo fue el primer hito en la Argentina de un lenguaje artístico ligado al espacio público, sino que para James se convirtió en el inicio de una manera distinta de pensar la relación entre la ciudad y el espectáculo.
El Bicentenario: teatro callejero para dos millones de personas
En 1992, en el marco de los 500 años del descubrimiento de América, un vanguardista colectivo francés llamado Royal de Luxe realizó una obra-desfile por la 9 de julio, delante del Obelisco. Diqui James estuvo entre los pocos espectadores que siguió de punta a punta el espectáculo. Y, probablemente, ahí estuvo el germen de lo que años más tarde iba a convertirse en una de las celebraciones más multitudinarias y recordadas de la historia argentina.
El ya consagrado director escénico fue convocado para diseñar el desfile del Bicentenario, realizado en mayo de 2010, que reunió a millones de personas sobre la avenida 9 de Julio y Avenida de Mayo. Para entonces, James le había dado varias vueltas al mundo con De la Guarda y Fuerza Bruta, con cientos de funciones a cuestas y habiendo conquistado a públicos de lo más diversos. Pero la cosa era completamente diferente. “Para ese entonces yo ya estaba más maduro y profesional, pero el desafío era enorme: ya no era contar una historia propia, sino la historia de todos los argentinos”, explica.
La exigencia artística y emocional era tremenda. “Sentí una presión inmensa, como la de un pibe que tiene que patear un penal en la final del mundial”, recuerda. Las escenas debían representar momentos históricos profundamente sensibles para la memoria colectiva, entre ellos Malvinas. “Mi mayor miedo era que un excombatiente no se sintiera identificado o emocionado”, afirma.
Escena Malvinas Bicenenario
Escena dedicada a la guerra de Malvinas, en el desfile de cierre de los festejos del Bicentenario.
“Originalmente, el desfile iba a ir por Avenida de Mayo hacia el Congreso, pero yo insistí en que teníamos que pasar por el Obelisco”, cuenta. Finalmente, el desfile salió desde Plaza de Mayo, rodeó el monumento y volvió a ingresar hacia Avenida de Mayo en dirección al Congreso, plasmando 19 escenas diferentes que enhebraban 200 años de historia argentina.
La magnitud de aquella celebración popular terminó superando todas las previsiones. “Fue una marea humana, casi dos millones de personas. El desfile, que debía durar 90 minutos, tardó cuatro horas porque la gente desbordó las vallas”, recuerda James. A pesar de la multitud y de la complejidad logística, destaca que no se registraron incidentes importantes. “Fue un orgullo enorme ver que, a pesar de la multitud, no hubo ni un solo incidente”, afirma.
Obelisco olímpico: la ceremonia inaugural de los Juegos de 2018
Ocho años después, el Obelisco volvió a convertirse en escenario de otra gran celebración de masas: la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de la Juventud Buenos Aires 2018. James y su equipo propusieron realizar el acto en plena calle, alrededor del monumento, rompiendo con la tradición olímpica de los estadios cerrados. “Fue un shock para el Comité Olímpico Internacional porque nunca en la historia se había hecho una inauguración fuera de un estadio”, recuerda.
La propuesta obligó incluso a modificar protocolos internacionales pensados para otro tipo de espacios y públicos. “Logramos convencerlos y romper con muchos protocolos rígidos que no funcionan en la calle”, explica. Para James, aquella inauguración representó además una especie de cierre simbólico de un recorrido personal y artístico iniciado tres décadas antes. “Fue como cerrar un círculo: volver a agarrar el Obelisco después de 30 años, pero esta vez con toda la experiencia acumulada, con tecnología y recursos, para brindar un show gratuito a la gente”, señala.
A diferencia de aquella primera vez en los años 80, el interior del monumento ya no estaba tapado de hollín: “Estaba limpito y con luz, pero te aseguro que la sensación de fascinación seguía siendo la misma”.