El 10 de abril los argentinos celebramos el Dia de la Ciencia y la Tecnología en homenaje al nacimiento del Dr. Bernardo Houssay. Quizá no por casualidad, la fecha coincidió con el amerizaje de la nave espacial Orion en el océano Pacífico que puso fin a la Misión Artemis II de la NASA, de la que Argentina también formó parte.
La confluencia de ambos acontecimientos me llevó a reflexionar no solo sobre un Estado que desfinancia la ciencia y luego se apropia de éxitos ajenos, como así también, me invitó a repensar algunos primeros detalles de nuestra propia historia espacial.
En principio, llama la atención que un gobierno poco afecto y poco comprometido con el destino científico del país, celebre el microsatélite Atenea que viajó en la misión Artemis II como propio, cuando los antecedentes de ese logro no le pertenecen. La posibilidad de participar surgió luego de los Acuerdos Artemis firmados el 27 de julio de 2023 en Casa Rosada por el entonces ministro de Ciencia y Tecnología, Daniel Filmus.
Atenea es el único satélite de América Latina de la misión que fue seleccionado por la NASA entre propuestas de decenas de países y que el proyecto para su realización reunió capacidades del sistema científico, académico y productivo nacional, con participación de la UNLP, la UNSAM, la FIUBA, el IAR, la CNEA y la empresa VENG S.A.
Sin embargo, según nuestras fuentes, el microsatélite fue desarrollado por la Facultad de Ingeniería de la UNLP a pedido de la CONAE bajo la promesa de un financiamiento que nunca llegó. La universidad adelantó fondos propios en dólares y aún espera su reintegro, Si el proyecto pudo llevarse adelante no fue gracias al Gobierno Nacional sino a pesar de él.
Evidentemente, la celebración suena aún peor y más hipócrita y desacertada.
Pero quisiera dejar bien en claro el valor de lo que acaba de ocurrir con Atenea, haciendo algo de historia, lo que nunca esta de más.
La pulsión espacial argentina
Argentina posee una carrera espacial de raíces profundas, porque desde la época de Perón, en la década del 50, la investigación se ligó al desarrollo de cohetes.
Para 1960 se creó la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE), dependiente de la Fuerza Aérea, y desde ese año hasta 1972 se construyeron, desarrollaron y lanzaron varias familias de cohetes sonda con cientos de lanzamientos realizados desde la base de Chamical, en La Rioja.
El responsable de los proyectos de entonces era el ingeniero aeronáutico Aldo Zeoli considerado el pionero y padre de la cohetería argentina, el impulsor del denominado Proyecto BIO, cuyo objetivo era experimentar con seres vivos en cohetes de desarrollo nacional.
En abril de 1967, a bordo de un cohete Orión, viajaron Belisario, Abelardo, Dalila y Celedonio, cuatro roedores que llegaron a 25 kilómetros de altura. Solo dos sobrevivieron, pero la experiencia sentó las bases para el paso siguiente que llegó el 23 de diciembre de 1969. Ese día a las 06:30 de la mañana, desde la base Chamical de La Rioja fue lanzado al espacio Juan, un mono caí oriundo de la selva misionera, a bordo del cohete sonda Canopus II desarrollado íntegramente en el país. Juan alcanzó una altitud de casi 90 kilómetros, rozando el límite convencional entre la atmósfera y el espacio exterior en un viaje que demoró 15 minutos. En el regreso, al abrir la escotilla, encontraron a Juan vivo y somnoliento.
