A 12 años del encuentro entre Estela de Carlotto y su nieto Ignacio: de la búsqueda incansable hasta el abrazo eterno

El 5 de agosto de 2014, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo recibió una llamada que había esperado durante 36 años: habían encontrado a su nieto. Ignacio Montoya Carlotto, nacido en cautiverio y criado en Olavarría, era el hijo de Laura Carlotto y Walmir “Puño” Montoya. La noticia provocó una enorme alegría y se convirtió en un símbolo de justicia y de la persistencia de las Abuelas, que llevan 48 años buscando a los nietos apropiados durante la última dictadura.

El teléfono sonó en el despacho de la jueza María Romilda Servini, en los tribunales de Comodoro Py. Era la tarde del 5 de agosto de 2014 y Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, todavía no sabía que estaba a punto de recibir una de las noticias más esperadas de su vida.

La titular del Banco Nacional de Datos Genéticos, María Belén Rodríguez Cardozo, le había comunicado a Servini que los estudios resultaron positivos. El joven que durante décadas había sido buscado como Guido, el hijo de Laura Carlotto, había sido encontrado. También ese mismo día se pudo establecer quién era su padre: Walmir “Puño” Montoya, dato hasta entonces desconocido.

Rompiendo el protocolo dispuesto por la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CONADI) para ese tipo de noticias, Servini decidió llamar personalmente a Estela. Le pidió que se acercara a su despacho sin anticiparle el motivo. Cuando escuchó la noticia, la emoción fue inmediata. La alegría fue tan intensa que, según el relato de quienes estuvieron allí, la presidenta de Abuelas casi se cae de la silla y debió ser sostenida por uno de los colaboradores de la jueza.

Después de 36 años de espera, la búsqueda había llegado a un resultado. El nieto que Laura había dado a luz en cautiverio estaba vivo. Estela tomó entonces su teléfono y llamó a su hija Claudia Carlotto, quien estaba al frente de la CONADI. Pero la noticia ya había comenzado a atravesar a toda la organización. Había que encontrar la manera de comunicarle a Ignacio que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.

El joven vivía en Olavarría. Era músico y había crecido en una familia rural. Hasta ese momento, era conocido como Ignacio Hurban. En junio de 2014 había comenzado a contactarse con Abuelas de Plaza de Mayo a partir de sus dudas sobre su identidad. Tras distintas comunicaciones y entrevistas, se inició el proceso que derivó en los estudios genéticos realizados en el Banco Nacional de Datos Genéticos.

Finalmente, el resultado confirmó aquello que durante décadas había sido una incógnita: Ignacio era hijo de Laura Carlotto y Walmir Montoya. Su madre había sido secuestrada cuando estaba embarazada y permaneció cautiva durante los últimos meses de su embarazo. El 26 de junio de 1978 dio a luz en un hospital militar. Según los testimonios de sobrevivientes, llamó Guido al bebé. Fue asesinada el 25 de agosto de ese año. Su cuerpo fue entregado a su madre, quien poco después se enteró de que había tenido un hijo y se sumó a la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo.

El padre de Ignacio, Walmir Montoya, era estudiante y militante político. Fue secuestrado el 26 de noviembre de 1977 y permaneció desaparecido hasta que sus restos fueron identificados años después, al igual que los de Laura.

El reencuentro de Ignacio con su familia

La llamada para comunicarle a Ignacio que era el nieto recuperado número 114 estuvo a cargo de Claudia. Desde la sede de Abuelas, acompañada por familiares y referentes de la organización, tomó el teléfono.

Claudia se presentó como directora de la CONADI y le explicó que los resultados de sus estudios de ADN habían llegado. Luego pronunció las palabras que marcarían un antes y un después: Era hijo de desaparecidos. Era nieto de Estela. Era, además, su sobrino.

