- Bañarse con agua muy caliente puede alterar la barrera natural de la piel y causar sequedad o irritación.
- La dermatóloga Ana Molina explica que la temperatura ideal es templada, similar a la del cuerpo, para mantener la hidratación cutánea.
- El agua caliente elimina los aceites naturales de la piel, lo que afecta su capacidad de protegerse frente al frío o la contaminación.
- Para quienes no pueden prescindir de duchas calientes, se recomienda usar jabones suaves y aplicar cremas emolientes después del baño.
Aunque una ducha caliente resulte reconfortante, especialmente en invierno, los especialistas advierten que puede tener efectos negativos sobre la salud de la piel. Según la dermatóloga Ana Molina, la temperatura del agua debería ser cercana a la del cuerpo humano, ya que el exceso de calor elimina la grasa natural que protege la epidermis y mantiene su equilibrio.
La profesional, que se volvió viral en TikTok por su explicación, señala que las altas temperaturas “limpian demasiado bien”. Lo comparó con el uso de agua caliente para quitar la grasa de los platos. Según ella, aunque el resultado parezca satisfactorio, lo que se consigue es eliminar los lípidos esenciales que cumplen una función protectora.
Esa pérdida de grasa natural deja la piel más vulnerable a la resequedad, la irritación y el envejecimiento prematuro. Por eso, Molina insiste en que las duchas deben ser cortas y templadas, evitando el contacto prolongado con el agua caliente, especialmente en climas fríos o secos.
Consejos dermatológicos para cuidar la piel
Quienes aún así quieran tomar baños con agua caliente, la especialista sugiere usar productos de higiene respetuosos con el pH de la piel, preferiblemente jabones o geles sin sulfatos. Además, recomienda aplicar una crema hidratante densa o con alto poder emoliente inmediatamente después del baño, cuando la piel aún está húmeda, para sellar la hidratación.
Este consejo es especialmente importante para personas con piel sensible, atópica o que viven en ciudades con alta contaminación ambiental. Molina destaca que un cambio de hábito tan simple como bajar unos grados la temperatura del agua puede marcar una gran diferencia en la salud cutánea a largo plazo.