¿Cómo te levantás cuando te pegan una trompada al mentón sobre la campana del 10° round de una pelea que tenías ganada y de repente, en el piso, te das cuenta que ya no más, que faltan dos rounds y todavía no sabés si te van a responder las piernas para ponerte de pie y si el corazón, roto, va a aguantar?
Argentina, ese boxeador que se levanta de la lona sabiendo que te va a ganar igual
Impacta la personalidad, entereza y mística de esta Selección, que sufrió el golpe más difícil de asimilar y besó la lona pero nunca dejó de pelear. Mereció ganar y hasta en los penales demostró carácter y convicción. El rival, en cambio, se asustó de lo que había logrado.
Claramente, no es para cualquiera. O, en realidad, para muy pocos. Tenés que tener mucha entereza, mucha convicción, mucha personalidad, mucha resiliencia. Y esos atributos no se enseñan. Ni se aprenden. Las tenés o no las tenés.
Para eso, además, también necesitas sentirte indestructible, o de creerte, porque nadie lo es en realidad. Y eso se puede construir. Y este grupo construyó ese espíritu guerrero en estos tres años y medio y un invicto histórico. Una mística muy especial que, en estos cuartos de final, con los vaivenes del partido, fue puesta a prueba como nunca.
Entonces entendés que nada de lo que pasó en Lusail es casualidad. Que la Selección se haya puesto 2-0 con momentos inolvidables. Y que luego de bancarse 15 minutos de centros y dos goles en contra, el último un verdadero mazazo, se haya levantado. Pero levantado en serio. Porque una cosa es levantarse tambaleante. Y otra salir con las manos en alto con ganas de seguir la pelea.
Lo que no quiso Países Bajos, que empató y se fue al mazo. Ya no quiso más. Ni ellos creyeron que merecían el empate. Ya ni fueron, ni centros tiraron. Argentina, en cambio, fue al frente. Y tiró manos, una y otra vez, hasta el campanazo final, siendo protagonista. No tuvo su premio, pero lo mereció. Largamente.
Y, a veces, este deporte tan cruel como hermoso puede tenerte preparado un golpazo. Más en los penales, luego de merecer mucho más. Pero Argentina fue a la serie con la convicción de siempre. Y su carácter se resume en Dibu. Porque no atajó dos penales: atajó dos penalazos que allanaron el camino para que el resto no dudara y fuera con esa misma confianza.
Y el arquero se los comió, como Argentina se terminó comiendo a un rival, el más alto del torneo (1m86), que asustó pero luego se asustó de lo que estaba logrando. Tampoco es casualidad que Montiel haya pateado y metido el suyo. O que la definición la haya definido Lautaro, tal vez el más cuestionado. Porque Argentina es un verdadero equipo. Se mueve como tal, compite como tal, gana y pierde como tal.
Esta banda de Messi, que ha logrado una identificación con la gente que hacía décadas no sucedía, ya está en semis, con un Leo que volvió a frotar la lámpara, pero nuevamente no estuvo solo. Atrás tuvo a un equipo que se levantó de la lona y volvió a demostrar que los intangibles, en el deporte de elite, juega tanto como el talento de los pies.
Mística que le dicen…
Lástima que no viene Brasil…
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