La hora en la que se toma la última comida del día puede influir de forma directa en la salud de las personas mayores de 65 años. Más allá del tipo de alimentos que se consumen, el momento en que se cena impacta en la calidad del sueño, en el funcionamiento del metabolismo y en el equilibrio del reloj biológico. La ciencia comenzó a poner el foco en este aspecto, señalando que elegir bien el horario puede marcar una diferencia importante en el bienestar diario.
A medida que se envejece, los ritmos internos del cuerpo se vuelven más sensibles a cambios en los horarios de alimentación. Cenar tarde no solo dificulta la digestión, sino que también puede interferir con los procesos de descanso y recuperación. Estudios recientes destacan que, al igual que ocurre con la actividad física o la exposición a la luz, el horario de las comidas es una señal que regula el ciclo circadiano, afectando directamente la salud a largo plazo.
En distintos rincones del mundo, especialmente en comunidades longevas como las de Okinawa o Cerdeña, es común encontrar un patrón similar: cenas tempranas, porciones moderadas y un prolongado descanso digestivo nocturno. Esta costumbre, respaldada por investigaciones, no solo ayuda a mantener un peso saludable, sino que también favorece un envejecimiento más activo y pleno.
Cuál es la mejor hora para que un mayor de 65 años cene
Especialistas como Valter Longo, director del Instituto de Longevidad de la Universidad del Sur de California, recomiendan que los adultos mayores cenen al menos tres horas antes de acostarse. Esto significa que, si el descanso nocturno comienza alrededor de las 23 lo ideal sería que la última comida se realice hacia las 20 horas como máximo. Esta práctica ayuda a sincronizar la digestión con los ritmos circadianos, evitando que el organismo reciba señales contradictorias que puedan alterar el sueño.
Cenar temprano también prolonga el ayuno nocturno, lo que según Adam Collins, profesor de nutrición en la Universidad de Surrey, activa mecanismos metabólicos beneficiosos. Durante ese tiempo de reposo, el cuerpo pasa de utilizar azúcares como fuente de energía a recurrir a la grasa almacenada, favoreciendo así el control de peso y la mejora en la sensibilidad a la insulina. Esta estrategia, conocida como alimentación con restricción de tiempo, concentra las comidas en una franja horaria delimitada, por ejemplo, entre las 8 y las 20, y mantiene el ayuno entre la cena y el desayuno.
Para quienes no pueden adelantar la cena debido a compromisos o hábitos arraigados, se sugiere al menos evitar ingerir alimentos después de comer y procurar mantener horarios regulares. Este pequeño ajuste puede ser clave para mejorar la digestión, el descanso y la salud metabólica.