Del otro lado del teléfono hubo sorpresa. Ignacio pidió un momento para asimilar la noticia. En la sede de Abuelas, mientras tanto, quienes escuchaban la conversación se tomaban de las manos. Algunos lloraban en silencio. La emoción era compartida: no era solamente el hallazgo de un nieto. Era también la confirmación de que una búsqueda que parecía interminable podía terminar en un abrazo.

Horas después, Ignacio se comunicó para avisar que viajaría al día siguiente para encontrarse con su familia. Estela de Carlotto fue la encargada en confirmar que su nieto estaba vivo. La noticia fue recibida con una enorme alegría por la familia y por quienes habían acompañado durante décadas la lucha de Abuelas de Plaza de Mayo. En la conferencia que ofreció el mismo día en que conoció, la presidenta de la organización habló de la emoción de haber encontrado aquello que tanto había buscado.

“Quiero compartir con ustedes esta alegría enorme que me brinda hoy la vida de encontrar lo que busqué y buscamos mi familia, mis otros 13 nietos, mis dos pequeños bisnietos, mis tres hijos”, expresó.

Estela también recordó a Laura y le dio un sentido colectivo al hallazgo de Ignacio. “Yo no persigo más que justicia, verdad y esto que estamos viviendo hoy que es el encuentro de los nietos y ahora mi nieto”, sostuvo. Y agregó: “Esto es un premio para todos”.

Dos días más tarde, el 7 de agosto, comenzó a concretarse el reencuentro. La familia Carlotto recibió al joven que había buscado durante décadas y poco después una imagen recorrió el país y el mundo: Estela e Ignacio abrazados, con las mejillas juntas y una sonrisa que condensaba los años de espera.

Para Ignacio, sin embargo, el encuentro significaba también el comienzo de un complejo proceso personal. La aparición de una historia familiar que desconocía implicaba revisar su propia vida y decidir cómo quería construir su identidad. El nombre Guido, elegido por su madre antes de que fuera separado de ella, tenía un peso emocional enorme, pero también estaba la identidad que había construido durante toda su vida como Ignacio.

Dos días después del encuentro con su familia, el 9 de agosto, Ignacio ofreció su primera conferencia pública. Allí habló de la dimensión que tenía su historia y expresó su deseo de que su caso sirviera para profundizar la búsqueda de quienes todavía desconocían su verdadero origen.

“Que esta situación que estoy viviendo hoy sirva para potenciar la búsqueda y que entendamos todos la importancia de cerrar estas heridas que se han abierto hace tiempo”, afirmó. “Estoy feliz y agradecido”.

También se refirió a la particularidad de su historia y a la sensación de regresar a un lugar que, sin saberlo, siempre le había pertenecido: “Evidentemente hay una memoria genética y una energía que trasvasa todo y hizo que hoy esté acá de vuelta en el lugar que nunca me debía haber ido”.

Con el paso del tiempo, Ignacio encontró su propia manera de transitar esa nueva realidad. La recuperación de su identidad no significó borrar la vida que había construido hasta entonces, sino incorporar una historia familiar que durante décadas le había sido ocultada. “A veces la misma verdad que te abre una herida, es la que viene a liberarte”, resumió.

La continuidad de la búsqueda de Abuelas

La historia de Ignacio Montoya Carlotto fue una de las 140 restituciones de identidad que Abuelas de Plaza de Mayo logró concretar en sus 48 años de búsqueda. Pero la tarea está lejos de haber terminado. La organización continúa buscando a más de 250 nietos y nietas que pudieron haber sido apropiados durante la última dictadura y que todavía desconocen su verdadero origen.

La búsqueda atraviesa, además, un proceso de renovación generacional. Las Abuelas que durante décadas sostuvieron el reclamo fueron dejando en manos de nuevas generaciones parte de las responsabilidades de la organización. Nietos y nietas restituidos, hermanos, hermanas, familiares y otros integrantes de la sociedad asumieron progresivamente el compromiso de continuar con la tarea.