La cápsula especialmente diseñada para ese vuelo aún hoy puede visitarse en el Museo Universitario de Tecnología Aeroespacial de Córdoba. El logro posicionó a la Argentina como el cuarto país del mundo en enviar un ser vivo al espacio detrás de Estados Unidos, la Unión Soviética y Francia. Una hazaña que el documental Juan, el primer astronauta argentino, dirigido por Diego Ludueña y disponible en YouTube, se encargó de rescatar. El devenir del tiempo no interrumpió las incursiones de la Fuerza Aérea en las investigaciones, cerrando un capítulo particular con el denominado programa Cóndor que pocos años después ocasionaría el alejamiento de la Fuerza como responsable directo de las investigaciones
El programa mencionado, que años después seria conocido también como Misil Cóndor, fue un proyecto de la Fuerza Aérea desarrollado entre fines de los años setenta y la década de 1980. Aquello que se había iniciado como la búsqueda de un lanzador satelital por parte de la CNIE tras la Guerra de Malvinas muto en un proyecto de misil balístico. La mutación disgusto y puso en alerta, tanto a Estados Unidos como al Reino Unido que comenzaron a presionar para que el proyecto se detuviese lo que alcanzó su punto máximo al descubrirse el rol de Irak en la fabricación del Misil por lo que el presidente Carlos Menem ordenó su cancelación en 1991. Su participación en la Guerra del Golfo Pérsico, sus relaciones carnales, no eran compatibles con un proyecto que proponía a Irak como uno de los socios principales.
El 28 de mayo de ese año, mediante el Decreto 995/1991, se creó la CONAE como el único organismo nacional competente en materia espacial, de carácter civil y no militar, que en principio pasó a depender del Poder Ejecutivo, para quedar poco tiempo después vinculado a Cancillería.
La desarticulación definitiva del Cóndor II se completó hacia 1993, cuando sus componentes fueron enviados a Estados Unidos para su destrucción. Desde entonces, y mutando de carteras, la CONAE no ha cesado en sus experiencias, con mayores o menores presupuestos, repaso que te prometemos hacer en otra ocasión.
Motosierra contra la ciencia argentina
En la actualidad, la CONAE, depende del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Investigación, y con la sola mención del organismo, no hace falta adivinar que ocurrió con su financiamiento, a partir de la llegada de Javier Milei a la presidencia en 2024. La motosierra no ha perdonado a la Ciencia y mucho menos a la CONAE.
Los número pueden hablar por sí solos. En este 2026 se le asignaron como presupuesto 42.000 millones de pesos, lo que representa una caída del 25% respecto al presupuesto de 2025 y una reducción real de la inversión del 37%. La planta de personal cayó un 20%, de 294 a 254 agentes. El Proyecto Tronador II —crucial para el desarrollo de lanzadores propios— está prácticamente desactivado y desfinanciado. Los pocos recursos con que se cuenta, están mayormente concentrados en el SABIA-Mar, satélite en construcción en el INVAP destinado al estudio de ecosistemas oceánicos y el cambio climático, y a la continuidad operativa de la misión SAOCOM. Ambos sobreviven casi por inercia institucional, y a espaldas de la indiferencia gubernamental.
Conviene recordar que el presupuesto de la CONAE no financia solo sueldos: sostiene satélites en órbita, estaciones terrenas, centros de control y desarrollos futuros. De modo que su recorte no significa un ahorro, sino hipotecar décadas de capacidad tecnológica soberana.
Estamos hablando del mismo gobierno que deja sin fondos a las universidades que construyeron Atenea, del mismo que no se preocupa en desactivar proyectos y reducir el organismo que los lidera a su mínima expresión, que no es otro que sale por las redes a festejar como propio un logro que no le interesa, ni le pertenece.
Lo absolutamente extraordinario, en este contexto, no es entonces que Atenea haya llegado al espacio, sino que haya llegado al fin como proyecto. Es la Historia de una Argentina que resiste el embate con uñas y dientes gracias a su gente, con fondos universitarios adelantados que aun esperan reintegro, con organismos recortados y con presupuesto reducido junto a una planta de personal que ha sido diezmada.
Si con ese nivel de abandono la Argentina logró entregar el proyecto y ocupar su lugar en la misión espacial más ambiciosa de los últimos 50 años, la pregunta que este gobierno debería responder es incómoda: ¿qué podríamos hacer si realmente apostaran por la ciencia?
La respuesta, claro, no les interesa. Es más fácil posar para la foto y sonreír, mientras te mienten.